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Fuego Eléctrico en Datacenter Triara

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Fuego Eléctrico en Datacenter Triara

Ana respiraba hondo mientras el aire acondicionado del Datacenter Triara le erizaba la piel bajo la blusa ajustada. El zumbido constante de los servidores era como un latido subterráneo, fresco y metálico, que llenaba el vasto salón de racks iluminados por luces LED azules. Olía a ozono y a plástico caliente, ese aroma que siempre la ponía en alerta, como si el lugar estuviera vivo. Era medianoche en las afueras de Querétaro, y ella, la ingeniera jefe de treinta y dos años, patrullaba los pasillos con su tableta en mano. Neta, qué pinche noche para quedarse hasta tan tarde, pensó, sintiendo el cansancio en los hombros pero también esa chispa de adrenalina que amaba de su chamba.

Entonces lo vio: Marco, el nuevo técnico de mantenimiento, agachado frente a un rack defectuoso. Alto, moreno, con brazos tatuados que asomaban por las mangas arremangadas de su overol azul. Sudaba un poco pese al frío polar del lugar, y gotas le perlaban el cuello. Ana se mordió el labio inferior. Órale, wey, ¿por qué tiene que verse tan chido? Habían coqueteado desde su primer día, pero siempre en chistes rápidos, miradas que duraban un segundo de más. Hoy, con el turno vacío, el aire se sentía cargado, como antes de una tormenta eléctrica.

—Ey, carnal, ¿todo chido por acá? —preguntó ella, acercándose con voz juguetona, su tacón resonando en el piso antideslizante.

Marco se enderezó, limpiándose las manos en un trapo, y le sonrió con esa dentadura blanca que contrastaba con su piel bronceada. —Sí, jefa. Solo un ventilador pendejo que se atoró. Pero ya le estoy dando en la madre. —Sus ojos bajaron un instante a su escote, y Ana sintió un calor subirle por el pecho, chocando con el frío ambiental.

Se quedaron ahí, charlando de tonterías: el tráfico infernal de la 57, el pozolito que se avienta su mamá los domingos, cómo el Datacenter Triara parecía un pinche iceberg en el desierto. Pero la tensión crecía. Cada vez que él se movía, sus músculos se tensaban bajo la tela, y Ana imaginaba sus manos ásperas en su cintura.

¿Y si lo jalo ahorita? ¿Y si le digo que neta me prende?
El zumbido de los servidores parecía amplificar su pulso acelerado.

Marco se acercó para mostrarle la tableta con los logs. Sus brazos rozaron, y el contacto fue eléctrico, como una descarga estática. Ana jadeó bajito. Él lo notó. —¿Estás bien, Ana? —murmuró, su aliento cálido oliendo a chicle de menta.

—Más que bien, wey —susurró ella, girándose para encararlo. Sus labios se encontraron en un beso impulsivo, hambriento. Sabían a café y a deseo reprimido. Las manos de Marco subieron por su espalda, atrayéndola contra su pecho firme. Ana gimió contra su boca, sintiendo la dureza de su erección presionando su vientre. El frío del datacenter hacía que cada roce ardiera más.

Se separaron un segundo, jadeantes. —¿Aquí? ¿En serio? —preguntó él, voz ronca, ojos brillantes.

Shh, no hay moros en la costa. Y neta lo quiero —dijo Ana, jalándolo hacia un pasillo lateral, entre racks altos que los ocultaban como muros de acero. El aire era aún más frío ahí, pero sus cuerpos ardían. Ella se quitó la blusa con prisa, revelando un brasier negro de encaje que contrastaba con su piel morena. Marco gruñó de aprobación, besándole el cuello mientras desabrochaba sus jeans.

El sonido de cremalleras y telas rasposas se mezclaba con el whirr constante de los ventiladores. Ana deslizó la mano dentro de su overol, encontrando su verga dura, palpitante. ¡Qué chingona! Tan gruesa, tan caliente, pensó, acariciándola con firmeza. Marco la empujó suavemente contra un panel metálico, fresco contra su espalda desnuda, erizándole los pezones. Sus labios bajaron a sus chichis, chupando un pezón con avidez, lamiéndolo hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo. Olía a su sudor mezclado con el suyo, salado y masculino.

Te voy a comer entera, mamacita —susurró él, arrodillándose. Ana abrió las piernas, bajándose los calzones. El aire helado rozó su panocha húmeda, haciendo que se estremeciera. Marco la miró un segundo, embobado, antes de hundir la cara entre sus muslos. Su lengua era mágica, lamiendo su clítoris con círculos lentos, saboreándola como si fuera el mejor pozole de su vida. Ana se aferró a su cabeza, enredando dedos en su cabello corto. ¡Ay, wey, no pares! Sabe a gloria, siente cada lamida hasta el alma. Gemía sin control, el eco rebotando en los racks vacíos.

Pero quería más. Lo jaló arriba, besándolo con furia, probando su propio sabor dulce y salado en su lengua. —Cógeme ya, Marco. No aguanto. Él no se hizo de rogar. La giró de espaldas, contra el panel frío que le mordía las palmas. Le subió una pierna, posicionándose. La punta de su verga rozó su entrada, resbalosa de jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana ahogó un grito, sintiendo cada vena, cada pulso. ¡Qué rico! Llenándome como nadie.

Empezaron a moverse, rítmicos, el slap-slap de carne contra carne compitiendo con el zumbido mecánico. Marco la embestía profundo, una mano en su cadera, la otra pellizcando un pezón. Sudaban copiosamente ahora, gotas cayendo al piso. Ana empujaba hacia atrás, clavándose más, su clítoris rozando su pubis con cada thrust. Esto es el paraíso, neta. El frío, el calor, él dentro de mí. Hablaban sucio entre jadeos: —¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo!¡Eres tan mojada, Ana, me vas a volver loco!

La tensión subía como un volcán. Ana sentía el orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el vientre. Marco aceleró, gruñendo, mordiéndole el hombro suave. —Voy a venir, carnal... —advirtió ella, voz quebrada.

Ven conmigo —gruñó él. Y explotaron juntos. Ana se convulsionó, paredes apretando su verga en espasmos, chorros de placer recorriéndola como corriente eléctrica. Marco se hundió profundo, eyaculando caliente dentro de ella, llenándola. Gritaron bajito, muerdiéndose labios para no alertar cámaras imaginarias.

Se deslizaron al piso, exhaustos, abrazados sobre la alfombra industrial áspera. El frío los envolvía, pero sus cuerpos irradiaban calor. Marco le besó la frente, suave ahora. —¿Estás bien?

Ana sonrió, trazando círculos en su pecho velludo. —Más que bien. Esto fue épico, wey. Pero no le digas a nadie, ¿eh? Nuestro secreto en el Datacenter Triara.

Se vistieron despacio, robándose besos perezosos. El zumbido de los servidores parecía aprobar, un fondo constante a su nueva complicidad. Al salir, el amanecer teñía el cielo de rosa sobre Querétaro. Ana caminó con piernas flojas, sintiendo su semen resbalando, un recordatorio íntimo. Neta, esto cambia todo. Pero qué chido cambio. Marco le guiñó el ojo desde su troca, prometiendo más noches así. En el corazón del datacenter, habían encendido un fuego que no se apagaría fácil.

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