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El Placer de una Triada

6958 palabras

El Placer de una Triada

La noche en Polanco estaba viva con el bullicio de la ciudad que nunca duerme. Las luces de neón parpadeaban como estrellas coquetas sobre las terrazas llenas de risas y copas tintineantes. Yo, Ana, caminaba del brazo de mi Marco, mi chulo de ojos oscuros y sonrisa pícara que me hacía derretir con solo una mirada. Habíamos llegado a esta fiesta en la casa de un amigo común, un penthouse con vistas al skyline de la CDMX que olía a jazmín fresco y tequila reposado.

Entonces lo vi: Luis, el mejor amigo de Marco desde la uni. Alto, con esa piel morena que brillaba bajo las luces tenues y un cuerpo esculpido por horas en el gym. Siempre había habido una chispa entre nosotros tres, un algo indefinible que flotaba en el aire cada vez que nos juntábamos. Esa noche, con el calor del verano pegándome a la piel como una promesa, sentí que la tensión se acumulaba en mi vientre. Marco me susurró al oído, su aliento cálido rozando mi lóbulo:

—Neta, Ana, ¿has pensado en lo que platicamos la otra vez? Sobre... una triada.

Mi corazón dio un brinco. Una triada. La palabra se me clavó como un dulce veneno. Habíamos fantaseado con eso en la cama, sus manos explorando mi cuerpo mientras yo gemía imaginando a Luis uniéndose. Pero ¿de verdad lo haríamos? Miré a Luis al otro lado de la barra, riendo con esa carcajada ronca que vibraba en mi pecho. Nuestras miradas se cruzaron, y juro que el aire se cargó de electricidad estática.

El comienzo de todo fue inocente, o eso quise creer. Nos escabullimos a la terraza privada, lejos del ruido de la fiesta. El viento traía el aroma salado de la ciudad mezclada con el perfume de Marco, ese que sabe a madera y deseo. Luis trajo una botella de mezcal ahumado, y nos sentamos en los sillones de cuero suave, nuestras piernas rozándose accidentalmente. O no tan accidental.

—Órale, weyes, ¿qué pedo con esa mirada? —dijo Luis, su voz grave como un tambor en mi piel.

Marco sonrió, su mano subiendo por mi muslo bajo la falda corta que me ponía tan caliente.

—Solo platicamos de una triada, carnal. Ana y yo... pues, nos late la idea.

Mi pulso se aceleró, el calor subiendo desde mi centro hasta mis pezones que se endurecían contra el encaje del brasier. Luis nos miró, sus ojos oscuros devorándome entera.

¿Una triada? Neta, siempre lo he pensado. Ustedes dos son la neta, pero juntos... uff, sería chingón.

Ahí empezó el fuego lento. Mis pensamientos giraban como un torbellino: ¿Y si no funciona? ¿Y si rompo todo? Pero carajo, lo quiero tanto... Marco me besó primero, sus labios suaves y exigentes, saboreando a mezcal y a mí. Luis observaba, su respiración pesada, y cuando me separé, él se acercó, su mano grande en mi nuca atrayéndome. Su beso fue diferente: salvaje, con lengua que danzaba como llamas, oliendo a hombre puro, sudor fresco y colonia especiada.

La tensión crecía con cada roce. Bajamos las luces, el skyline de fondo como testigo mudo. Me quitaron la blusa con manos temblorosas de anticipación, exponiendo mi piel al aire fresco que erizaba cada poro. Marco lamió mi cuello, mordisqueando suave mientras Luis besaba mi pecho, su aliento caliente sobre mis tetas. ¡Qué rico! gemí, el sonido ahogado en la noche. Sus manos everywhere: Marco desabrochando mi brasier, Luis bajando mi falda, sus dedos rozando mi tanga húmeda.

—Estás empapada, ricura —murmuró Luis, su voz ronca enviando ondas de placer directo a mi clítoris.

Me recostaron en el sofá, yo en el centro de nuestra triada naciente. Marco se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza posesiva. Su lengua trazó un camino ardiente por mi interior, saboreándome como si fuera el mejor postre. El sabor salado de mi excitación en su boca, el sonido húmedo de su chupada, todo me volvía loca. Luis, arriba, me besaba profundo, sus dedos pellizcando mis pezones hasta que arqueé la espalda, gimiendo contra su boca.

Esto es real, carajo. Dos hombres que me adoran, me desean. La duda se evaporaba con cada lamida de Marco, cada caricia de Luis. Cambiaron posiciones fluidamente, como si lo hubiéramos ensayado. Ahora Luis lamía mi coño, su barba raspando delicioso mis muslos internos, mientras Marco metía su verga dura en mi boca. La sentía pulsar, venosa y caliente, saboreando su precum salado que me hacía tragar con avidez.

El calor subía, mis caderas moviéndose solas, buscando más. Sudor perlando sus cuerpos, el olor almizclado de sexo llenando el aire. Marco gruñía bajito:

—Mírala, carnal, qué puta tan rica es nuestra Ana.

—Simón, wey, es la chingona —respondía Luis, su lengua circling mi clítoris hinchado.

La intensidad escalaba. Me pusieron de rodillas, yo chupando a Marco mientras Luis me penetraba desde atrás, lento al principio, su verga gruesa estirándome delicioso. El slap de piel contra piel, mis gemidos ahogados por la polla de Marco, el olor de nuestros jugos mezclados... todo era sinfonía erótica. Cambiamos otra vez: yo cabalgando a Luis, sus manos en mis caderas guiándome, Marco detrás lamiendo donde nos uníamos, su lengua en mi ano enviando chispas de placer prohibido pero consensuado.

El clímax se acercaba como tormenta. Mis paredes se contraían alrededor de Luis, mi clítoris frotándose contra su pubis. Marco se posicionó, y con un movimiento fluido, ambos me llenaron: Luis en mi coño, Marco en mi culo, lubricados y cuidadosos. ¡Ay, Dios! ¡Qué fullness tan perfecto! Grité, el placer duplicado, sus vergas rozándose dentro de mí a través de la delgada pared. Ritmo sincronizado, sus gruñidos mezclados con mis alaridos, sudor goteando, corazones latiendo al unísono.

Exploté primero, olas de éxtasis sacudiendo mi cuerpo, mi squirt mojando sus muslos. Ellos siguieron, bombeando hasta vaciarse dentro de mí, chorros calientes que me llenaban de su esencia. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas, el aire pesado con el aroma de sexo satisfecho.

En el afterglow, yacíamos bajo las estrellas urbanas. Marco me besó la frente, Luis mi mano.

—Esto fue el inicio de una triada de verdad, ¿no? —dijo Marco, su voz suave.

—Neta, weyes. No quiero que acabe aquí —respondí, mi corazón lleno.

Luis asintió, trazando círculos en mi piel sensible.

—Somos una triada ahora. Juntos, cabrones.

Nos vestimos lento, robándonos besos y promesas. Bajamos de la terraza como si nada, pero todo había cambiado. La fiesta seguía, pero en mí ardía un fuego nuevo, empoderador. Yo, Ana, centro de esta unión perfecta. Tres almas enredadas en placer y amor. Caminamos de la mano los tres, listos para más noches así, en esta ciudad que nos vio nacer.

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