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Todo empezó una noche calurosa en nuestro depa de la Roma, con el ventilador zumbando como loco y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Ana, acababa de llegar de mi curro en la agencia de publicidad, muerta de cansancio pero con esa cosquilla en el estómago que mi carnal Mario siempre me provoca. Él estaba tirado en el sofá, con su playera sin mangas pegada al pecho sudado, scrolleando el cel como si nada.

—Órale, nena, mira esto —me dijo con esa sonrisa pícara que me derrite—. Videos XXX caseros tríos, neta que están del nabo.

Me senté a su lado, curiosa, y él me pasó el teléfono. Eran unos clips caseros, grabados con el iPhone en cuartos normales como el nuestro, con parejas invitando a un tercero y armando un desmadre de lo más chido. Las gemidas roncas, el slap slap de la piel contra piel, el brillo del sudor en sus cuerpos... olía a sexo real, a deseo crudo sin filtros de Hollywood. Sentí un calor subiendo por mis muslos, mi panocha humedeciéndose solo de ver cómo la morra se comía la verga de los dos mientras se miraban con hambre.

¿Y si lo hacemos nosotros? pensé, con el corazón latiéndome en la garganta. ¿Sería muy pendeja si digo que sí?

Mario me miró de reojo, notando mis pezones endurecidos bajo la blusa. Su mano grande se posó en mi rodilla, subiendo despacio, rozando la piel sensible del interior de mi muslo.

—Imagínate, Ana, tú en el centro, yo y mi compa Luis partiéndote en dos. Grabándolo todo para nosotros, un video XXX casero trío que veamos mil veces.

Luis era su carnal de toda la vida, el wey alto y moreno que siempre me guiñaba el ojo en las carnitas. Alto, musculoso de tanto gym, con esa barba que picaba rico. La idea me dio vueltas, un nudo de nervios y excitación. ¿Celos? Un poquito, pero más bien morbo puro. Neta, los videos que vimos me prendieron como yesca.

Al día siguiente, en la chamba, no podía concentrarme. Cada clic en el teclado me recordaba el slap de carne, el sabor salado que imaginé en mi lengua. Mandé un whats a Mario: "Ok, hagámoslo. Pero todo con cuidado, ¿eh?" Su respuesta fue un emoji de fuego y un "Te amo, mamacita".

La noche del gran desmadre llegó un viernes, con chelas frías en la mesa y luces tenues de la lámpara de lava que compramos en el tianguis. Luis llegó con una sonrisa nerviosa, oliendo a colonia barata y loción aftershave. Todos éramos consentingidones, platicamos primero, pusimos reglas: nada de celos, puro placer mutuo, y el cel en trípode para capturar cada momento como esos videos XXX caseros tríos que nos inspiraron.

Empezamos lento, con risas y tragos para soltar la lengua. Mario me besó primero, su boca cálida y familiar, saboreando a tequila y menta. Sus manos me quitaron la falda, rozando mis nalgas firmes. Luis nos veía, ajustándose los chones con disimulo. Lo invité con la mirada, y se acercó, su aliento caliente en mi cuello mientras Mario me lamía el lóbulo de la oreja.

Qué rico, dos hombres tocándome como si fuera su reina.

Sus dedos exploraban, Mario metiendo la mano en mi calzón de encaje, encontrándome empapada. "Estás chorreando, nena", murmuró, y Luis soltó un "Puta madre, qué chula". Me recargué en el sofá, abriendo las piernas, dejando que los dos se turnaran para besarme el cuello, los pechos. El aire se llenó del aroma almizclado de nuestra excitación, mezclado con el perfume dulce de mi loción de vainilla.

Mario prendió la cámara, el lente rojo parpadeando como un ojo voyeur. "Para nuestro archivo privado", dijo guiñando. Yo me arrodillé entre ellos, desabrochando sus jeans con dedos temblorosos de anticipación. La verga de Mario saltó primero, gruesa y venosa, con ese olor masculino que me vuelve loca. La de Luis era más larga, curvada, palpitando contra mi mejilla. Las tomé en mis manos, sintiendo el calor pulsante, las venas latiendo bajo mi palma suave.

Las lamí alternando, saboreando el precum salado de uno y el otro. Sus gemidos roncos llenaron la habitación, "¡Ay, wey, qué chido!" de Mario, "¡Mamacita, trágatela toda!" de Luis. El sonido húmedo de mi boca chupando, succionando, era obsceno y delicioso. Mi clítoris latía, pidiendo atención, pero esperé, disfrutando el poder de tenerlos jadeando por mí.

La tensión crecía como una tormenta. Me levantaron, me pusieron en el aire entre los dos, como en esos videos que vimos. Mario desde atrás, restregando su verga contra mi culo, mientras Luis me penetraba despacio con los dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hace gritar. "¡Sí, cabrones, así!", grité, mi voz ronca de deseo. El sudor nos unía, piel resbalosa chocando, el slap slap ecoando más fuerte.

Esto es mejor que cualquier porno, neta. Somos nosotros, reales, sudados, oliendo a sexo puro.

Mario me entró primero, su grosor estirándome deliciosamente, un ardor placentero que se convirtió en olas de placer. Empujaba lento al principio, dejando que me acostumbrara, su aliento caliente en mi espalda. Luis se puso enfrente, y abrí la boca para él, sintiendo cómo me follaban por ambos lados. El ritmo se sincronizó, un vaivén hipnótico: entrar, salir, gemidos mezclados con el crujir del sofá.

Cambiaron posiciones, Luis ahora en mi panocha, más profundo, tocando fondo con cada embestida. Mario en mi boca, sus bolas peludas rozando mi barbilla. Sentía todo: el roce áspero de sus vellos púbicos, el sabor salobre inundando mi lengua, el olor intenso de machos en celo. Mis uñas se clavaban en sus nalgas, urgiéndolos más rápido. "¡Más duro, pinches sementales!", exigí, empoderada, dueña del momento.

El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, pulsos acelerados en mi cuello. Luis aceleró, su verga hinchándose dentro de mí, "¡Me vengo, Ana!". Su leche caliente me llenó, chorros espesos que sentí deslizarse. Eso me disparó: orgasmos en cadena, mi cuerpo temblando, gritando con la boca llena de Mario. Él se corrió segundos después, inundándome la garganta con su esencia cremosa, que tragué ansiosa.

Caímos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas, el aire pesado con nuestro aroma compartido. La cámara seguía grabando, capturando el afterglow: besos suaves, caricias perezosas. Apagamos todo, nos envolvimos en las sábanas frescas de la cama king size.

Mientras nos recuperábamos con chelas heladas, Mario reprodujo el video en la tele. Ahí estábamos: yo en el centro, radiante, follada por mis dos amores temporales. "Nuestro video XXX casero trío perfecto", dijo Luis, besándome la frente. No hubo celos, solo risas y promesas de más noches así.

Desde entonces, esos videos XXX caseros tríos son nuestro secreto, un fuego que aviva la pasión. Me siento más viva, más mujer, sabiendo que el placer no tiene límites cuando es compartido con confianza. Y quién sabe, quizás invite a otra morra la próxima...

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