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Intenta Hacerme Ir a Rehab

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Intenta Hacerme Ir a Rehab

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de mi depa en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín del jardín de abajo. Yo estaba tirado en el sofá de cuero, con una cerveza fría en la mano, sintiendo el sudor pegajoso en la nuca después de un día de pinche tráfico. Chido, pensaba, otro día más sin compromisos, sin dramas. Ahí entró ella, mi carnala del alma, Lupita, con ese vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas como si fuera una escultura viva. Sus caderas se movían con ese ritmo que me volvía loco, y el olor de su perfume, mezcla de vainilla y algo salvaje, me golpeó directo en la verga.

"Órale, cabrón, ¿otra vez aquí de vaga? Tus compas ya me mandaron mensajitos, dicen que andas bien pasado de rosca con las fiestas. ¿No piensas ir a ese retiro de rehab que te recomendé? Ahí te arreglan, te ponen en forma, te quitan esos vicios de güey fiestero."

Solté una carcajada, el sonido retumbando en el pecho mientras la veía acercarse, sus tetas subiendo y bajando con cada paso. Lupita era de esas morras que no se andaban con chingaderas, alta, con piel morena que brillaba como chocolate derretido, ojos negros que te chupaban el alma. Llevábamos meses en esto, puro desmadre entre sábanas, sin etiquetas, solo cuerpos chocando como olas en Acapulco.

"Neta, Lupe, ¿try to make me go to rehab? Ni madres, yo estoy chingón así. ¿Para qué quiero que me 'arreglen' si contigo ya estoy en el paraíso?" Le guiñé el ojo, sintiendo ya el calor subiendo por mis huevos.

Ella se rio, un sonido ronco y juguetón que me erizó la piel. Se sentó a horcajadas sobre mí, sus muslos fuertes apretándome las caderas, el calor de su panocha filtrándose a través de la tela delgada. Olía a deseo puro, a esa humedad que se acumula cuando una buena morra te mira como si fueras su próxima comida.

Acto uno apenas empezaba, pero el aire ya estaba cargado de tensión, como antes de una tormenta en el DF.

Sus manos, suaves pero firmes, me quitaron la cerveza y la pusieron en la mesita. Me jaló la playera por la cabeza, sus uñas rozándome el pecho, dejando rastros de fuego que me hicieron jadear. Puta madre, pensé, esta mujer sabe cómo encender el motor. Sus labios rozaron mi cuello, el aliento caliente y húmedo, saboreando el salado de mi piel con la lengua. "Vas a ir, pendejo, te voy a convencer a mi modo", murmuró, mordiéndome la oreja lo justo para que el dolor se mezclara con placer.

Yo la abracé por la cintura, sintiendo la curva de su espalda, el sudor empezando a perlarse entre nosotros. El sofá crujió cuando la volteé, poniéndola debajo de mí, sus piernas abriéndose instintivamente. Le subí el vestido, exponiendo esas bragas de encaje negro que ya estaban empapadas. El olor a su excitación me invadió, almizclado y dulce, como miel caliente. Metí la mano, rozando su clítoris con los dedos, y ella arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta que vibró en todo mi cuerpo.

¿Y si cedo un poquito? Nah, esto es mejor que cualquier retiro culero. Lupe me quiere rehabear, pero yo la voy a hacer mía primero.

La besé duro, lenguas enredándose, probando el sabor de su gloss de fresa mezclado con cerveza. Sus manos bajaron a mi pantalón, desabrochándolo con prisa, liberando mi verga que ya palpitaba dura como piedra. La apretó, masturbándome lento, el roce de su palma áspero y perfecto, haciendo que mis caderas se movieran solas. "Mírate, todo tieso y listo. Pero no te vayas a venir ya, eh, que apenas arranca el desmadre", me dijo con esa voz de mandona sexy que me ponía a mil.

La llevé en brazos al cuarto, el piso de madera fría bajo mis pies descalzos contrastando con el calor de su cuerpo pegado al mío. La tiré en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio arrugándose bajo ella. Me quité todo, quedando en pelotas, mi piel erizada por el aire acondicionado que zumbaba bajito. Ella se desvistió despacio, un striptease que me tenía babeando: el vestido cayó al suelo con un plop suave, luego las bragas, revelando su panocha depilada, hinchada y reluciente.

