Trio Ardiente con Mi Esposa y Mi Suegra
Todo empezó en esa casa de playa en Puerto Vallarta que rentamos para las vacaciones. El sol pegaba fuerte, el mar rugía como un animal salvaje y el aire traía ese olor salado mezclado con coco de las cremas bronceadoras. Yo, neta, no podía creer mi suerte. Mi esposa, Karla, con su cuerpo curvilíneo, tetas firmes que se marcaban bajo el bikini rojo y un culo que me volvía loco cada vez que caminaba. Y luego estaba mi suegra, Doña Rosa, que a sus cuarenta y tantos seguía siendo un chulada. Pelo negro largo, piel morena suave como el chocolate y unas curvas que no le pedían permiso a nadie. La verdad, desde que llegamos, notaba las miradas que se echaban Karla y su mamá. Como si compartieran un secreto que yo no cachaba.
Estábamos en la piscina privada, bebiendo chelas frías que sudaban gotitas como nuestros cuerpos bajo el calor. Karla se recargaba en mí, su mano rozando mi muslo de vez en cuando, mientras Doña Rosa se untaba crema en las piernas, despacito, como si supiera que la veía.
¿Qué chingados pasa aquí? ¿Será que Karla le ha contado algo de nuestras fantasías? Siempre hemos platicado de tríos, pero jamás pensé en involucrar a su jefa, digo, a su mamá.El corazón me latía a mil, y mi verga ya empezaba a despertar bajo el short.
—Órale, mijo, ¿por qué no me echas crema en la espalda? —dijo Doña Rosa con esa voz ronca que me erizaba la piel, volteando con una sonrisa pícara.
Karla soltó una carcajada. —Sí, amor, échale una mano a mi mamá. Se ve que le hace falta.
Me acerqué, las manos temblorosas untando esa crema fría y resbalosa sobre su espalda ancha. Su piel olía a vainilla y algo más, un aroma femenino que me mareaba. Sentí cómo se arqueaba un poquito, gimiendo bajito. Puta madre, eso fue como un chispazo directo a mi entrepierna.
La tarde avanzó con coqueteo sutil. Cenamos tacos de mariscos en la terraza, con el sonido de las olas de fondo y el viento caliente revolviendo el pelo. Karla me susurró al oído: —Mi amor, ¿qué te parece si hoy hacemos algo diferente? Mi mamá sabe de nuestras cositas...
Mi mente explotó.
Un trío con mi esposa y mi suegra. ¿En serio? ¿Aquí, ahora? La verga se me paró de volada, latiendo contra el pantalón.
Entramos a la recámara principal, la cama king size con sábanas blancas crujientes y el ventilador zumbando suave. Doña Rosa se sentó en el borde, quitándose el pareo con lentitud, revelando unas tangas negras que apenas cubrían su concha jugosa. Karla se pegó a mí por detrás, sus tetas aplastándose contra mi espalda mientras me besaba el cuello, mordisqueando la oreja. Su aliento caliente me hacía jadear.
—Ven, mami —le dijo Karla a su mamá, extendiendo la mano.
Doña Rosa se levantó, sus caderas meneándose como en un baile de cumbia. Se acercó y nos besamos los tres, primero Karla y yo, luego yo con la suegra. Sus labios eran carnosos, sabían a tequila y sal, y su lengua se enredaba con la mía como si me quisiera devorar. Karla observaba, tocándose las tetas por encima del bikini, los pezones duros como piedritas.
Las tumbé en la cama, despacio. Primero quité el bikini de Karla, lamiendo sus tetas, chupando esos pezones rosados que se ponían más duros con cada succionada. Olían a sudor dulce y crema solar. Doña Rosa gemía viéndonos, metiendo la mano en su tanga, frotándose la concha que ya brillaba de jugos.
—Ven pa'cá, cabrón —me ordenó Doña Rosa, jalándome hacia ella.
