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Intenté Traducir Sus Gemidos

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Intenté Traducir Sus Gemidos

La noche en el bar de Polanco estaba chida, con esa luz tenue que hacía que todo pareciera un sueño húmedo. El aire olía a tequila reposado y perfume caro, mezclado con el sudor ligero de la gente bailando al ritmo de cumbia rebajada. Yo, Alex, un wey de treinta y tantos que trabaja en marketing digital, estaba ahí con unos cuates, pero mis ojos se clavaron en ella desde el primer momento. Se llamaba Sofia, una morra chilanga como yo, pero con ese acento que delataba que había vivido en el extranjero. Pelo negro largo, curvas que neta me pusieron a mil, y una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno.

Órale, carnal, ¿qué onda con esa? —me dijo mi amigo Marco, dándome un codazo.

Me acerqué con una chela en la mano, el corazón latiéndome como tambor en fiesta. "Qué tal, ¿bailamos?", le solté, y ella rio, ese sonido fresco como agua de coco en verano. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la Roma, de lo cara que está la vida en la CDMX. Pero luego confesó que acababa de volver de un viaje por Europa, donde había aprendido unas palabras sucias en italiano que quería practicar. No mames, pensé, esto se va a poner interesante.

La tensión empezó cuando me platicó de un libro erótico que leyó allá, en inglés. "Intenté traducirlo yo sola, pero tried traducción con apps y salía puro desmadre", dijo riendo, con los ojos brillando. Yo saqué mi cel y le mostré Google Translate, pero entre el ruido y las copas, las palabras salían torcidas: "fuck me" se convirtió en "jódeme" que sonaba como "chódeme". Nos reímos tanto que terminamos pegados, su muslo rozando el mío bajo la mesa, el calor de su piel traspasando la tela del vestido rojo que llevaba, ajustado como guante.

El deseo creció despacio, como el humo del cigarro que fumaba afuera. Su mano en mi brazo, suave y cálida, enviaba chispas directo a mi entrepierna. Olía a vainilla y algo más, un aroma femenino que me hacía salivar. "Ven, vamos a mi depa", me susurró al oído, su aliento caliente como brisa de Ixtapa. No lo pensé dos veces.

En el Uber, la ciudad pasaba borrosa por la ventana: luces de neón, cláxones lejanos, el pulso de la noche mexicana. Nuestras manos se entrelazaron, dedos explorando palmas sudorosas. Llegamos a su penthouse en Condesa, minimalista pero con toques mexicanos: velas de colores, un Frida en la pared. La puerta se cerró con un clic que sonó a promesa.

Acto medio: la escalada. Nos sentamos en el sofá de piel suave, que crujió bajo nuestro peso. Sacó una botella de mezcal artesanal, del bueno, de Oaxaca. "Por las malas traducciones", brindamos, y el líquido ahumado bajó ardiente por mi garganta, despertando cada nervio. Hablamos más: ella era diseñadora gráfica, yo le conté de mis noches solitarias soñando con morras como ella. La barrera del lenguaje jugaba a favor; cada frase incompleta se llenaba con miradas cargadas de lujuria.

Me acerqué, mi nariz rozando su cuello, inhalando ese perfume que ahora se mezclaba con su excitación natural, salada y dulce. "Déjame intentar traducir lo que quieres", murmuré, y ella asintió, mordiéndose el labio inferior, rojo y jugoso. Mis labios tocaron los suyos: suaves al principio, como pétalos, luego voraces, lenguas danzando en un tango húmedo. Sabía a mezcal y miel, un sabor que me endureció al instante.

La desvestí despacio, el vestido cayendo como cascada roja, revelando piel morena tersa, pechos firmes con pezones oscuros ya erectos, rogando atención. Mis manos recorrieron su espalda, sintiendo el vello fino erizarse, el calor irradiando. Ella gimió bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho.

¿Qué significa eso? —pensé, riendo por dentro—. Ni tried traducción sirve pa' esto.

La recosté en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel caliente. Besé su ombligo, bajando lento, oliendo su arousal: almizclado, embriagador. Sus muslos se abrieron como invitación, la panocha depilada brillando húmeda bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal. Lamí despacio, saboreando su néctar salado-dulce, el clítoris hinchado pulsando bajo mi lengua. "¡Ay, wey! ¡Sí, así!", jadeó, arqueando la espalda, uñas clavándose en mis hombros con delicioso dolor.

Pero ella no se quedó atrás. Me volteó como luchadora de la Guelaguetza, manos expertas bajando mi chamarra y jeans. Mi verga saltó libre, dura como fierro, venosa y palpitante. "Qué padre", susurró, y la engulló entera, labios estirados, garganta profunda. El sonido húmedo de succión, slurp-slurp, mezclado con mis gruñidos, llenaba la habitación. Sentí su saliva tibia chorreando, bolas apretadas contra su barbilla. Neta, esta morra es experta, pensé, mientras el placer subía como ola en Acapulco.

La tensión psicológica era brutal: ¿y si no la satisfago? ¿Si mi "traducción" falla? Pero sus ojos, fijos en los míos, decían todo: confianza mutua, deseo puro. La penetré despacio, centímetro a centímetro, su interior apretado, aterciopelado, envolviéndome en fuego líquido. "¡Más duro, pendejo!", exigió juguetona, y obedecí, embistiendo con ritmo creciente, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en olores animales.

Cambiábamos posiciones como en un baile: ella encima, cabalgando salvaje, tetas rebotando hipnóticas, yo abajo apretando sus nalgas firmas. De lado, cucharita, mi mano en su botón frotando círculos, sus gemidos subiendo de volumen, un idioma universal de placer. El aire cargado de jadeos, crujidos de cama, scents de sexo crudo.

El clímax se acercaba: su coño contrayéndose rítmico alrededor de mi verga, mis bolas tensas listas para explotar. "¡Me vengo, cabrón!", gritó, cuerpo temblando en espasmos, jugos calientes empapando sábanas. Yo la seguí segundos después, corriéndome profundo dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo como bestia.

Nos quedamos así, enredados, pulsos latiendo al unísono, el afterglow envolviéndonos como niebla matutina. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón desacelerar, dedos trazando lazy patrones en mi piel sudorosa. "No necesitaba traducción", murmuró, besando mi hombro. "Los cuerpos hablan mejor".

Nos duchamos juntos al amanecer, agua caliente lavando rastros de la noche, jabón de lavanda perfumando el vapor. Salimos a desayunar tamales y atole en el mercado, riendo de las apps fallidas. Algo cambió esa noche: no solo folla épica, sino conexión real, de esas que te hacen querer más que un polvo rápido.

Intenté traducir sus gemidos, pero al final, el lenguaje del deseo no necesita palabras.

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