Nos enrollamos como animales, el colchón hundiéndose con nuestros movimientos. Le comí las tetas, grandes y firmes, chupando los pezones oscuros que se endurecían en mi boca, saboreando el leve salado de su sudor. Ella gemía, "¡Ay, cabrón, sí!", clavándome las uñas en la espalda, trazando surcos que ardían delicioso. Bajé por su vientre, besando cada centímetro, hasta llegar a su entrepierna. El olor era intenso, embriagador, y lamí su clítoris despacio, sintiendo cómo temblaba bajo mi lengua. Su jugo me llenaba la boca, ácido y dulce como tamarindo fresco.

"No mames, vas a ir a ese rehab, te juro que te convenzo", jadeó entre espasmos, pero sus caderas empujaban contra mi cara, traicionándola. Yo reí contra su piel, vibrando su clítoris, metiendo dos dedos dentro, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar. El sonido de sus jugos chorreando, el chapoteo húmedo, llenaba la habitación, mezclado con su respiración agitada y mis gruñidos hambrientos.

La volteé a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto para agarrar. Le di una nalgada juguetona, el clap resonando, dejando una marca rosada que olía a su esencia. "Inténtalo, Lupe, try to make me go to rehab, pero primero agárrate". Me posicioné detrás, la punta de mi verga rozando su entrada resbalosa. Empujé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes me apretaban, calientes y aterciopeladas. ¡Chingado!, qué delicia, como si me ordeñara desde adentro.

Empecé a bombear, lento al principio, saboreando cada embestida, el choque de mis huevos contra su clítoris haciendo sonidos obscenos. Ella empujaba hacia atrás, coincidiendo perfecto, sus gemidos convirtiéndose en gritos: "¡Más duro, pendejo, rómpeme!" El sudor nos cubría, goteando por mi espalda, el olor a sexo crudo impregnando todo. Agarré sus caderas, acelerando, el ritmo como tambores de cumbia en una fiesta clandestina. Mi corazón latía desbocado, pulsos en las sienes, cada nervio en llamas.

Esto es mi rehab, carajo, su coño apretándome, sus gritos en mi oreja. ¿Para qué cambiar?

La puse de misionero, queriendo verla, sus ojos vidriosos de placer, labios hinchados. Entré de nuevo, profundo, besándola mientras follaba. Sus piernas me rodearon la cintura, talones clavándose en mi culo, urgiéndome más adentro. Sentía su orgasmo construyéndose, sus paredes contrayéndose alrededor de mi verga, ordeñándome. "¡Me vengo, cabrón!", chilló, su cuerpo convulsionando, jugos chorreando por mis bolas. Eso me llevó al límite, el calor subiendo desde los huevos, explotando en chorros calientes dentro de ella, gruñendo como bestia mientras me vaciaba.

Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa y temblorosa. El aire olía a semen y su esencia mezclados, el zumbido del AC como fondo a nuestras respiraciones calmándose. La abracé, sintiendo su corazón galopando contra mi pecho, su cabello húmedo en mi hombro.

"¿Y? ¿Vas a ese retiro o qué?", murmuró con voz ronca, trazando círculos en mi espalda.

Reí bajito, besándole la frente. "Nel, Lupe. Mi rehab eres tú, aquí, en la cama. Inténtalo otra vez cuando quieras." Ella sonrió, un brillo pícaro en los ojos, y supe que esto no acababa. El sol se ponía afuera, tiñendo la habitación de púrpura, pero el calor entre nosotros ardía eterno.

Nos quedamos así, enredados, el afterglow envolviéndonos como una manta suave. Sus dedos jugaban con mi pelo, mi mano en su cadera, sintiendo las réplicas de placer. Esto es vida, pensé, sin arrepentimientos, solo promesas de más noches así. Ella suspiró contenta, y yo supe que había ganado esta ronda, pero el juego apenas empezaba.

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