Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo El Trio Lesvico Irresistible El Trio Lesvico Irresistible

El Trio Lesvico Irresistible

7242 palabras

El Trio Lesvico Irresistible

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a coco tostado bajo el sol poniente. Yo, Ana, acababa de llegar con mis dos mejores amigas, Sofía y Carla, a esa villa rentada frente a la playa. Habíamos planeado unas vacaciones de chicas para desconectar del pinche estrés de la Ciudad de México. Sofía, con su cabello negro azabache cayendo en ondas salvajes hasta la cintura, era la más extrovertida, siempre con esa sonrisa pícara que hacía que cualquier hombre —o mujer— se volviera a mirarla. Carla, en cambio, era la morena de ojos verdes intensos, delgada pero con curvas que gritaban ven y tócalas, callada pero con un fuego interno que ardía cuando menos lo esperabas.

Estábamos en la terraza, con margaritas heladas en la mano, el sonido de las olas rompiendo suave contra la arena y la brisa cálida rozando nuestra piel bronceada. Llevábamos bikinis diminutos, esos que compramos en la Zona Rosa solo para provocarnos risas y miradas curiosas.

¿Y si esta vez nos soltamos de verdad?
pensé mientras veía cómo Sofía se estiraba, haciendo que sus pechos perfectos se marcaran bajo la tela húmeda. Neta, siempre había habido una tensión entre nosotras tres. Bromas subidas de tono, roces "accidentales" en las fiestas, pero nunca cruzamos la línea. Hasta esa noche.

—Órale, chulas, ¿han visto esos videos de trio lesvico? —soltó Sofía de repente, con los ojos brillando bajo las luces de neón de la fiesta playera que empezaba abajo en la playa—. Esas morras se comen vivas, ¡qué envidia!

Carla se rio bajito, mordiéndose el labio inferior, y yo sentí un cosquilleo en el estómago. El tequila me había soltado la lengua. —Neta, Sofi, siempre andas en esas ondas. Pero... ¿y si nosotras probamos algo así? Solo por curiosidad, ¿eh?

El aire se cargó de electricidad. Nos miramos las tres, el pulso acelerándose al ritmo de la música reggaetón que subía desde la arena. Sofía se acercó primero, su mano tibia deslizándose por mi muslo desnudo. —¿Por qué no? murmuró, su aliento con sabor a lima y sal rozando mi oreja. Carla no se quedó atrás; su dedo índice trazó un camino lento por mi brazo, erizando mi piel.

Acto de introducción al deseo. Entramos a la villa tambaleándonos de risa y anticipación, dejando la puerta entreabierta para que la brisa nocturna nos refresque. La habitación principal era un paraíso: cama king size con sábanas de algodón egipcio blancas como la espuma del mar, velas aromáticas de vainilla encendidas que llenaban el aire de dulzor embriagador. Nos quitamos los bikinis con lentitud deliberada, como si cada prenda fuera una promesa.

Yo me quedé en ropa interior, un tanga negro que apenas cubría mi concha ya húmeda. Sofía se paró frente al espejo, admirando su cuerpo desnudo, sus pezones oscuros endureciéndose al contacto con el aire fresco. —Vengan, ricuras —dijo, extendiendo las manos—. Vamos a hacer nuestro propio trio lesvico.

Empecé con Carla, porque sus ojos me hipnotizaban. La besé suave al principio, labios carnosos probando los míos con sabor a tequila y miel. Su lengua se coló tímida, explorando mi boca, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando mi sostén. Sentí sus tetas firmes presionando contra las mías, pezones rozando como chispas.

Esto es real, no un sueño mojado
, pensé, mientras mi clítoris palpitaba pidiendo atención.

Sofía se unió desde atrás, besando mi cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Su aliento caliente me erizó los vellos, y sus dedos bajaron por mi vientre plano hasta meterse en mi tanga. —Estás chingada de mojada, Ana —susurró con voz ronca, mientras dos dedos resbalaban entre mis labios vaginales, abriéndome como una flor en primavera. Gemí contra la boca de Carla, el sonido ahogado por su lengua danzante.

Nos dejamos caer en la cama, un enredo de piernas, brazos y piel sudada. El olor a sexo empezaba a mezclarse con la vainilla: almizcle femenino, jugos dulces fluyendo. Carla se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza. Su lengua plana lamió mi chochito desde el ano hasta el clítoris, saboreando cada gota. ¡Madre mía, qué delicia! El roce áspero de su lengua me hacía arquear la espalda, mis uñas clavándose en las sábanas. Sofía observaba, masturbándose lento, sus dedos hundidos en su propia concha depilada, labios hinchados brillando a la luz de las velas.

—Mi turno —dijo Sofía, empujando a Carla a un lado juguetona. Me montó a horcajadas, restregando su panocha contra la mía. Nuestros clítoris chocaban en un ritmo frenético, jugos mezclándose en un charco caliente entre nosotras. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, jadeos entrecortados, la cama crujiendo bajo nuestro peso. Carla no se quedó quieta; se posicionó detrás de Sofía, chupando sus tetas, pellizcando pezones hasta hacerla gritar. —¡Sí, pendeja, así! —gruñó Sofía, sus caderas moviéndose más rápido, follándome con su sexo.

La tensión subía como una ola gigante. Mis manos exploraban todo: la curva perfecta del culo de Carla, firme y redondo; los muslos musculosos de Sofía temblando de placer. Sudor perlaba nuestras pieles, goteando salado en bocas abiertas.

Esto es empoderador, nosotras mandamos aquí
, reflexioné en medio del éxtasis, mientras un orgasmo pequeño me sacudía, contracciones rítmicas apretando los dedos de Sofía que ahora me penetraban profundo.

Escalada al pico. Cambiamos posiciones como en un baile coreografiado por el deseo puro. Yo me puse de rodillas, con Carla debajo lamiéndome el clítoris mientras Sofía me follaba con un dedo grueso y otro en mi ano, estirándome deliciosamente. El placer era abrumador: lengüetazos suaves en mi botón hinchado, penetraciones alternas que me llenaban, el olor intenso de nuestras excitaciones flotando pesado. —¡No pares, cabronas! —supliqué, voz quebrada.

Sofía gimió primero, su cuerpo convulsionando cuando Carla metió la lengua en su concha mientras yo le chupaba los pezones. —¡Me vengo, chingado! —gritó, jugos calientes salpicando mi muslo. Eso me empujó al borde. Mi orgasmo explotó como fuegos artificiales: visión borrosa, pulsos retumbando en oídos, concha contrayéndose en espasmos que ordeñaban los dedos de Carla. Ella fue la última, temblando bajo mí mientras la penetraba con tres dedos, su grito ahogado en mi piel.

Colapso en afterglow. Nos derrumbamos en un montón sudoroso, respiraciones agitadas sincronizándose poco a poco. La habitación olía a sexo satisfecho, vainilla quemada y mar. Sofía me besó la frente, Carla acurrucada en mi pecho, sus dedos trazando círculos perezosos en mi vientre. —Eso fue el mejor trio lesvico de mi vida —murmuró Sofía, riendo suave.

Yo sonreí, el cuerpo lánguido pero el alma plena.

Quién diría que tres amigas como nosotras desatarían este fuego
. Afuera, las olas seguían su ritmo eterno, testigos mudos de nuestra noche transformadora. Nos dormimos entrelazadas, piel con piel, sabiendo que esto no era el fin, sino el comienzo de algo neta inolvidable.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.