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Señora Robinson Estás Tratando de Seducirme

7607 palabras

Señora Robinson Estás Tratando de Seducirme

El sol de mediodía en la colonia te pegaba como un martillo en la cabeza mientras regabas el jardín de tus papás. Eras un chavo de veinticuatro, recién graduado de la uni, con el futuro todavía borroso pero el cuerpo lleno de esa energía que no sabes pa' dónde canalizar. La casa vecina, esa de paredes blancas y jardín impecable, siempre te había llamado la atención por ella. La Señora Robinson, como la llamaban todos en el barrio, aunque su nombre de pila era Laura. Cuarenta y tantos, viuda desde hace un par de años, con un cuerpo que no mentía los workouts diarios en su gimnasio privado. Sus caderas anchas, tetas firmes que se marcaban bajo las blusas holgadas, y ese culo redondo que se movía como si invitara a seguirlo.

La viste salir al porche, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel sudada por el calor. Llevaba una jarra de limonada en la mano, el hielo tintineando como un susurro tentador. Órale, wey, pensaste, ¿qué pedo con esta morra? Te sonrió, esa sonrisa de labios carnosos pintados de rojo suave, y te hizo señas para que te acercaras.

¿Mrs Robinson you're trying to seduce me?

La frase te vino a la mente de golpe, como un eco de esa película vieja que viste con tus cuates. Caminaste hacia la barda baja que separaba los jardines, el olor a tierra húmeda y cloro de la piscina mezclándose con su perfume floral, algo dulce como jazmín mezclado con sudor fresco.

—Ven, mijo, no te quedes ahí como pendejo. Toma un poco de esto, que te ves todo acalorado —dijo con esa voz ronca, típica de las chilangas que han vivido lo suficiente pa' saber lo que quieren.

Le pasaste el vaso por encima de la barda, y al rozar sus dedos, sentiste un chispazo. Su piel era suave, tibia, como terciopelo caliente. Bebiste, el limón ácido explotando en tu lengua, refrescante contra el bochorno. Ella se inclinó un poco, dándote vista a su escote, donde un hilo de sudor bajaba lento entre sus pechos.

—Gracias, señora Laura. Neta, estaba muerto de calor.

—Llámame Robinson, nomás pa' joder. O mejor, Laura. ¿Y tú qué, Benjamín? ¿Todavía sin chamba? Ven, pasa, te invito una chela fría de la refri.

No supiste por qué dijiste que sí. Saltaste la barda como cuando eras morrillo, aterrizando en su jardín verde y bien cuidado. La seguiste adentro, el aire acondicionado golpeándote la cara como una caricia helada. La casa olía a vainilla y algo más, como a deseo reprimido. Sala amplia, muebles de madera oscura, fotos de ella más joven con su difunto esposo, pero nada triste, todo elegante.

Se sentó en el sofá de piel, cruzando las piernas despacio, el vestido subiéndose un poco por sus muslos morenos. Te dio la chela, sus uñas rojas rozando tu mano otra vez. Bebieron en silencio un rato, el sonido de sus respiraciones llenando el espacio. Sentías tu corazón latiendo fuerte, el pulso en las sienes.

—Sabes, Benjamín, a veces me siento sola aquí. Tú pareces buen chavo, ¿no tienes novia?

—Nah, ando soltero. Las morras de la uni eran un desmadre.

Rió, un sonido gutural que te erizó la piel. Se acercó más, su rodilla tocando la tuya. El calor de su cuerpo se filtraba a través de la tela, y olías su aroma íntimo, mezcla de loción y excitación sutil.

La tensión crecía como una tormenta de verano. Tus ojos bajaban a sus labios, imaginando su sabor. Ella lo notó, y en vez de apartarse, puso la mano en tu muslo, apretando suave.

No mames, señora Robinson estás tratando de seducirme, pensaste, el corazón retumbando.

