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Cojiendo en Tríos Mexicanos Prohibidos

8063 palabras

Cojiendo en Tríos Mexicanos Prohibidos

La noche en la villa de playa en Puerto Vallarta olía a sal marina mezclada con el humo dulce de la fogata en la arena. Ana sentía el calor del tequila recorriéndole las venas mientras bailaba al ritmo de cumbia rebajada que retumbaba desde los bocinas. Su vestido ligero de algodón se pegaba a su piel sudada, delineando sus curvas generosas: pechos firmes que se movían con cada paso, caderas anchas que hipnotizaban a los mirones. Hacía calor, mucho calor, y no solo por el clima caribeño.

¿Por qué carajos vine sola a esta peda? –pensó Ana, mordiéndose el labio–. Pero neta, estos weyes me traen loca desde que los vi llegar.
Marco y Luis, dos primos altos y morenos, con esa pinta de mexicanos bien plantados, tatuajes en los brazos que contaban historias de mota y aventuras, y sonrisas que prometían pecados. Marco, el más guapo, con ojos verdes heredados de no sé qué abuelo gringo; Luis, el bromista, con barba recortada y un cuerpo de gym que se notaba bajo la camisa desabotonada.

Todo empezó con un shot compartido. "¡Salud, mamacita!", gritó Marco, acercándose con un vaso en la mano. Sus dedos rozaron los de ella al pasárselo, y Ana sintió un cosquilleo que le subió por el brazo hasta el ombligo. Luis se unió, rodeándola por la cintura en un baile improvisado. "Estás cañona, wey. ¿Bailamos los tres?", le susurró al oído, su aliento cálido oliendo a cerveza y limón. Ella rio, juguetona, sintiendo sus erecciones presionando contra sus muslos mientras se movían al son de la música. El deseo era palpable, como el sudor que perlaba sus pieles.

La tensión creció cuando la fiesta se dispersó un poco. Marco la jaló hacia la zona de hamacas, lejos de las luces. "Ven, vamos a platicar tranquilos", dijo, pero sus ojos decían otra cosa. Luis los siguió, trayendo más chelas. Se sentaron en la arena tibia, las olas rompiendo cerca como un latido constante. Hablaron de todo: de tacos al pastor en la CDMX, de viajes a la Riviera, de lo pinche caliente que estaba la noche. Pero las miradas se volvían intensas, las risas nerviosas. Ana cruzó las piernas, sintiendo su panocha humedecerse con cada roce accidental.

"Neta, esto de cojiendo en tríos mexicanos suena a fantasía de película", soltó Luis de repente, con una sonrisa pícara. Marco lo codeó. "No seas pendejo, carnal. Pero imagínate, Ana... tú en medio, nosotros dos complaciéndote como reinas." Ella se sonrojó, pero el tequila la soltó. "Pues ¿y si lo probamos? Consientan a esta morra como se debe." Sus palabras fueron como gasolina al fuego. Marco la besó primero, sus labios carnosos devorándola con hambre, lengua explorando su boca con sabor a tequila y menta. Luis no se quedó atrás, besando su cuello, mordisqueando la oreja mientras sus manos subían por sus muslos.

Acto de escalada

Se levantaron y caminaron hacia la villa, tambaleándose un poco de la peda y la excitación. Dentro, en una habitación con vista al mar, la brisa entraba por la ventana abierta trayendo olor a yodo y jazmín. Cerraron la puerta, y el mundo se redujo a ellos tres. Ana se quitó el vestido de un tirón, quedando en tanga negra y sostén push-up que apenas contenía sus tetas. "¡Vengan, cabrones!", retó, con voz ronca.

Marco la empujó suave contra la cama king size, sus manos grandes amasando sus pechos mientras lamía un pezón endurecido. El sonido de su chupeteo era obsceno, húmedo, mezclado con los gemidos bajos de Ana. "Qué ricas tetotas, pinche delicia", murmuró él, succionando fuerte hasta que ella arqueó la espalda. Luis se desvistió rápido, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista, oliendo a hombre limpio con un toque de sudor. Se arrodilló entre las piernas de Ana, besando su vientre plano, bajando hasta la tanga empapada. "Estás chorreando, reina. ¿Quieres que te coma?", preguntó, mirándola con ojos lujuriosos.

