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Mary Kay Trio de Sombras Ardientes

7252 palabras

Mary Kay Trio de Sombras Ardientes

Era una noche calurosa en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como un mosco loco y el olor a jazmín del jardín trepando por la ventana abierta. Yo, Ana, acababa de armar una fiesta de Mary Kay con mis dos compas más cercanas: Carla, la morra de curvas que siempre anda en leggings ajustados, y Daniela, la flaca intensa con ojos que te desnudan de un jalón. Neta, no planeaba que terminara así, pero cuando saqué el Mary Kay Trio de Sombras, ese paletito con tonos ahumados que prometía miradas misteriosas, algo se encendió en el aire.

Nos sentamos en la alfombra mullida de mi recámara, rodeadas de cremitas, labiales y brillos. El Trio de Sombras brillaba bajo la luz tenue de las velitas de vainilla que prendí para ambientar. “Órale, Ana, pásame ese Mary Kay Trio de Sombras”, dijo Carla con esa voz ronca que me eriza la piel. Se lo di y ella lo abrió, revelando los tres tonos: un gris plateado como luna llena, un morado profundo como medianoche y un negro intenso que gritaba pecado. Sus dedos rozaron los míos al tomarlo, y sentí un chispazo, como si el calor de la noche nos hubiera pegado una descarga.

¿Por qué carajos mi corazón late así? Son mis amigas, wey, pero neta, las veo y se me hace agua la boca.

Empecé a aplicarme el gris en los párpados, el polvo sedoso deslizándose como caricia de terciopelo sobre mi piel. El espejo portátil reflejaba mis ojos transformándose, volviéndose felinos, seductores. Daniela se acercó gateando, su aliento cálido en mi cuello. “Déjame ayudarte, mamacita”, murmuró, y sus dedos tomaron la esponjita del Trio de Sombras. El morado se fundió en mis pliegues, suave, casi como si me lamiera. Olía a flores exóticas mezclado con su perfume de coco, y el roce de su uña en mi sien me hizo jadear bajito.

Carla no se quedó atrás. “Mi turno”, dijo riendo, pero sus ojos tenían ese brillo travieso. Se sentó frente a mí, piernas cruzadas, y yo le delineé el negro intenso alrededor de sus ojos café. El polvo se adhería perfecto, haciendo que pareciera una diosa oscura. Nuestras rodillas se tocaron, piel contra piel, y el calor subía como fiebre. “Estás chida así, Carla”, le susurré, mi voz temblando un poquito. Ella sonrió, mordiéndose el labio, y de repente su mano subió a mi muslo, apretando suave. “Tú más, Ana. Ese Trio de Sombras te queda como anillo al dedo... o algo más profundo”.

La tensión creció como tormenta en el DF antes de la lluvia. Daniela dejó la esponjita y trazó una línea con el dedo por mi clavícula, dejando un rastro morado que se borraba con su saliva cuando se inclinó a probar. Su lengua tibia, salada, me hizo arquear la espalda. “¿Les late?”, preguntó con voz husky, y las dos asentimos, el aire cargado de nuestro aliento entrecortado. Nos miramos, tres pares de ojos ahumados por el Mary Kay Trio de Sombras, prometiendo lo que vendría.

Las manos empezaron a vagar. Carla me jaló por la nuca para un beso que sabía a gloss de fresa y deseo puro. Sus labios carnosos se pegaron a los míos, lengua explorando con hambre, mientras Daniela besaba mi cuello, chupando suave hasta dejar un chupetón que ardía delicioso. Olía a sudor limpio y arousal, ese musk femenino que te nubla la cabeza. Me quité la blusa despacio, dejando que vieran mis tetas libres, pezones duros como piedritas bajo su mirada.

Dios, qué rico se siente esto. No hay vuelta atrás, y no quiero.

Carla se desvistió rápido, sus curvas generosas temblando al quitarse el bra. Daniela era puro hueso elegante, pero sus caderas anchas invitaban a morder. Nos recostamos en la cama king size, sábanas de algodón fresco contra nuestra piel caliente. El Trio de Sombras olvidado en la mesita, pero sus sombras seguían en nosotras, en la penumbra que jugaba con nuestros cuerpos. Toqué a Carla primero, mis dedos hundidos en sus chichis pesadas, pellizcando pezones que se ponían más duros. Ella gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.

Daniela se coló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento. Su aliento caliente sobre mi tanga empapada me hizo retorcer. “Estás chorreando, Ana”, dijo riendo suave, y la jalé del pelo para que me comiera ya. Su lengua se hundió en mí, lamiendo despacio al principio, saboreando mis jugos salados y dulces. El sonido húmedo de su boca en mi concha era obsceno, perfecto, mezclado con mis jadeos y los de Carla masturbándose a un lado, dedos hundiéndose en su propio calor.

Cambié posiciones, queriendo darles lo mismo. A Carla la puse de rodillas, su culo redondo en mi cara. Lamí su raja desde atrás, probando su esencia almendrada, mientras Daniela me montaba la cara, frotando su clítoris hinchado contra mi lengua. El olor a sexo nos envolvía, sudor goteando, pieles chocando con palmadas suaves. “¡Ay, wey, qué rico!”, gritó Carla, empujando contra mi boca. Mis dedos encontraron su G-spot, curvándose adentro, y ella se vino primero, chorros calientes en mi mano, cuerpo temblando como hoja.

La intensidad subió. Nos enredamos en un 69 múltiple, cuerpos sudorosos deslizándose, tetas aplastadas, lenguas trabajando sin parar. Daniela me penetró con dos dedos mientras chupaba mi clítoris, círculos rápidos que me volvían loca. Sentía mi pulso en la garganta, en el coño, en todas partes. Carla se unió, su lengua en mi ano, rimming suave que me abrió como flor. El placer se acumulaba, tensión en espiral, hasta que exploté. Grité su nombre, el de las dos, olas y olas rompiendo, jugos salpicando sus caras sonrientes.

No paramos ahí. Nos dimos la vuelta, yo en el medio, ellas lamiéndome desde lados opuestos. Una en cada teta, mordiendo, succionando, mientras dedos invadían mi coño y culo al unísono. El doble llenado me llevó al borde otra vez, pero quise más. Saqué el vibrador de la cajón —un chingón de silicona morada— y lo encendí. El zumbido bajo se mezcló con nuestros gemidos. Lo metí en Daniela primero, viéndola arquearse, ojos ahumados cerrándose en éxtasis. Carla lo tomó luego, cabalgándolo mientras yo le comía el clítoris.

Esto es libertad pura, neta. Tres sombras bailando en la noche, y yo en el centro.

El clímax final nos golpeó como rayo. Daniela se vino gritando, piernas temblando alrededor de mi cabeza. Carla siguió, apretándome con sus paredes calientes. Yo, estimulada por sus dedos y lenguas, exploté en un orgasmo que me dejó ciega, estrellas detrás de mis párpados pintados con el Mary Kay Trio de Sombras. Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones agitadas calmándose, piel pegajosa enfriándose bajo el ventilador.

Minutos después, risas suaves. “Qué pedo, pero qué chido estuvo”, dijo Carla, besándome la frente. Daniela trazó círculos en mi vientre. “El mejor Mary Kay Trio de Sombras ever”. Nos limpiamos con toallitas húmedas, oliendo a sexo y vainilla, y nos acurrucamos desnudas. La noche afuera seguía caliente, pero adentro, un calor nuevo, de conexión profunda. Mañana, vida normal —trabajo, tráfico, chelas con cuates— pero esto, nuestro secreto ahumado, quedaría grabado en la piel, en los ojos, en el alma.

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