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Palabras con Silabas Tra Tre Tri Tro Tru

7045 palabras

Palabras con Silabas Tra Tre Tri Tro Tru

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si pidiera a gritos un roce. Yo, Ana, acababa de salir de mi clase de literatura en la uni, pero en vez de irme a casa, terminé en un bar chido con luces neón y música ranchera moderna retumbando bajito. Ahí lo vi: Marco, alto, con esa barba de tres días que me hace debilidad y ojos que prometían travesuras. Estábamos platicando de todo y nada, güeyadas sobre libros y poesía, cuando sacó un juego de palabras que me dejó intrigada.

—Órale, Ana, juguemos a algo —dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho—. Palabras con las sílabas tra tre tri tro tru. La que no diga una, pierde una prenda.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. ¿Quién era este pendejo tan creativo? El aire olía a tequila y jazmín de su colonia, y su aliento fresco rozaba mi oreja cuando se acercó. Asentí, juguetona, porque la idea de desvestirnos palabra por palabra me encendía por dentro. Terminamos mi trago, pedimos un Uber y en diez minutos estábamos en su depa en la colonia Roma, un lugar con ventanales enormes que dejaban entrar la luna llena.

Nos sentamos en el sillón de piel suave, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. El cuarto estaba tenuemente iluminado por velas que olían a vainilla y algo picante, como canela. Empezamos el juego inocente, o eso creí al principio.

—Traigo —dije yo primero, con una sonrisa pícara, y le quité la camisa despacio, deslizando mis uñas por su pecho moreno y firme. Su piel era cálida, salada al gusto cuando lamí un dedo y lo pasé por su pezón, que se endureció al instante.

—Tremendo —respondió él, su voz ronca, y sus manos grandes subieron por mis muslos, levantando mi falda hasta la cadera. Sentí sus palmas ásperas, de quien trabaja con las manos, rozando la seda de mis panties. Mi corazón latía fuerte, tra-tra-tra como un tambor en mi pecho.

El juego escalaba. Yo: trino, un pájaro cantando en la noche, y él me quitó el sostén, liberando mis tetas que rebotaron libres, los pezones duros apuntando a él como balas. Los miró con hambre, lamiéndose los labios, y yo olía mi propia excitación mezclada con su sudor masculino, ese aroma terroso que me volvía loca.

—Tricolor —dijo Marco, y yo perdí las panties. Desnuda ya, me recargué en el sillón, abriendo las piernas un poco, dejando que viera lo mojada que estaba. El aire fresco besó mi sexo hinchado, y gemí bajito cuando él se arrodilló entre mis piernas.

Qué chingón juego, carnal —pensé—. Cada palabra es como un toque, un beso que quema.

Mi turno: trote, y le bajé el pantalón con dientes, liberando su verga dura, gruesa, venosa, que saltó libre apuntándome. La tomé en la mano, sintiendo su pulso acelerado, el calor latiendo contra mi palma. Olía a hombre puro, a deseo crudo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum que brotaba.

Él jadeó: trueno, y me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio frías contra mi espalda ardiente. Nos tendimos lado a lado, cuerpos entrelazados, piel contra piel resbalosa de sudor. Sus labios capturaron los míos en un beso profundo, lenguas danzando con sabor a tequila y miel. Sus manos exploraban: una en mi clítoris, frotando círculos lentos que me hacían arquear la espalda, la otra amasando mi nalga con fuerza posesiva.

El deseo crecía como una tormenta. Yo susurraba palabras entre gemidos: traer, temblor, y él respondía con trópico, trucha, cada sílaba un jadeo que vibraba en mi oído. Su dedo entró en mí, luego dos, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Estaba empapada, chorreando jugos que olían a mar y almizcle, el sonido húmedo de sus embestidas digitales retumbando en la habitación silenciosa salvo por nuestros resuellos.

—Más —supliqué, clavando uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él gemía de placer.

Marco se posicionó encima, su peso delicioso aplastándome contra el colchón. Rozó su verga contra mi entrada, lubricándonos mutuamente, el glande hinchado besando mis labios vaginales. Nuestros ojos se clavaron: consentimiento puro, fuego en la mirada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. Grité su nombre, sintiendo cada vena pulsando dentro, el roce perfecto contra mis paredes internas.

Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, como un trote que se vuelve galope. Sus caderas chocaban contra las mías, clap-clap-clap, piel sudorosa pegándose y despegándose. Olía a sexo puro: sudor, fluidos, su colonia mezclada con mi esencia. Lamí su cuello salado, mordí su hombro, y él chupó mis tetas, tirando de los pezones con dientes suaves que mandaban descargas eléctricas directo a mi coño.

La tensión subía, mis músculos se contraían alrededor de él, ordeñándolo. —Triunfo —jadeó él en mi oído, acelerando, follándome más duro, más profundo. Yo respondí con trucha, arañando su culo para que se enterrara hasta el útero. El placer era una ola creciente, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo, áspero y perfecto.

Internamente, luchaba con el control:

No quiero correrme aún, quiero que dure esta delicia, este juego de palabras que se convierten en placer infinito.
Pero el cuerpo traicionaba, mis caderas subían voraces, persiguiendo el éxtasis.

Marco gruñó, su verga hinchándose más dentro de mí. —Trueno —volvió a decir, y eso me rompió. El orgasmo explotó como un rayo, mi coño convulsionando, apretándolo en espasmos que ordeñaban su leche. Grité, arqueándome, olas de placer sacudiendo mi cuerpo desde el centro hasta las yemas de los dedos. Él se corrió segundos después, chorros calientes inundándome, su semen espeso mezclándose con mis jugos, goteando por mis muslos.

Colapsamos, jadeantes, sudorosos, enredados. Su peso sobre mí era un cobija perfecta, su corazón martilleando contra mi pecho en eco del mío. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el afterglow salado. El cuarto olía a nosotros, a sexo consumado, velas apagadas dejando humo dulce.

—Qué pedo tan chido inventaste —murmuré, acariciando su cabello revuelto.

Él rio bajito, besando mi frente. —Palabras con las sílabas tra tre tri tro tru, pero contigo suenan a poesía erótica.

Nos quedamos así, pieles pegajosas enfriándose, el mundo afuera olvidado. En ese momento, supe que este juego se repetiría, que cada sílaba sería un preludio a más noches de fuego. El deseo no se apaga; solo espera la próxima palabra.

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