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Canciones Del Tri Las Piedras Rodando Se Encuentran

7156 palabras

Canciones Del Tri Las Piedras Rodando Se Encuentran

Entras al bar rockero de la Condesa, el aire cargado de humo de cigarro y el olor a chela fría derramada en el piso de madera gastada. Las luces neón parpadean al ritmo de canciones del Tri, esa banda que te hace sentir viva, con su rock rasposo que retumba en tus huesos. Es viernes por la noche, y el lugar está a reventar de weyes bailando, gritando las letras como si el mundo se acabara. Tú llevas un vestido negro ajustado que abraza tus curvas, el escote dejando ver justo lo suficiente para que los ojos se queden pegados. Sudas un poco por el calor, pero neta, te sientes chida, poderosa, lista para lo que caiga.

Te pides un michelada en la barra, el limón fresco explotando en tu lengua salada, el chile picando en la punta. Ahí lo ves: un morro alto, moreno, con barba de tres días y una playera negra de El Tri que le marca los músculos del pecho. Baila solo cerca de los speakers, moviendo las caderas con esa soltura que grita machote. Sus ojos te encuentran entre la multitud, y zas, se clavan en los tuyos. Sientes un cosquilleo en el estómago, como si la neta ya supieras que esta noche no vas a dormir sola. Él sonríe, esa sonrisa pícara de quien sabe lo que provoca, y se acerca contoneándose al ritmo de la rola que suena: algo sobre rebeldes y caminos polvorientos.

—Qué onda, preciosa —te dice al oído, su voz grave cortando el ruido como un cuchillo caliente en mantequilla—. ¿Vienes a rockear o nomás a verte buena?

Tú ríes, el corazón latiéndote fuerte, y le contestas con un guiño:

—Las dos cosas, wey. Pero tú pareces de los que saben moverla bien.

Se llama Raúl, treinta y pico, mecánico de motos en el día, rockero empedernido en la noche. Hablan de canciones del Tri, de cómo esas letras te hacen sentir libre, indomable. "¿Sabías que hay una que dice algo así como las piedras rodando se encuentran? —te suelta mientras te pasa la chela—. Neta, como nosotros, rodando por la vida y pum, aquí estamos." Sus palabras te erizan la piel, el aliento cálido rozándote el cuello. Bailan pegados, sus manos en tu cintura, el sudor de su camisa mezclándose con el tuyo. Sientes su dureza presionando contra tu cadera, y un calor húmedo se despierta entre tus piernas. Qué rico, piensas, mordiéndote el labio.

La tensión crece con cada rola. Sus dedos recorren tu espalda baja, deteniéndose justo en el borde de tu nalga, apretando suave pero firme. Tú arqueas la espalda, presionándote más contra él, el olor de su colonia mezclada con macho sudado invadiendo tus sentidos. "¿Quieres salir de aquí?" te susurra, los labios rozando tu oreja. Asientes, el pulso acelerado, las luces del bar girando como un carrusel loco.

Esto es lo que necesitaba, neta. Un desconocido que me haga sentir viva, que me coja hasta que olvide mi nombre.

Salen a la calle, el aire fresco de la noche golpeándolos como una caricia. Caminan rápido a su moto estacionada, un fierro negro reluciente. Te subes atrás, abrazándolo fuerte, tus tetas aplastadas contra su espalda mientras acelera por Insurgentes. El viento azota tu pelo, el rugido del motor vibrando entre tus muslos. Llegan a su depa en la Roma, un lugar chiquito pero chulo, con posters de rock y una cama king size que grita promesas.

Entra contigo en brazos, besándote ya desde la puerta. Sus labios son hambrientos, la lengua invadiendo tu boca con sabor a chela y deseo puro. Te avienta suave en la cama, el colchón hundiéndose bajo tu peso. Se quita la playera, revelando un torso tatuado, músculos tensos brillando bajo la luz tenue de una lámpara. Tú te incorporas, jalándole el cinturón, sintiendo su verga dura como piedra bajo el pantalón.

Mamacita, qué chingona estás —gime mientras te baja el vestido, exponiendo tus chichis firmes, los pezones ya duros como piedritas.

Le chupas el cuello, saboreando la sal de su piel, bajando por el pecho hasta el ombligo. Él te empuja de espaldas, besando tu vientre, lamiendo el sudor que perla ahí. Sus manos abren tus piernas, el aire fresco chocando con tu panocha mojada. Joder, sientes su aliento caliente, y cuando su lengua toca tu clítoris, un rayo te recorre la espina. Gime contra ti, chupando suave al principio, luego más fuerte, metiendo un dedo, dos, curvándolos justo en ese punto que te hace arquearte y gritar.

"¡Sí, wey, así!" jadeas, las uñas clavadas en su pelo. El cuarto huele a sexo, a tu excitación dulce y almizclada mezclada con su aroma macho. Él se incorpora, quitándose el pantalón, su verga saltando libre, gruesa, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. Te mira a los ojos, pidiendo permiso con esa mirada ardiente.

—¿La quieres adentro? —pregunta ronco.

¡Cógeme ya, pendejo! —le exiges, abriendo más las piernas.

Se pone condón rápido, profesional, y se hunde en ti de un solo empujón. ¡Ay, carajo! Llenándote por completo, estirándote delicioso. Empieza a bombear lento, profundo, sus bolas golpeando tu culo con cada embestida. Tú lo agarras de las nalgas, clavándole las uñas, marcándolo como tuyo. El sudor gotea de su frente a tus tetas, resbalando caliente. Acelera, el catre chirriando, tus gemidos mezclándose con los suyos, el slap-slap de piel contra piel llenando el aire.

Siento cada vena de su verga frotando mis paredes, el placer subiendo como una ola imparable. Neta, esto es rock en vivo, puro Tri en mi coño.

Cambian de posición: tú encima, cabalgándolo como una diosa. Tus caderas giran, moliéndolo dentro, sus manos amasando tus tetas, pellizcando pezones hasta que duele rico. Él se sienta, chupándotelos mientras te follas fuerte, el clítoris rozando su pubis. El orgasmo te pega como un trueno, el cuerpo temblando, el coño contrayéndose alrededor de su pinga, chorros de placer mojando las sábanas. Él gruñe, embistiéndote desde abajo, y explota segundos después, su verga pulsando, llenando el condón con su leche caliente.

Caen exhaustos, jadeando, cuerpos pegajosos entrelazados. Su mano acaricia tu pelo, besos suaves en la frente. El radio del cuarto, que nunca apagaron, suelta otra de canciones del Tri, murmurando sobre piedras que rodando se encuentran. Tú sonríes contra su pecho, el corazón calmándose poco a poco.

—Neta, wey —le dices—, como en esas rolas. Rodamos y nos encontramos.

Él ríe bajito, apretándote más.

—Y qué chido que fue, ¿no?

Duermes ahí, envuelta en su calor, el aroma de sexo lingering en el aire. Al amanecer, café negro y tortas de la esquina, promesas de verse de nuevo. Sales a la calle soleada, el cuerpo adolorido pero satisfecho, sabiendo que la noche fue perfecta. Las piedras rodando se encuentran, piensas, y sigues tu camino con una sonrisa pendeja en la cara.

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