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Deja de Pretender Ser Dios en Mi Cama

6407 palabras

Deja de Pretender Ser Dios en Mi Cama

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera rozando con dedos invisibles. Yo, Valeria, acababa de salir de una galería de arte en Masaryk, con el vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa urbana, y el olor a jazmín de mi perfume mezclándose con el humo de los cigarros electrónicos que flotaba por las calles. Ahí lo vi: Diego, alto, con esa mandíbula cuadrada y ojos que prometían controlarlo todo. Estábamos en una terraza de un bar chido, con luces tenues y reggaeton suave de fondo, sorbiendo mezcales que quemaban la garganta como un beso ardiente.

Él se acercó con esa sonrisa de cabrón seguro, pidiendo permiso para sentarse con un "Órale, güey, ¿me das chance?". Hablamos de todo: de la ciudad que no duerme, de ambiciones que nos carcomían por dentro. Diego era de esos que lo tenían todo planeado —arquitecto top, gym rat, el tipo que diseña orgasmos como si fueran blueprints. Yo lo noté en cómo ordenaba su trago, preciso, sin desperdicio.

"Quiero que esta noche sea perfecta",
me dijo, rozando mi mano con la suya, cálida y firme. Sentí un cosquilleo subir por mi brazo, pero también una chispa de desafío. ¿Perfecta? Pinche iluso.

Terminamos en su penthouse en Reforma, con vistas al Ángel que brillaba como un faro de tentación. El elevador subía lento, y él ya me besaba el cuello, sus labios secos al principio, probando terreno. Olía a colonia cara, madera y hombre. Entramos, y la puerta se cerró con un clic que sonó como el inicio de algo inevitable. Me quitó el vestido con manos expertas, deslizándolo por mis hombros como si estuviera desarmando una escultura. Su piel contra la mía, áspera en los brazos por el vello corto, suave en el pecho. Lo empujé al sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso.

Pero Diego quería dirigir la película.

"Déjame hacerte volar, nena. Yo sé cómo"
, murmuró, guiando mi mano a su pantalón, donde su verga ya palpitaba dura como piedra bajo la tela. La saqué, pesada y caliente en mi palma, con ese olor almizclado que me mojó al instante. Él gemía bajito, controlando el ritmo: arriba, abajo, lento. Le chupé la punta, saboreando el salado pre-semen, mi lengua girando alrededor del glande hinchado. Él jadeaba, pero sus manos en mi pelo dictaban el paso.
"Así, justo así, perfecta"
. Me reí por dentro. ¿En serio, carnal? Quería devorarlo, pero él jugaba a ser el puto Zeus.

Lo monté entonces, mis tetas rebotando libres, pezones duros rozando su pecho sudoroso. El aire olía a sexo incipiente, a mi coño húmedo goteando sobre su pelvis. Me hundí en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. ¡Qué rico! Gemí, pero él levantó las caderas en un ritmo perfecto, calculado.

"Más despacio, siente cada vena"
. Frustrada, clavé las uñas en sus hombros, dejando marcas rojas. El sudor nos pegaba, piel resbaladiza, y el sonido de carne chocando era como palmadas húmedas en eco por la habitación. Afuera, el tráfico de la ciudad zumbaba lejano, un recordatorio de que el mundo seguía girando mientras nosotros nos perdíamos.

En el medio de la acción, con su verga profunda dentro de mí, pulsando contra mis paredes, lo miré a los ojos. Estaba concentrado, como si midiera ángulos. Deja de pretender ser Dios en mi cama, pensé, pero lo dije en voz alta, ronca por los gemidos:

"¡Para, pendejo! Deja de intentar ser Dios. Solo cógeme como hombre, échale ganas sin tanto pedo"
. Se congeló un segundo, sus ojos abriéndose grandes, y luego algo se rompió en él. Soltó una risa gutural, carnal, y me volteó de golpe, poniéndome a cuatro patas sobre la alfombra persa que olía a limpio y lujo.

Ahora sí. Me embistió fuerte, sin guion, su pelvis chocando contra mi culo con plafs sonoros que reverberaban en mis huesos. ¡Ay, cabrón! Grité, el placer subiendo como lava por mi espina. Sus manos agarraban mis caderas, dedos hundiéndose en la carne suave, tirando de mí hacia atrás. Olía a sudor nuestro, a mi jugo chorreando por sus bolas, a su esencia masculina invadiendo todo. Lamí mis labios, probando sal, mientras él gruñía en mi oído:

"¿Así? ¿Quieres que te rompa, Valeria?"
. Sí, sí, justo así. Mi clítoris palpitaba solo, rozando la alfombra con cada thrust salvaje.

La tensión crecía, mis muslos temblando, el corazón latiéndome en la garganta. Él aceleró, perdido ya en el instinto, mordiendo mi hombro sin control, dejando un hematoma que dolía rico. Siento su verga hincharse más, lista para explotar. Yo me arqueé, empujando hacia él, mis paredes contrayéndose alrededor de su grosor.

"¡Me vengo, Diego! ¡No pares, pinche Dios caído!"
. El orgasmo me golpeó como un camión, olas de fuego desde el coño hasta los dedos de los pies, chillidos ahogados saliendo de mi boca mientras mi cuerpo convulsionaba. Él rugió, hundiéndose hasta el fondo, y sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro, mezclándose con mis jugos y goteando por mis piernas.

Caímos exhaustos, un enredo de miembros sudorosos en la alfombra. Su pecho subía y bajaba contra mi espalda, aliento caliente en mi nuca oliendo a mezcal y victoria. Me volteó con gentileza ahora, besándome lento, labios hinchados rozándose suaves. Esto era lo que necesitaba, pensé, trazando su mandíbula con el dedo. Él sonrió, vulnerable por primera vez:

"Tenías razón, güey. Pretender ser Dios me estaba cagando la noche"
. Reí, besándolo de nuevo, el sabor de nosotros en su lengua.

Nos quedamos así un rato, con el skyline de la CDMX parpadeando afuera como estrellas caídas. Pedimos unos tacos de suadero por app —porque ¿qué noche mexicana termina sin antojo?—, comiendo desnudos en la terraza, riendo de tonterías. Su mano en mi muslo, casual, posesiva pero libre. El afterglow era perfecto no por diseño, sino por rendición. Deja de intentar ser Dios, repetí en mi mente, y supe que esto apenas empezaba. La ciudad nos mecía con su pulso eterno, y yo, con el cuerpo aún zumbando de placer, me sentí invencible.

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