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El Éxtasis del Gordibuena Trio

7137 palabras

El Éxtasis del Gordibuena Trio

La noche en Puerto Vallarta estaba calientísima como el tequila reposado que me acababa de echar. El aire olía a sal marina mezclada con el humo de las fogatas en la playa y el perfume dulce de las flores tropicales. Yo, un wey de treinta tacos que andaba de vacaciones soltero, caminaba por la arena tibia, con la playera pegada al cuerpo por el sudor y el corazón latiéndome a mil cuando las vi. Ahí estaban ellas, dos gordibuenas de esas que te hacen babear sin remedio: Lupita y Marisol, con curvas que desafiaban la gravedad, tetas enormes que rebotaban suaves bajo sus bikinis floreados y culos redondos como piñas maduras. Lupita, la morena de pelo negro largo hasta la cintura, tenía una sonrisa pícara que prometía pecados; Marisol, la güerita con pecas en el escote, se movía con un meneo que hacía crujir la arena bajo sus pies carnosos.

"Órale, guapo, ¿vienes a quemarte solo o te animas a jugar con nosotras?"
me soltó Lupita, con esa voz ronca que me erizó la piel. Su aliento olía a coco y ron, y sentí el calor de su cuerpo cuando se acercó, rozando mi brazo con su antebrazo suave y mullido. Marisol soltó una carcajada juguetona, "Neta, wey, míralo, ya se le nota el bulto. ¿No que éramos nosotras las calientes?" Las dos se rieron, y yo, pendejo nervioso pero encabronado de deseo, les seguí el rollo. Hablamos de la fiesta, de cómo ellas eran amigas de toda la vida, venidas de Guadalajara para desconectarse del jale. Sus cuerpos brillaban bajo la luna, sudor perlando sus pieles aceitadas, y cada vez que se movían, el aroma de sus lociones frutales me invadía las fosas nasales.

La tensión crecía con cada trago. Lupita me tomó la mano, sus dedos gorditos y cálidos envolviéndome, y me jaló hacia ellas en un baile improvisado al ritmo de la cumbia que tronaba en los altavoces lejanos. Sentí sus caderas anchas chocando contra las mías, el roce de sus tetas contra mi pecho, y mi verga ya estaba dura como piedra, palpitando contra el pantalón. Chingado, esto va en serio, pensé, mientras Marisol me susurraba al oído:

"Imagínate un gordibuena trio contigo en medio, papi. Nosotras te vamos a comer vivo."
El pulso me retumbaba en las sienes, el sonido de las olas rompiendo como un eco de mi propia excitación contenida.

Subimos a su suite en el hotel, un lugar chido con vista al mar, luces tenues y una cama king size que parecía gritar acción. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo se redujo a nosotras tres. Lupita me empujó contra la pared, sus labios carnosos aplastándose contra los míos en un beso que sabía a miel y sal. Su lengua danzaba juguetona, explorando mi boca mientras sus manos gorditas me desabrochaban la camisa, arañando mi pecho con uñas pintadas de rojo. Su piel es tan suave, como terciopelo caliente, me dije, inhalando su olor a vainilla y sudor fresco. Marisol se pegó por detrás, sus tetas aplastándose contra mi espalda, mordisqueándome el lóbulo de la oreja.

"Desnúdate, cabrón, queremos verte todo."

Me quedé en calzones, mi verga saltando libre cuando Marisol los bajó de un tirón. Las dos se arrodillaron, sus rodillas hundiéndose en la alfombra mullida, y el contraste de sus cuerpos voluptuosos contra el suelo me puso a mil. Lupita lamió primero, su lengua plana recorriendo la base de mi pito desde las bolas hasta la cabeza, saboreando el precum salado. ¡Pinche delicia! gemí, el sonido gutural saliendo de mi garganta mientras el calor húmedo de su boca me envolvía. Marisol no se quedó atrás; chupaba mis huevos con succiones suaves, su aliento caliente haciendo que mi piel se erizara. Intercambiaban turnos, besándose entre ellas con mi verga de por medio, saliva brillando en sus labios hinchados. El cuarto olía a sexo crudo, a conchas mojadas y pieles calientes.

Pero no era solo físico; en mi cabeza bullían pensamientos. Estas morras son diosas, seguras de su carnalidad, no piden permiso porque saben que mandan. Lupita se levantó, quitándose el bikini con un movimiento lento, sus tetas cayendo pesadas y libres, pezones oscuros duros como chiles. Me jaló a la cama, y yo caí sobre ella, enterrando la cara en su escote mullido. Olía a sudor dulce y loción, saboreé su piel salada mientras mis manos amasaban sus rollitos suaves, bajando hasta su panocha empapada. Estaba chorreando, los labios hinchados y calientes bajo mis dedos.

"Métemela ya, wey, pero despacito primero."
Su voz era un ronroneo, y yo obedecí, empujando mi verga centímetro a centímetro en su calor viscoso. El sonido era obsceno: un chap chap húmedo cada vez que salía y entraba, sus paredes apretándome como un puño de terciopelo.

Marisol se unió, montándose en la cara de Lupita, quien lamía su concha con gemidos ahogados. Yo las veía, el sudor goteando de mi frente, el sabor de Lupita impregnado en mi lengua cuando la besé. Cambiamos posiciones; ahora Marisol debajo de mí, sus piernas gorditas envolviéndome la cintura, clavándome las uñas en la espalda mientras la taladraba. Su culo rebota contra mis muslos, suave y firme, pensaba, el slap slap de piel contra piel mezclándose con sus gritos:

"¡Más duro, pendejo, rómpeme la panocha!"
Lupita se masturbaba al lado, dedos hundidos en su propio jugo, ojos brillantes de lujuria pura. El aire estaba cargado, espeso con el olor almizclado de nuestras excitaciones, el corazón latiéndome en la verga como un tambor.

La intensidad subía como la marea. Las puse a las dos de rodillas, culos en pompa, y alterné embestidas: primero Lupita, su concha más apretada succionándome; luego Marisol, más profunda y resbalosa. Sus gemidos se fundían en un coro, "Sí, cabrón, así, fóllanos juntas", y yo sentía el orgasmo construyéndose, bolas tensas, espina dorsal ardiendo.

"Vamos a venirnos todos, en un gordibuena trio inolvidable."
Lupita gritó primero, su cuerpo temblando, chorros calientes salpicando mis muslos. Marisol la siguió, apretándome tan fuerte que casi me saca el alma. No aguanté más: saqué la verga y eyaculé chorros espesos sobre sus espaldas curvas, semen caliente goteando por sus rollitos, marcándolas como mías.

Caímos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones jadeantes llenando el silencio roto solo por las olas lejanas. Lupita me besó la frente, su piel pegajosa contra la mía. Esto fue más que sexo; fue conexión pura, empoderamiento en cada curva, reflexioné, mientras Marisol trazaba círculos en mi pecho con su uña.

"Eres un chingón, wey. Vuelve cuando quieras otro round."
Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas que olían a nosotros, el afterglow envolviéndonos como una manta tibia. La noche había sido perfecta, un gordibuena trio que me dejó el alma saciada y el cuerpo recordando cada roce, cada sabor, cada pulso compartido.

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