Sin Intentarlo
El calor de la noche en Polanco me envolvía como un abrazo pegajoso, pero chido, de esos que te hacen sentir viva. Había salido con las morras a un bar de esos fancy en Masaryk, con luces neón y música electrónica que retumbaba en el pecho. No estaba tratando de ligar, neta, solo quería un par de tequilas, bailar un rato y olvidar el pinche estrés del trabajo. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía ver cañón, pero sin exagerar, el cabello suelto oliendo a coco por el shampoo nuevo.
Me senté en la barra, pedí un reposado con limón y sal, y ahí lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba más que los focos led. Traía camisa blanca arremangada, mostrando unos brazos fuertes, de esos que te imaginas rodeándote. Me miró fijo, sin pena, y levantó su vaso en un brindis silencioso. ¿Qué wey?, pensé, no estoy tratando de nada, pero qué ojos tan penetrantes tiene el carnal.
Se acercó, casual, como si el bar entero no existiera. "Órale, ¿pos ¿qué tal si me dices tu nombre antes de que me invite solo?", dijo con esa voz grave, acento chilango puro. Me reí, porque era directo pero no pesado. "Andrea, y tú, ¿qué pedo?". "Luis, un gusto, Andrea. Neta que te vi de lejos y dije 'esa morra está perrón sin esfuerzo'". Sus palabras me prendieron una chispa, el olor a su colonia mezclada con sudor fresco me llegó directo al olfato. No estaba tratando de coquetear, pero le seguí la corriente. Hablamos de todo: del tráfico culero de Reforma, de la neta de la comida callejera en la Condesa, de cómo el mezcal te pega más que un madrazo.
La plática fluyó como el tequila, suave y ardiente. Sus ojos no se despegaban de los míos, y cada risa suya hacía que mi piel se erizara. Tocó mi mano al pasar el vaso, un roce eléctrico que me recorrió el brazo hasta la nuca.
No estoy tratando de esto, pero su tacto es como fuego lento, me está quemando por dentro.Bailamos un rato, pegados en la pista, su cuerpo duro contra el mío, el sudor de su cuello oliendo a hombre puro, a deseo crudo. Sentí su verga semi-dura rozándome la cadera, y en vez de alejarme, me pegué más. "Estás cañón, Andrea", murmuró en mi oreja, su aliento caliente con sabor a cítricos.
Salimos del bar sin pensarlo dos veces, el aire fresco de la noche nos golpeó como un bálsamo. Caminamos hasta su depa, que estaba a dos cuadras, riéndonos como pendejos de lo random del momento. "No estoy tratando de sonar cursi, pero contigo todo sale natural", dijo abriendo la puerta. Su lugar era chido: minimalista, con ventanales al skyline de la ciudad, luces tenues y una cama king size que gritaba promesas.
Nos besamos en la entrada, sus labios carnosos devorando los míos, lengua juguetona explorando mi boca con gusto a tequila dulce. Lo empujé contra la pared, mis manos en su pecho firme, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la camisa. La desabotoné despacio, oliendo su piel salada, lamiendo el hueco de su clavícula. "Qué rico sabes, wey", gemí, y él rio bajito, manos en mi culo apretándome contra él.
Me cargó hasta la cama como si no pesara nada, el colchón suave recibiéndonos. Me quitó el vestido con urgencia controlada, besando cada centímetro de piel que dejaba al aire. Sus labios en mis tetas, chupando el pezón duro, enviando descargas directas a mi clítoris palpitante. No estoy tratando de contenerme, su boca es una puta delicia, me tiene mojadísima. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que llena el cuarto, mezclado con su sudor masculino.
Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, latiendo en mi mano. La acaricie despacio, sintiendo la piel aterciopelada sobre el acero duro, el calor irradiando a mi palma. "Métetela en la boca, Andrea, porfa", suplicó con voz ronca, y yo, sin pensarlo, la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, esa gota perlada que me volvió loca. La chupé hondo, garganta relajada, sus gemidos roncos como música, manos en mi pelo guiándome sin forzar. El sonido húmedo de mi saliva en su pito llenaba el aire, obsceno y delicioso.
No aguanté más. Me subí encima, frotando mi panocha empapada contra su verga, el roce de mi clítoris hinchado mandándome estrellas. "Cógeme ya, Luis, no estoy tratando de esperar". Se hundió en mí de un empujón lento, llenándome hasta el fondo, esa presión exquisita estirándome, tocando spots que me hacían arquear la espalda. El olor a sexo nos envolvía, sudor goteando, pieles chocando con palmadas rítmicas: plaf, plaf, plaf.
Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, el glande golpeando mi cervix con placer punzante. "Estás tan apretada, tan caliente, neta que me vas a hacer venir", gruñó, y aceleré, mi clítoris frotándose en su pubis peludo. El cuarto giraba, olores intensos: mi jugo chorreando por sus bolas, su sudor salado en mi lengua cuando lo besé.
Cambié de posición, él encima, misionero profundo, piernas en sus hombros abriéndome como flor. Me taladraba con thrusts potentes, el colchón crujiendo, mis uñas clavándose en su espalda musculosa.
Sin intentarlo, esto es lo mejor que me ha pasado, su verga me está partiendo en dos de puro gozo.Gemí alto, "¡Más duro, pendejo, dame todo!", y él obedeció, sudando sobre mí, ojos clavados en los míos con esa conexión que va más allá de la carne.
El orgasmo me pegó como camión, olas de placer convulsionándome, panocha contrayéndose alrededor de su pito, ordeñándolo. "¡Me vengo, Luis, ahhh!", grité, el mundo explotando en colores, pulsos en mi clítoris como fuegos artificiales. Él se vino segundos después, chorros calientes inundándome, gruñendo mi nombre, cuerpo temblando sobre el mío.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones jadeantes calmándose. Su peso sobre mí era reconfortante, piel pegajosa, olor a sexo satisfecho impregnando las sábanas. Me besó la frente, suave. "Neta, Andrea, sin intentarlo nos armamos este desmadre chido". Reí bajito, acariciando su espalda. No estaba tratando de encontrar esto, pero qué padre que pasó.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos jabonosas explorando de nuevo, pero sin prisa. Salimos a la terraza, city lights brillando, un trago en mano. Hablamos hasta el amanecer, de sueños, de la vida loca en la CDMX. No prometimos nada, pero esa noche quedó tatuada: sin intentarlo, puro fuego natural.