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Pasión en la Porta Nigra de Trier

6685 palabras

Pasión en la Porta Nigra de Trier

El aire fresco de la tarde en Trier me erizaba la piel mientras Javier y yo nos acercábamos a la imponente Trier Porta Nigra. Esa mole de piedra negra, con sus arcos antiguos y sombras profundas, parecía susurrar secretos milenarios. Veníamos de México, huyendo del ajetreo de la CDMX por un viaje romántico que prometía aventuras. Javier, mi novio desde la uni, con su sonrisa pícara y ese cuerpo moreno que me volvía loca, me tomaba de la mano. Neta, güey, esto es chido, le dije, sintiendo ya un cosquilleo en el estómago que no era solo por el viento moschando de río.

La Porta Nigra se alzaba como una puerta al más allá, sus bloques de arenisca oscura brillando con el sol poniente. Olía a tierra húmeda y a historia vieja, mezclado con el aroma de pan recién horneado de alguna panadería cercana. Javier se pegó a mí, su aliento cálido en mi cuello. ¿Te imaginas lo que pasó aquí hace siglos? murmuró, su voz ronca rozándome la oreja. Sentí su mano bajar por mi espalda, deteniéndose juguetona en mi cintura. Mi cuerpo respondió al instante, un calor subiendo desde mi entrepierna. Este pendejo siempre sabe cómo encender la mecha, pensé, mordiéndome el labio.

Caminamos por el empedrado irregular, el sonido de nuestras pisadas ecoando como latidos. Turistas pasaban, pero nosotros nos desviamos hacia un rincón semioculto, donde la sombra de la puerta nos envolvía como un abrazo prohibido. Javier me jaló contra la piedra fría, contrastando con el fuego de su piel. Sus labios encontraron los míos, un beso lento al principio, saboreando el leve salado de mi gloss de fresa. Gemí bajito, órale, aquí no, pero qué rico. Su lengua danzó con la mía, explorando, mientras sus manos subían por mis muslos bajo la falda ligera que traía puesta para el clima europeo.

¿Y si nos ven? No mames, pero no quiero que pare...

La tensión crecía como una tormenta. Javier era todo lo que amaba: fuerte, juguetón, con ese acento chilango que me hacía derretir. Recordé nuestras noches en el depa de Polanco, pero esto era diferente, salvaje, con el peso de la historia testigo. Me apretó contra él, y sentí su verga endureciéndose contra mi vientre. Te deseo tanto, Ana, gruñó, su voz vibrando en mi pecho. Olía a su colonia cítrica mezclada con sudor masculino, un perfume que me mareaba de lujuria.

Nos escabullimos más adentro, a un pasadizo angosto detrás de la Trier Porta Nigra, donde la luz se filtraba en rayos polvorientos. El suelo era áspero bajo mis sandalias, pero no importaba. Javier me levantó la falda, sus dedos trazando la curva de mis nalgas. Suave como tamal de olla, bromeó, y reí, pero el riso se convirtió en jadeo cuando rozó mi panocha ya húmeda a través de las panties. El tacto era eléctrico, mi clítoris palpitando bajo su pulgar. Lamí su cuello, saboreando la sal de su piel, mientras él me besaba el escote, bajando el tirante de mi blusa.

Quítatelas, mi reina, susurró, y obedecí, dejando caer la blusa al suelo. Mis tetas quedaron expuestas al aire fresco, pezones endureciéndose como piedritas. Javier las tomó en sus manos grandes, masajeándolas, pellizcando suave hasta que arqueé la espalda. ¡Ay, cabrón, qué chingón! exclamé en voz baja. El sonido de su boca chupando mi pezón era obsceno, húmedo, un pop al soltar. Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo la rigidez de su verga latiendo. La saqué, gruesa y venosa, la piel suave sobre el acero debajo. La apreté, y él gimió contra mi piel.

La intensidad subía. Me arrodillé en la piedra fría, ignorando el rasguño en las rodillas por el placer que venía. Su verga frente a mi cara, oliendo a hombre puro, a deseo crudo. La lamí desde la base, lenta, saboreando el precum salado. Javier enredó sus dedos en mi pelo, Sí, así, mami. La chupé profunda, mi lengua girando alrededor del glande, el sonido de succión llenando el pasadizo. Él jadeaba, caderas moviéndose leve, no mames, Ana, eres la mejor. Sentía mi propia humedad chorreando por los muslos, el calor entre mis piernas insoportable.

Me levantó, girándome contra la pared. La piedra rugosa en mi pecho, fría contra mis tetas calientes. Javier bajó mis panties, y su dedo entró en mí, curvándose para tocar ese punto que me volvía loca. Estás empapada, güey, dijo riendo ronco. Dos dedos ahora, bombeando, mi jugo lubricando todo. Gemí alto, el eco rebotando en las piedras. Córrete para mí, ordenó, y lo hice, olas de placer sacudiéndome, piernas temblando, olor a mi excitación impregnando el aire.

Esto es puro vicio, pero con él todo vale la pena.

No esperó mucho. Su verga empujó contra mi entrada, resbaladiza, y entró de un solo golpe. ¡Chingado, qué grande! grité suave. Llenándome por completo, estirándome delicioso. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida un choque de piel contra piel, plaf plaf resonando. Sus manos en mis caderas, tirando de mí hacia él. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, más profundo. Sudor nos cubría, goteando, mezclándose. Olía a sexo, a nosotros, a la Porta Nigra presenciando nuestro ritual pagano.

La escalada era feroz. Javier aceleró, su aliento agitado en mi oreja, Te amo, Ana, neta te amo. Yo respondí con gemidos, Más duro, pendejo, rómpeme. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, el glande golpeando mi cervix. Mi clítoris rozaba su saco con cada thrust, building another orgasm. El mundo se redujo a eso: tacto ardiente, sonidos guturales, sabor de su beso cuando giró mi cabeza. Latidos sincronizados, pulsos acelerados.

El clímax nos golpeó juntos. Él se hinchó dentro, gruñendo ¡Me vengo!, chorros calientes llenándome. Yo exploté, contrayéndome alrededor de él, milking every drop, visión borrosa, piernas flojas. Colapsamos contra la pared, riendo entre jadeos, su verga aún dentro, palpitando suave.

Después, en el afterglow, nos vestimos lento, besándonos perezosos. La Trier Porta Nigra nos vio salir, como si guardara nuestro secreto. Javier me abrazó, Eres mi todo, mi chilanga loca. Caminamos de regreso al hotel, el cielo estrellado, mi cuerpo zumbando de satisfacción. Este viaje no lo olvido nunca, pensé, sabiendo que la puerta negra había abierto algo eterno en nosotros. El aroma de nuestro amor aún en mi piel, un recordatorio dulce y pecaminoso.

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