Me arrodillé entre sus piernas abiertas. Su concha era carnosa, con labios gruesos y un clítoris hinchado que palpitaba. La olí primero: ese olor almizclado, a mujer en celo, mezclado con su perfume. La lamí despacio, desde el ano hasta el clítoris, saboreando sus jugos salados y dulces. Ella arqueó la espalda, clavándome las uñas en los hombros, gritando: —¡Ay, sí, mijo! ¡Así, chúpame rico!
Karla se unió, besando a su mamá mientras yo las comía. Sus lenguas se enredaban encima de mí, gemidos ahogados que vibraban en el aire húmedo. Mi verga dolía de lo dura que estaba, goteando precum en el colchón.
Escaló todo cuando Karla me quitó el short. Mi verga saltó libre, venosa y gruesa, apuntando al techo. —Mira, mami, qué vergota tiene mi marido —dijo Karla, orgullosa, acariciándola de arriba abajo.
Doña Rosa la tomó en la mano, masturbándome lento, sintiendo cada vena pulsar. —Qué chingón, Karla. ¿Me lo prestas un rato?
Se la metió a la boca de un jalón, chupando como experta. Su boca era un horno húmedo, la lengua girando alrededor del glande, tragándosela hasta la garganta. El sonido era obsceno: glup glup, saliva chorreando por su barbilla. Karla lamía mis huevos, succionándolos uno por uno, mientras yo jadeaba como loco, el sudor corriéndome por la espalda.
No mames, esto es el paraíso. Un trío con mi esposa y mi suegra, y las dos mamándome la verga como reinas.
Cambié posiciones. Puse a Karla a cuatro patas, su culo redondo alzado, la concha abierta y reluciente. La penetré de un embestida, sintiendo cómo sus paredes calientes me apretaban como un puño. —¡Fóllame duro, amor! —gritaba ella.
Doña Rosa se acostó debajo, lamiendo el clítoris de su hija mientras yo la cogía. Sentía su lengua rozando mi verga cada vez que entraba y salía, un roce eléctrico que me volvía loco. El cuarto olía a sexo puro: sudor, jugos, semen pre. Los gemidos se mezclaban con el zumbido del ventilador y el lejano romper de olas.
La intensidad subió. Saqué la verga de Karla, brillante de sus jugos, y se la metí a Doña Rosa en su concha madura, más holgada pero igual de caliente, chorreando. Ella se retorcía, tetas rebotando, gritando: —¡Más profundo, pendejo! ¡Dame todo!
Karla se masturbaba viéndonos, metiéndose dos dedos, el sonido chapoteante llenando el aire. Luego se sentó en la cara de su mamá, quien la lamía con ganas, sorbiendo sus jugos como si fueran el mejor pozole.
El clímax se acercaba. Cogí a Karla de nuevo, más rápido, mis huevos golpeando su clítoris. Doña Rosa se tocaba el ano, gimiendo. Sentí el orgasmo subir, un volcán en erupción.
—Me vengo, chínguen —rugí.
Me saqué y las dos se arrodillaron, bocas abiertas. Chorros calientes de semen les salpicaron la cara, las tetas, goteando espeso y blanco. Ellas se lamían mutuamente, saboreando mi leche, besándose con lenguas llenas.
Caímos exhaustos en la cama, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire estaba pesado, perfumado de sexo. Karla me besó, suave ahora. —Gracias, amor. Fue chido.
Doña Rosa acarició mi pecho, su mano tibia. —Eres un hombre de verdad, mijo. Esto queda entre nosotros.
El trío con mi esposa y mi suegra había sido más que sexo: una conexión profunda, tabú pero liberadora. Mientras el sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, supe que estas vacaciones cambiarían todo para bien.
Nos quedamos así, abrazados, escuchando respiraciones calmadas y el mar susurrando promesas de más noches así. La tensión se había disuelto en placer puro, dejando un afterglow que me hacía sonreír como idiota. Mañana, quién sabe, pero esta noche fue perfecta.