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Trio Esmeralda Pasional

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Trio Esmeralda Pasional

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a coco tostado bajo las luces de neón del bar playero. Yo, Alejandro, había llegado esa tarde huyendo del pinche estrés de la ciudad, con ganas de soltar el cuerpo y el alma. Pedí un ron con cola en la barra, cuando de repente la vi: Esmeralda. Neta, sus ojos verdes brillaban como esmeraldas bajo el sol poniente, y su piel morena relucía con aceite de bronceado. Vestía un bikini rojo que apenas contenía sus curvas generosas, el pelo negro suelto cayendo en cascada sobre los hombros. Me miró directo, con una sonrisa pícara que me erizó la piel.

Órale, carnal, esta morra es fuego puro, pensé mientras ella se acercaba contoneando las caderas. "¿Me invitas una chela, guapo?", dijo con voz ronca, acento bien norteño pero con ese calor jalisciense que me calienta la sangre. Le serví su cerveza y platicamos de la vida, de cómo ella era diseñadora de joyas y andaba de vacaciones con su cuate. El aire estaba cargado de risas y música de cumbia rebajada, el sudor perlándole el escote. Cada roce accidental de su mano en mi brazo mandaba chispas por mi espina.

De pronto, llegó su amiga. "¡Esme, aquí estás, pendeja!", gritó una voz alegre. Era Karla, igual de sabrosa, con ojos también verdosos como esmeraldas gemelas, cuerpo atlético de quien hace yoga en la playa, y un vestido ligero que se pegaba a sus tetas firmes por la brisa húmeda. Las dos se abrazaron, y yo sentí que el mundo se ponía al revés.

"Mira, Karla, este es Alejandro, el chavo que me va a hacer pasar una noche inolvidable."
Esmeralda guiñó el ojo, y Karla me escaneó de arriba abajo, lamiéndose los labios. No mames, ¿esto va en serio?

La tensión creció con cada trago. Hablamos de todo y nada, pero sus miradas se clavaban en mí como garras suaves. Esmeralda rozaba mi muslo con el pie descalzo bajo la mesa, mientras Karla contaba anécdotas picantes de sus viajes. El olor a su perfume mezclado con el mar me mareaba, y mi verga ya palpitaba dura contra el pantalón. "Oigan, ¿han pensado en un trio esmeralda?", soltó Esmeralda de repente, riendo bajito. "¿Qué es eso?", pregunté, el corazón latiéndome a mil. "Es cuando dos esmeraldas como nosotras se encuentran con un diamante como tú", respondió Karla, su mano ahora en mi rodilla. Consentí con la cabeza, el deseo ardiendo en mis venas.


Subimos a mi suite en el resort, el ascensor oliendo a sus cuerpos calientes. Apenas cerré la puerta, Esmeralda me besó con hambre, su lengua dulce invadiendo mi boca, sabor a ron y menta. Karla se pegó por atrás, mordisqueándome el cuello, sus tetas aplastándose contra mi espalda. Esto es un sueño chingón, rugía mi mente mientras les quitaba la ropa. Esmeralda tenía pezones oscuros y duros como piedras preciosas, su panocha depilada brillando húmeda. Karla era más juguetona, con un piercing en el ombligo que titilaba al quitarse el vestido.

Las tumbé en la cama king size, las sábanas frescas contrastando con su piel ardiente. Empecé besando el vientre de Esmeralda, inhalando su aroma almizclado de mujer excitada, mientras Karla me chupaba la oreja, susurrando: "Neta, carnal, te vamos a volver loco". Mi lengua exploró los pliegues jugosos de Esmeralda, saboreando su miel salada, ella gimiendo "¡Ay, sí, así, pendejito!". Karla se montó en mi cara, su culo redondo frotándose contra mi nariz, el olor a sexo puro invadiéndome. Lamí sus labios hinchados, sintiendo cómo temblaba, sus jugos chorreándome la barbilla.

El cuarto se llenó de jadeos y el slap slap de pieles. Cambiamos posiciones; yo de rodillas, verga tiesa como fierro. Esmeralda la tomó primero, mamándola con labios carnosos, succionando la cabeza mientras Karla lamía mis huevos, su lengua áspera enviando ondas de placer.

"¡Qué rica verga, Alejandro! Más gruesa que un tamal oaxaqueño."
Me corrían escalofríos, el sudor goteando, el ventilador zumbando sobre nosotros. Las puse a las dos a cuatro patas, admirando sus nalgas perfectas, esmeraldas relucientes bajo la luz tenue.

Metí en Esmeralda despacio, su coño apretado envolviéndome como terciopelo caliente, húmedo y resbaloso. "¡Chíngame duro, cabrón!", rogó ella, empujando hacia atrás. Karla se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su raja, gimiendo. El ritmo aumentó, mis caderas chocando contra su culo con palmadas sonoras, el olor a sexo impregnando todo. Saqué y entré en Karla, más estrecha, sus paredes contrayéndose al instante. Estas morras son puro vicio, pensaba, mientras alternaba, ellas besándose entre gemidos, lenguas enredadas.

La intensidad subió como marea. Esmeralda se corrió primero, gritando "¡Me vengo, órale, no pares!", su coño convulsionando, ordeñándome la verga. Karla la siguió, arqueando la espalda, jugos salpicando las sábanas. Yo no aguanté más; las puse de rodillas frente a mí, pajeadome furioso. Chorros calientes de lefa les salpicaron las tetas y caras, ellas lamiéndose mutuamente, riendo entre jadeos. El sabor salado en sus labios, el calor pegajoso en mi piel.


Caímos exhaustos en la cama, cuerpos entrelazados, el aire pesado con olor a sudor y placer. Esmeralda acurrucada en mi pecho, su pelo cosquilleándome la piel, Karla besándome el hombro. "Eso fue un trio esmeralda de antología, ¿verdad?", murmuró Esmeralda, trazando círculos en mi abdomen con el dedo. Karla asintió, contenta como gato en crema. Hablamos bajito de lo vivido, de cómo el deseo nos unió sin complicaciones, solo puro gozo adulto y consentido.

El amanecer tiñó el cielo de rosa, el sonido de olas rompiendo en la playa filtrándose por la ventana. Me quedé pensando en esa noche mágica, en cómo dos esmeraldas iluminaron mi mundo. No hubo promesas, solo sonrisas y un "hasta la próxima, guapo". Salieron contoneándose, dejando mi cama revuelta y mi alma satisfecha. Neta, Puerto Vallarta y sus tríos esmeraldas... quién diría que unas vacaciones cambiarían todo.

Me levanté, el cuerpo adolorido pero vivo, saboreando el eco de sus gemidos en mi mente. La vida es para chingarla así, con pasión y sin remordimientos.

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