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El Ardiente Abella Danger Trio

6195 palabras

El Ardiente Abella Danger Trio

Imagina que estás en Playa del Carmen, wey, con el sol quemando la arena blanca y el mar Caribe lamiendo la orilla como una lengua ansiosa. El aire huele a sal, coco y sudor fresco de cuerpos bronceados. Tú, un morro de la CDMX que se mandó de vacaciones para desconectarse del pedo del tráfico y el jale, estás recargado en la barra de un chiringuito playero. Sudor perlando tu pecho, una cerveza helada en la mano, cuando las ves llegar. Dos morras que parecen salidas de un sueño húmedo: una gringa con curvas de infarto, culazo redondo y chichotas que desafían la gravedad, pelo negro ondulado y ojos verdes que te clavan como dagas. Se llama Abella, te dice con una sonrisa pícara, y su apellido Danger suena como una promesa de peligro delicioso. A su lado, Sofía, una culona mexicana de Guadalajara, piel canela, labios carnosos y un tatuaje de flor en la cadera que asoma por su bikini diminuto.

Órale, guapo, ¿vienes solo o qué? —te suelta Abella con acento yanqui mezclado con español culichi, su voz ronca como miel caliente.

Te late el corazón como tamborazo en una fiesta. Ellas piden tequilas, y la charla fluye: platican de la vida loca, de cómo Sofía conoció a Abella en un festival de música en Tulum, y de pronto sueltan lo del Abella Danger trio. Abella se ríe, contándote que todos la comparan con esa estrella porno por su nombre y su cuerpo de diosa del sexo.

«Neta, wey, si supieras las veces que me piden recrear un Abella Danger trio», piensa ella, pero tú lo lees en sus ojos juguetones, en cómo se muerde el labio inferior.

El sol baja, tiñendo el cielo de naranja y rosa, y el deseo crece como la marea. Sofía te roza la pierna con su pie descalzo, arena tibia entre los dedos, y Abella se inclina, su aliento con sabor a tequila rozando tu oreja.

¿Y si nos vamos a mi suite, carnal? Allá podemos... experimentar.

Tu verga ya está semi-dura bajo el short, palpitando al ritmo de tu pulso acelerado. Dices que sí con la cabeza, la boca seca, y las sigues por la playa, el sonido de las olas rompiendo como un preludio a lo que viene.

En la suite del resort, todo lujo: cama king size con sábanas de mil hilos, balcón con vista al mar, velas aromáticas a vainilla y jazmín encendidas. La puerta se cierra con un clic suave, y el mundo exterior desaparece. Abella te empuja contra la pared, sus tetas presionando tu pecho, pezones duros como piedritas bajo la tela fina. Huele a su perfume exótico, mezclado con el salitre del mar y un toque almizclado de excitación femenina que te pone la piel de gallina.

Sofía se pega por detrás, sus manos bajando por tu abdomen, desabrochando tu short con dedos hábiles. Chingón, piensas, mientras Abella te besa, lengua invasora, sabor a tequila y menta, succionando tu labio inferior hasta que gimes. Sus curvas se aprietan contra ti, el calor de su panocha irradiando a través del bikini húmedo.

«Estas morras son puro fuego, no mames», te dices, el corazón tronando, la sangre hirviendo en cada vena.

Las ayudes a quitarse los bikinis. Abella queda desnuda, su cuerpo escultural brillando bajo la luz tenue: chichotas firmes con aureolas oscuras, cintura estrecha fluyendo a caderas anchas y ese culazo legendario que inspira leyendas. Sofía, con su piel morena reluciente de sudor, tetas medianas pero perfectas, chocha depilada con un triángulo de vello negro.

Te tumban en la cama, y el colchón se hunde suave bajo tu peso. Abella se sube a horcajadas sobre tu cara, su panocha goteando jugos calientes sobre tu boca. Huele a almendra dulce y deseo puro, sabor salado y ácido cuando lames su clítoris hinchado. Ella gime, «¡Ay, papi, qué rico!», meneando las caderas, untándote la cara con su esencia. Sofía engulle tu verga, labios suaves envolviéndola, lengua girando alrededor del glande, saliva tibia chorreando por los huevos. El sonido de succión húmeda llena la habitación, mezclado con los jadeos de Abella y el lejano rumor del mar.

El calor sube, tu piel ardiendo donde ellas te tocan. Cambian posiciones: tú de rodillas, penetrando a Sofía por detrás mientras ella come la panocha de Abella. Sientes la chocha de Sofía apretada, aterciopelada, succionando tu pija con cada embestida. ¡Qué chingadera! Sus nalgas rebotan contra tu pelvis, cachetadas sonoras, sudor resbalando por tu espalda. Abella te besa, dedos enredados en tu pelo, susurrando «Más duro, wey, haznos gritar».

La tensión crece como tormenta: pulsos acelerados, músculos tensos, olores intensos de sexo —sudor, fluidos, piel caliente—. Tus bolas se aprietan, el orgasmo acechando, pero aguantas, queriendo alargar el placer. Ellas gimen en coro, Sofía temblando primero, su chocha convulsionando alrededor de tu verga, chorros calientes mojando las sábanas. Abella se arquea, uñas clavándose en tu pecho, gritando «¡Me vengo, cabrón!» mientras su cuerpo se sacude.

Al fin, no aguantas más. Sacas la verga de Sofía, palpitante y brillante de jugos, y Abella y Sofía se arrodillan ante ti. Te pajean juntas, manos suaves y rápidas, lenguas lamiendo el tronco y los huevos. El clímax explota: chorros espesos de leche caliente salpicando sus tetas, caras, lenguas ávidas catándolo. Saborean tu semen con gemidos de placer, besándose luego, compartiendo el gusto salado y viscoso.

Caen sobre la cama exhaustos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire acondicionado zumba suave, trayendo brisa fresca que eriza sus pezones. Abella acaricia tu pecho, Sofía tu muslo, risas roncas rompiendo el silencio.

El mejor Abella Danger trio de mi vida, murmura Abella, guiñándote el ojo.

«Neta, esto fue épico, un pedo inolvidable», piensas tú, el cuerpo pesado de placer, el corazón lleno de una calidez nueva.

Duermen pegados, el mar cantando nanas afuera, sabiendo que la noche fue solo el principio de algo salvaje y consensual, puro gozo entre adultos libres.

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