Acto dos: la cosa se puso intensa. Te invitó a ver su "nuevo cuadro" en el pasillo, pero al pasar a la recámara, te jaló adentro. La puerta se cerró con un clic suave. La habitación era un nido de placer: cama king size con sábanas de satín negro, velas aromáticas apagadas pero oliendo a canela, un espejo enorme en la pared.

—Benjamín, no seas menso. Sé que me miras desde el jardín. ¿Quieres tocar? —susurró, quitándose el vestido despacio, revelando lencería roja que abrazaba sus curvas perfectas. Sus tetas grandes, pezones duros asomando, la panza suave con estrías que la hacían real, deseable.

Tú tragaste saliva, la verga ya dura en tus jeans, palpitando. Sí, carnal, esto es real. Te levantaste, la besaste. Sus labios eran jugosos, sabe a chela y menta, lengua experta enredándose con la tuya. Gemiste contra su boca, manos en su cintura, sintiendo la piel sedosa, el calor húmedo entre sus piernas.

La tumbaste en la cama, el colchón hundiéndose suave. Besaste su cuello, oliendo su sudor salado, lamiendo hasta sus tetas. Chupaste un pezón, duro como cereza, ella arqueándose, gimiendo "¡Ay, wey, sí!". Sus uñas en tu espalda, arañando leve, enviando descargas a tu entrepierna.

—Quítate todo, pendejito. Quiero verte —ordenó, voz empoderada, ojos brillantes.

Te desvestiste rápido, tu verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. Ella la miró con hambre, mano envolviéndola, masturbándote lento. El tacto era fuego, su palma cálida y lubricada por tu excitación.

Esto es mejor que cualquier porno, neta
, pensaste, mientras ella se arrodillaba, boca abriéndose.

La mamada fue épica. Lengua girando en la cabeza, succionando profundo, garganta apretando. Sentías el calor húmedo, sus labios estirados, saliva chorreando. Gemías fuerte, manos en su pelo negro ondulado, oliendo a shampoo de coco. "¡Chíngame la boca, Laura!" le dijiste, y ella aceleró, bolitas lamiendo, hasta que casi explotas.

La subiste a la cama, cuatro patas, culo en pompa. Le comiste el culo y la panocha, jugosa y depilada, sabor salado-dulce como mango maduro. Ella temblaba, gritando "¡Más, cabrón, no pares!", jugos empapando tu cara. Metiste dos dedos, curvándolos en su punto G, mientras lamías el clítoris hinchado.

El clímax se acercaba. Te pusiste condón –siempre seguro, wey–, y la penetraste despacio. Su coño apretado, caliente como horno, paredes contrayéndose. Empujaste profundo, piel contra piel cacheteando, sudores mezclándose. Ella empujaba de vuelta, experta, controlando el ritmo.

Dame duro, Benjamín. Hazme tuya —jadeaba, tetas rebotando.

Cambiaron posiciones: misionero, ella encima cabalgando como jinete, caderas girando, verga tocando fondo. El olor a sexo llenaba la habitación, gemidos ecoando, cama crujiendo. Sentías su pulso acelerado contra tu pecho, pezones rozando.

Acto tres: el release. Ella se corrió primero, cuerpo convulsionando, uñas clavadas, gritando "¡Me vengo, chingao!", chorros calientes empapando. Tú la seguiste, verga hinchándose, eyaculando fuerte dentro del condón, placer cegador, visión borrosa.

Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa de sudor. La abrazaste, oliendo su pelo, besando su frente. Ella sonrió, satisfecha, empoderada.

—Vuelve cuando quieras, mi señor Robinson. Esto no fue un error.

Tú asentiste, el afterglow envolviéndote como manta tibia. Saliste al atardecer, piernas flojas, pero alma plena. La frase seguía en tu cabeza, pero ahora era tuya:

Mrs Robinson you’re trying to seduce me... and it worked perfectly
.

Desde ese día, el jardín ya no era lo mismo. Cada mirada por la barda era promesa de más, de deseo mutuo, de noches mexicanas calientes y sin remordimientos.

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