"Sí, mamá", jadeó ella. Luis arrancó la tanga con los dientes, exponiendo su concha rosada y depilada, hinchada de deseo. Su lengua la invadió, lamiendo el clítoris con círculos lentos, saboreando sus jugos salados y dulces. Ana gritó, agarrando las sábanas, el placer como electricidad subiendo por su espina. Marco se quitó la ropa, su pollón igual de impresionante, y se lo metió en la boca de ella. "Chúpamela buena, nena", ordenó suave, y Ana lo hizo, succionando la cabeza bulbosa, sintiendo el sabor salado de su pre-semen, el olor almizclado de su entrepierna llenándole las fosas nasales.

El cuarto se llenó de sonidos: lamidas chorreantes, gemidos ahogados, piel chocando piel. Ana sentía sus cuerpos calientes presionándola, el peso de Marco sobre su pecho, las manos de Luis abriéndole las nalgas mientras su lengua se hundía más profundo.

Esto es el paraíso, wey. Dos vergas mexicanas para mí sola, neta no mames.
Cambiaron posiciones; Ana se puso a cuatro patas, Luis embistiéndola por atrás con embestidas lentas al principio, su verga estirándola deliciosamente, rozando su punto G con cada golpe. El slap-slap de sus caderas contra su culazo resonaba, mezclado con el olor a sexo crudo, sudor y lubricante natural.

Marco se acostó debajo, besándola mientras ella montaba su cara, su lengua devorando su clítoris hinchado. "¡Ay, cabrón, me vas a hacer venir!", gritó Ana, sus muslos temblando. Luis aceleró, agarrando sus caderas con fuerza, follando como animal, pero siempre atento a sus gemidos. "Dime si quieres más duro, mi amor", jadeó él, sudando profusamente, gotas cayendo en su espalda. Ella asintió, perdida en el éxtasis dual: la lengua de Marco vibrando contra su botón, la verga de Luis martilleándola sin piedad.

La tensión subió como marea. Ana sintió el orgasmo construyéndose, un nudo en el vientre que se tensaba. "¡Ya, weyes, no paren!", suplicó. Luis la azotó suave el culo, rojo ahora, aumentando el placer. Marco metió dos dedos en su ano, lubricado con sus propios jugos, explorando esa entrada prohibida. El combo la volvió loca; su concha se contrajo, chorros calientes salpicando la cara de Marco mientras gritaba, cuerpo convulsionando en olas de placer puro. El olor a squirt mezclado con semen inminente llenó el aire.

No pararon. Cambiaron: Marco la penetró vaginal, Luis en su boca, luego viceversa. Ana los montó a uno mientras mamaba al otro, sintiendo venas pulsantes en su lengua, el sabor único de cada uno. "Vamos a llenarte, puta rica", gruñó Marco, y ella lo animó: "Sí, háganme suya". El clímax grupal llegó cuando Luis explotó en su boca, semen espeso y caliente bajando por su garganta, ella tragando ávida. Marco la volteó misionero, embistiendo profundo mientras Luis lamía sus bolas, y eyaculó dentro, chorros potentes inundándola, goteando por sus muslos.

Afterglow y cierre

Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose al ritmo de las olas lejanas. Ana yacía en medio, piel pegajosa, conchas y vergas flácidas descansando. Marco la besó tierno en la frente, Luis acariciando su pelo revuelto. "Eso fue épico, carnales. Cojiendo en tríos mexicanos como dioses", murmuró ella, riendo bajito.

Se ducharon juntos después, jabón y risas bajo el agua caliente, manos explorando sin urgencia ahora, solo cariño. Secos, se acostaron en la cama con sábanas frescas, el amanecer tiñendo el cielo de rosa. Ana pensó en el vacío que llenaban estos dos: no solo sexo brutal, sino conexión, risas compartidas, esa química mexicana de familia y pasión.

¿Repetimos? Neta, que sí. Esto no acaba aquí.

Durmieron abrazados, el sol subiendo prometiendo más noches locas en la villa. Ana sonrió en sueños, saboreando el regusto salado en su boca, el cuerpo satisfecho latiendo con memorias táctiles: piel morena contra la suya, gemidos en español crudo, el éxtasis de ser adorada por dos hombres que la veían como diosa.

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