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Probando Cortes de Pelo Ardientes

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Probando Cortes de Pelo Ardientes

Entré al salón de belleza en la Zona Rosa, con el corazón latiéndome a mil por hora. El aire estaba cargado de ese olor dulce a champú de frutas y laca fresca, mezclado con un toque de café recién molido que salía de la máquina en la esquina. Yo, Ana, de veintiocho años, necesitaba un cambio radical. Mi pelo largo y aburrido ya no me representaba; quería probarme cortes de pelo nuevos, algo que me hiciera sentir viva, sexy, como si pudiera comerme el mundo con una sola mirada. El lugar era chido, todo moderno con espejos enormes y luces suaves que te hacían ver como diosa.

Ahí estaba él, Marco, el estilista estrella. Alto, moreno, con brazos tatuados que asomaban bajo la chamarra negra ajustada y una sonrisa pícara que prometía más que tijeras y secadoras. ¿Qué onda, reina? ¿En qué te ayudo hoy? me dijo con esa voz grave, mientras me guiaba a su estación. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis curvas marcadas por el vestido rojo ceñido. Sentí un cosquilleo en la nuca, como si ya supiera que esto iba a ser más que un simple corte.

Quiero try on haircuts, probar varios estilos antes de decidirme, le contesté, mezclando el inglés porque neta, en estos salones fancy lo usan. Él rio bajito, un sonido ronco que me erizó la piel. Órale, güeyita, eso me late. Vamos a jugar con tu melena hasta que te veas como la chula que eres. Me sentó frente al espejo, su cuerpo rozando el mío al acomodarme la capa negra. Sus dedos fuertes peinaron mi cabello, masajeando el cuero cabelludo con una presión que me hizo cerrar los ojos. Olía a colonia masculina, madera y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

Empezamos con el primero: un bob asimétrico, corto y juguetón. Me puso una peluca temporal para simularlo, ajustándola con cuidado. Sus manos rozaban mi cuello, enviando chispas eléctricas por mi espalda.

¿Por qué carajos me siento tan caliente con solo esto? Es un pinche estilista, no un galán de telenovela
, pensé, mientras lo veía en el espejo inclinar la cabeza, admirando su obra. Te ves feroz, como lista para cazar, murmuró cerca de mi oreja, su aliento cálido oliendo a menta. Mi pulso se aceleró; mis pezones se endurecieron bajo la tela del vestido.

Pasamos al segundo: un pixie edgy, con flequillo largo. Otra peluca, más toques. Esta vez, sus dedos se demoraron en mis sienes, trazando líneas invisibles. El salón estaba casi vacío, solo el zumbido suave de la secadora lejana y nuestra respiración sincronizándose. Imagínate saliendo así a la calle, todos volteando a verte el culo, bromeó, y yo reí, pero su mano bajó un segundo a mi hombro, apretando con intención. Sentí humedad entre mis piernas, un pulso traicionero que me hacía apretar los muslos.

La tensión crecía con cada try on haircuts. El tercero fue un long bob ondulado, sensual y femenino. Mientras lo ajustaba, su pecho presionó contra mi espalda; podía sentir el calor de su piel a través de la ropa. Este te hace ver como una diosa mexica, pura tentación, dijo, y sus labios rozaron accidentalmente –o no– mi oreja. Mi mente gritaba:

¡Ponte las pilas, Ana! Esto es consensual, pero ¿quieres ir tan lejos aquí?
Pero mi cuerpo decía sí, con cada roce que me hacía jadear bajito.

Marco se acercó más, su mano ahora en mi nuca, masajeando con pulgares firmos. ¿Te gusta cómo se siente? Dime qué piensas, carnala. Su voz era un ronroneo, y yo, ya perdida, giré la cabeza. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, salado por el sudor nervioso, dulce por el gloss de cereza que traía. Sus manos bajaron a mis hombros, desatando la capa con urgencia. El espejo nos devolvía la imagen: yo con la peluca sexy, él devorándome el cuello con besos húmedos que sabían a deseo puro.

El medio acto explotó en intensidad. Me paré, empujándolo contra la estación de trabajo. ¡Eres un pendejo tentador, Marco! le espeté entre risas, mientras le quitaba la chamarra. Su piel era suave y dura al tacto, músculos contraídos bajo mis uñas. Él me levantó sobre la mesa, rodeada de tijeras y sprays, pero nada importaba. Sus dedos subieron por mis muslos, abriendo el vestido como un regalo. Neta, desde que entraste te quería probar entera, gruñó, y yo gemí cuando su boca encontró mis pechos, lamiendo con lengua experta, el sabor de mi piel mezclándose con su saliva caliente.

El aire olía ahora a sexo inminente: almizcle de arousal, perfume mezclado con sudor. Sus manos expertas –las mismas que peinaban cabello– exploraban mi coño empapado, dedos curvándose dentro de mí con ritmo perfecto. Estás chorreando, reina, susurró, y yo arqueé la espalda, el sonido de mis jadeos rebotando en los espejos. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante contra mi palma. La probé con la lengua, salada y venosa, gimiendo al sentirlo tensarse.

Me penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso que me hacía ver estrellas. ¡Ay, wey, qué rico! grité, mientras él embestía, piel contra piel chapoteando húmedo. El espejo multiplicaba la escena: mis tetas rebotando, su culo contraído, la peluca aún en mi cabeza haciendo el juego más loco. Sudábamos, olíamos a puro instinto animal, corazones tronando como tambores de fiesta en la calle.

La escalada fue brutal: posiciones cambiantes, yo encima cabalgándolo con furia, él atrás jalándome el pelo falso mientras me daba nalgadas que ardían placenteras.

Esto es lo que necesitaba, un cambio que me quema por dentro
, pensé en medio del éxtasis. Sus bolas chocaban contra mí, su aliento en mi cuello: ¡Ven conmigo, chula!. El orgasmo nos golpeó como tormenta, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de placer escapando, su semen caliente llenándome con pulsos interminables.

En el final, colapsamos sobre la silla, jadeantes, riendo como tontos. El salón volvía a su quietud, pero nosotros éramos un desastre glorioso: pelos revueltos –el mío aún con la peluca–, cuerpos pegajosos de fluidos y sudor. Marco me besó la frente, suave ahora. ¿Cuál corte te quedas, entonces? preguntó pícaro. Yo sonreí, tocándome el cabello. Todos, mientras vengas con el paquete completo.

Salimos juntos esa noche, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia. Mi reflejo en la ventana de la calle me devolvía una mujer transformada, no solo por el pelo, sino por el fuego que Marco había encendido. Probarse cortes de pelo nunca había sido tan liberador, tan carnal. Y sabía que volvería, por más estilos... y más de él.

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