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El Mejor Trío De Mi Vida (1)

6844 palabras

El Mejor Trío De Mi Vida

El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de la villa rentada, pintando todo de un dorado cálido que hacía que el aire oliera a mar y a coco. Yo, Ana, estaba recostada en la terraza con mi novio Marco y su carnal Luis, los tres con chelas frías en la mano, riéndonos de pendejadas del viaje. Marco, con su piel morena y ese tatuaje en el pecho que me volvía loca, me guiñaba el ojo cada rato. Luis, más delgado pero con una sonrisa pícara que prometía travesuras, no dejaba de mirarme las piernas cruzadas.

Neta, ¿qué pedo con estos dos? pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era solo del sol. Habíamos llegado ayer para unas vacaciones chidas, sin planes más que playa, ron y sexo salvaje. Pero esa mirada entre Marco y Luis, como si compartieran un secreto, me tenía intrigada. El viento traía el rumor de las olas, y el sudor perlaba mi piel, haciendo que mi bikini se pegara como segunda piel.

—Órale, Ana, ¿ya te cansaste de vernos nomás en traje de baño? —dijo Marco, acercándose con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina.

Luis soltó una carcajada. —Wey, déjala en paz. Aunque neta, Ana, estás para comerte con todo y sal.

Me reí, pero el calor entre mis piernas ya empezaba a traicionarme. Tomé un trago de mi chela, el amargor fresco bajando por mi garganta, y les seguí la corriente. —Si tanto les late, ¿por qué no me demuestran qué tan buenos son en equipo?

Ahí fue cuando todo cambió. Marco y Luis se miraron, y en sus ojos vi el fuego. El mejor trío empezó a sonar en mi cabeza como una promesa sucia y deliciosa.

Entramos a la habitación principal, donde la cama king size nos esperaba con sábanas blancas crujientes. El aire acondicionado zumbaba suave, pero el ambiente ya estaba cargado de ese olor a deseo, a piel caliente y loción de playa. Marco me besó primero, sus labios salados y firmes, mientras Luis se ponía atrás de mí, sus manos grandes deslizándose por mi espalda, desatando mi bikini con dedos expertos.

¿Esto va en serio? Dos vergas duras para mí sola... Dios, qué rico se siente el roce de sus cuerpos contra el mío.

Caí de rodillas en la alfombra suave, el pelo cayéndome en la cara mientras desabrochaba los shorts de Marco. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con ese olor masculino que me hacía salivar. La tomé en la boca, chupando despacio, saboreando la sal de su piel y el pre-semen que brotaba. Luis gimió al lado, sacando la suya, más larga y curva, rozándola contra mi mejilla. —Mamacita, qué chido se siente tu boquita —murmuró Luis, y Marco asintió, enredando sus dedos en mi pelo.

El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el slap húmedo de mi lengua en sus vergas. Pasaban turnos, una en mi boca mientras la otra se frotaba en mis tetas, los pezones duros como piedras bajo sus palmas ásperas. Mi panocha palpitaba, empapada, el jugo resbalando por mis muslos. No aguanto más, pensé, pero ellos querían jugar.

Marco me levantó como si no pesara nada y me tiró en la cama. El colchón se hundió bajo mi peso, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Luis se subió encima, besándome el cuello, mordisqueando esa zona sensible que me hacía arquearme. Su lengua bajó a mis tetas, lamiendo los pezones con vueltas lentas, mientras Marco separaba mis piernas. Sentí su aliento caliente en mi clítoris antes de que su lengua lo tocara, un lametón largo que me hizo gritar.

¡Ay, cabrón! —jadeé, las uñas clavándose en las sábanas. El sabor de mi propia excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce. Luis capturó mi boca en un beso profundo, su verga dura presionando mi vientre, mientras Marco devoraba mi panocha como si fuera el postre más rico. Sus dedos entraron, dos gruesos curvándose dentro de mí, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El squish húmedo de mis jugos, sus gruñidos hambrientos, el roce de barbas en mi piel sensible... todo era una sinfonía de placer.

Pero querían más. Cambiaron posiciones, Luis debajo de mí, su verga apuntando al techo como un mástil. Me senté en él despacio, sintiendo cómo me abría, centímetro a centímetro, esa plenitud ardiente que me llenaba hasta el fondo. —Neta, qué prieta estás —gimió Luis, sus caderas subiendo para empalarme más. Marco se arrodilló atrás, untando lubricante frío en mi ano, ese cosquilleo que me erizaba toda.

¿Puedo con los dos? Sí, carajo, quiero el mejor trío de mi pinche vida.

Marco empujó suave, la cabeza de su verga rompiendo la resistencia, deslizándose adentro con un pop jugoso. Grité de placer y un poquito de dolor que se fundía en éxtasis puro. Estaban los dos dentro, moviéndose en ritmo alterno, uno entrando mientras el otro salía. El olor a sexo era espeso, sudor goteando de sus cuerpos al mío, pieles chocando con palmadas rítmicas. Mis tetas rebotaban, Luis chupándolas, Marco jalándome el pelo para besarme con lengua salvaje.

El calor subía, mis paredes contrayéndose alrededor de sus vergas, el roce interno como fuego líquido. —Más duro, pendejos —les rogué, y ellos obedecieron, follándome como animales, el catre crujiendo bajo nosotros. Sentía sus bolas golpeando mi culo y panocha, el slick de lubricante y jugos chorreando. Mi clítoris rozaba el pubis de Luis con cada embestida, enviando chispas por mi espina.

La tensión crecía, un nudo en mi vientre apretándose. Voy a venirme, no pares. Marco gruñó primero, su verga hinchándose dentro de mí, caliente leche salpicando mis paredes. Eso me disparó. El orgasmo me rompió en olas, gritando su nombre, el cuerpo temblando, jugos squirtando alrededor de Luis. Él no tardó, llenándome la panocha con chorros espesos, su semen mezclándose con el mío.

Colapsamos en un enredo sudoroso, pechos subiendo y bajando, el aire pesado con nuestro olor compartido. Marco me besó la frente, Luis acarició mi pelo. —Ese fue el mejor trío, wey —dijo Marco, riendo bajito.

Yo sonreí, exhausta y satisfecha, el cuerpo zumbando en afterglow. Afuera, las olas seguían su ritmo eterno, como nuestro pulso ahora calmado. Neta, esto es lo que necesitaba, pensé, acurrucándome entre ellos. No era solo sexo; era conexión, confianza, un lazo que nos unía más. Mañana playa, pero esta noche... esta noche habíamos reescrito las reglas del placer.

Nos quedamos así horas, charlando pendejadas, besos suaves y caricias perezosas. El sol se puso, tiñendo la habitación de rosas y naranjas, pero el calor entre nosotros no se apagaba. Sabía que repetiríamos, porque el mejor trío no era solo una vez; era el inicio de algo adictivo.

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