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Cojiendo en Trío con Pasión Desbordante

7012 palabras

Cojiendo en Trío con Pasión Desbordante

La noche en la playa de Cancún estaba perfecta, con el mar susurrando contra la arena blanca y el aire cargado de sal y jazmín. Yo, Ana, acababa de cumplir veintiocho y había invitado a mi carnala Luisa y a mi galán Marco a mi casa de renta frente al mar. Habíamos estado bebiendo tequilas con limón y sal, riéndonos de pendejadas mientras el reggaetón retumbaba desde los bocinas. Luisa, con su pelo negro suelto y ese vestido rojo que le marcaba las curvas, me miró con ojos pícaros cuando dije: "¿Y si hoy la armamos en grande, carnalas?"

Marco, alto moreno con tatuajes en los brazos que me volvían loca, se acercó por detrás y me besó el cuello, su aliento caliente oliendo a tequila. "¿Qué traes en mente, mi reina?" murmuró, mientras sus manos grandes me rozaban la cintura. Sentí un cosquilleo en la piel, como electricidad subiendo por mi espina. Luisa se mordió el labio, sus pechos subiendo y bajando rápido.

"Yo digo que probemos lo del cojiendo en trío que tanto platicamos"
soltó ella, con esa voz ronca que siempre me ponía a mil.

El corazón me latía fuerte, un nudo de deseo y nervios en el estómago. Nunca habíamos cruzado esa línea, pero las miradas que nos echábamos las tres desde hace meses lo pedían a gritos. ¿Y si sale chido? ¿Y si nos une más? pensé, mientras Marco me giraba y me besaba con lengua, saboreando el tequila en su boca. Luisa se pegó a nosotros, su mano suave bajando por mi espalda hasta mi culo, apretándolo juguetona. El olor de su perfume mezclado con sudor fresco me mareó. Afuera, las olas chocaban rítmicas, como un tambor anunciando lo que venía.

Entramos al cuarto tambaleándonos de risa y besos. La cama king size con sábanas blancas nos esperaba, iluminada por la luna que se colaba por la ventana abierta. Me quité el top de un jalón, mis tetas saltando libres, pezones duros como piedras por el aire fresco. Marco gruñó de gusto, "Qué chingonas estás, Ana", y se desabrochó la camisa, mostrando su pecho firme y velludo. Luisa se desvistió despacio, como en un show, dejando caer el vestido y quedando en tanga negra que apenas cubría su panocha depilada.

Nos tumbamos los tres, piel contra piel, el calor de sus cuerpos envolviéndome. Sentí la verga de Marco ya dura presionando mi muslo, gruesa y pulsante, mientras Luisa me chupaba un pezón, su lengua húmeda girando lento, mandándome chispas al clítoris. Dios, qué rico se siente esto, pensé, arqueando la espalda. Olía a sexo inminente, ese aroma almizclado de excitación que nos envolvía como niebla. Marco metió la mano entre mis piernas, sus dedos gruesos abriendo mis labios húmedos, frotando mi clítoris hinchado. "Estás empapada, mi amor" dijo, y yo gemí bajito, el sonido ahogado por el beso de Luisa.

La tensión crecía como ola subiendo. Yo quería más, necesitaba sentirlos a los dos. Bajé la mano y agarré la verga de Marco, masturbándola despacio, sintiendo las venas latiendo bajo mi palma sudorosa. Era tan caliente, tan viva. Luisa se movió abajo, besando mi ombligo, bajando hasta mi entrepierna. Su aliento caliente en mi panocha me hizo jadear. "Déjame probarte, Ana" susurró, y su lengua se hundió en mí, lamiendo mis jugos con hambre, chupando mi clítoris como si fuera un dulce. El placer era eléctrico, oleadas subiendo por mis piernas temblorosas.

Marco no se quedó atrás. Se arrodilló y metió su verga en mi boca, el sabor salado de su prepucio llenándome la lengua. La chupé ansiosa, succionando la cabeza mientras mi mano la apretaba en la base. Él gemía ronco, "Sí, así, cabronas", sus caderas moviéndose suave. Luisa lamía más rápido ahora, metiendo dos dedos en mi coño, curvándolos contra mi punto G. Sentía el sudor resbalando por mi espalda, el aire cargado de nuestros jadeos y el slap slap de lenguas y dedos. Esto es el paraíso, cojiendo en trío como diosas, se me cruzó por la mente mientras el orgasmo se asomaba.

Pero quería prolongarlo. Los empujé juguetona y me puse de rodillas entre ellos. "Ahora yo los voy a volver locos" dije, con voz de mandona. Agarré la verga de Marco y la lamí desde la base hasta la punta, mientras metía la mano entre las piernas de Luisa, frotando su clítoris resbaloso. Ella se arqueó, gimiendo alto,

"¡Ay, Ana, qué rica eres, no pares!"
Su panocha chorreaba, oliendo a deseo puro, dulce y salado. Marco me miró con ojos en llamas, su mano en mi pelo guiándome mientras yo lo mamaba profundo, sintiendo cómo me llegaba al fondo de la garganta.

La intensidad subía, como fuego avivado por viento. Cambiamos posiciones: Marco se acostó y yo me subí encima, empalándome en su verga de un solo movimiento. ¡Qué llenada! pensé, el estirón delicioso mandándome estrellas. Su grosor me rozaba por dentro, cada vena pulsando contra mis paredes. Empecé a cabalgarlo lento, sintiendo sus bolas peludas golpeando mi culo. Luisa se sentó en su cara, él lamiéndola con ganas, su lengua hundiéndose en ella mientras ella se mecía, tetas rebotando hipnóticas.

Yo aceleré, el sonido de mi culo chocando contra sus muslos llenando el cuarto, mixto con los gemidos de Luisa y los gruñidos ahogados de Marco. Sudor nos cubría a todos, brillando bajo la luna, el olor a sexo intenso, a panochas mojadas y verga sudada. Luisa se inclinó y me besó, nuestras lenguas enredándose, saboreando el jugo de mi coño en su boca. Esto es conexión pura, carnalas unidas en placer. Sentí mis paredes contrayéndose, el orgasmo acercándose como tormenta.

Marco levantó las caderas, clavándome más hondo, sus manos apretando mis caderas. "Me voy a correr, reina" jadeó. Luisa gritó primero, temblando sobre su cara, chorros de su corrida mojando su barbilla. Eso me empujó al borde. ¡Sí, córrete conmigo! grité mentalmente, y exploté, mi coño apretando su verga en espasmos, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, llenándome de leche caliente, chorro tras chorro, el calor inundándome por dentro.

Nos quedamos así un rato, jadeando, cuerpos enredados en un montón sudoroso y satisfecho. El mar seguía cantando afuera, ahora como arrullo. Luisa se bajó y nos abrazó a los dos, besándonos por turnos, labios hinchados y tiernos. "Eso fue épico, ¿verdad?" dijo Marco, su voz ronca de post-placer, acariciándome el pelo.

Yo sonreí, sintiendo su semen goteando de mí, cálido y pegajoso en mis muslos. Nunca me había sentido tan viva, tan llena. Nos limpiamos con risas, besos suaves y caricias perezosas. En la cama, acurrucados, el sueño nos venció con el olor de nuestros cuerpos mezclado en las sábanas. Al día siguiente, el sol entró dorado, y supimos que esto había sido solo el principio. Cojiendo en trío nos había unido más, como familia de placeres compartidos. Y qué chido se sentía.

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