Bedoyecta Tri Ampollas de Fuego
El sol de la tarde se colaba por las cortinas de mi departamento en la colonia Roma, pintando todo de un naranja cálido que me hacía sentir como en un sueño. Llegué hecha un trapo después de un día eterno en la oficina, con los pies doliéndome adentro de los tacones y el cuerpo pidiendo a gritos un descanso. Qué pinche día, pensé mientras tiraba la bolsa en el sofá y me quitaba los zapatos, sintiendo el piso fresco contra mis plantas. Ahí estaba él, mi carnal Juan, en la cocina preparando algo que olía a tacos de carnitas recién hechas, ese aroma grasiento y jugoso que me hacía la boca agua.
"¡Nena!" gritó desde allá, con esa voz ronca que siempre me erizaba la piel. Salió con una cerveza fría en la mano y me la pasó, sus ojos cafés clavándose en mí como si ya supiera lo que necesitaba. Juan era alto, moreno, con esos brazos fuertes de quien trabaja en construcción pero siempre llega oliendo a jabón. "Estás cañona de cansancio, ¿verdad? Mira nomás esa cara."
Me reí, sentándome en la mesa y abriendo la chela con un psssht que rompió el silencio. "Sí, pendejo, como si no lo supieras. Todo el día en juntas con el jefe mamón." Él se acercó por detrás, sus manos grandes posándose en mis hombros, masajeando lento, y sentí sus dedos hundiéndose en mis músculos tensos. El calor de su piel contra la mía, el roce áspero de sus callos, me hizo suspirar. Ya la tensión empezaba a cambiar de sabor, de agotamiento a algo más... caliente.
Este wey siempre sabe cómo prenderme el interruptor, aunque yo llegue muerta.
"Tengo la solución perfecta", murmuró en mi oído, su aliento cálido rozándome el lóbulo. "Bedoyecta Tri ampollas. Las compré esta mañana en la farmacia. Dicen que te cargan las pilas como nada."
Levanté la ceja, girándome para verlo. "¿Ampollas? ¿Vas a jugar al doctorcito conmigo?" La idea me picó la curiosidad, un cosquilleo bajito en el estómago. En México todos usan eso para los bajones, pero en sus manos... sonaba tentador.
Él sonrió con picardía, sacando del refri una cajita con tres Bedoyecta Tri ampollas brillantes bajo la luz. "Confía en mí, mi reina. Te va a poner como león."
Me levanté y lo seguí al cuarto, el corazón latiéndome un poquito más rápido. La cama king size nos esperaba con sábanas blancas revueltas de la mañana, oliendo a nosotros dos, a sexo rápido antes de salir. Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas en el bra push-up negro, y él tragó saliva. "Quítate el pantalón también, para que sea en la nalga", dijo, preparando la jeringa con manos expertas. Lo había visto ponerse inyecciones antes por sus dolores de espalda, así que sabía lo que hacía.
Me bajé el jeans, quedándome en tanga de encaje rojo, y me puse boca abajo en la cama, la cara hundida en la almohada que aún guardaba su olor a hombre sudado. Sentí el colchón hundiéndose cuando se subió a horcajadas sobre mis muslos, su peso delicioso aprisionándome. "Relájate, güeyita", susurró, limpiando mi nalga con alcohol frío que me erizó toda. El pinchazo fue rápido, un ardor chiquito que se expandió como fuego líquido en mi vena, pero luego... ¡chingao! Una ola de energía me subió desde la nalga hasta la cabeza, como si me hubieran enchufado a la corriente.
¿Qué madres es esto? Siento el cuerpo vibrando, la piel sensible como nunca.
"¿Cómo sientes?" preguntó, tirando la jeringa y recostándose a mi lado, su mano acariciándome la espalda desnuda. El toque era eléctrico, cada dedo enviando chispas directo a mi clítoris. Me giré, mirándolo con ojos nuevos, hambrienta. "Como si pudiera comerte entero, cabrón." Lo jalé por la camisa, besándolo con furia, lenguas enredándose en un baile húmedo y salado. Sabía a cerveza y a carnitas, su barba raspándome la barbilla mientras gemía bajito.
Las Bedoyecta Tri ampollas obraban su magia; mi pulso tronaba en los oídos, el calor subiéndome por el pecho, endureciéndome los pezones contra su torso. Sus manos bajaron a mi culo, amasándolo fuerte, y yo arqueé la espalda, restregándome contra su verga ya dura bajo el pantalón. "Quítate todo, ya", le ordené, voz ronca de deseo. Él obedeció riendo, desnudándose en segundos, su pito saltando libre, grueso y venoso, con esa gota de precum brillando en la punta.
Lo empujé contra las almohadas y me subí encima, rozando mi coño mojado contra su abdomen, dejando un rastro húmedo que olía a mi excitación almizclada. "Mírame, Juan, mira cómo me pusiste." Bajé lento, lamiéndole el pecho, saboreando el sudor salado de su piel, mordisqueando un pezón hasta que gruñó. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, pero yo mandaba, cabalgándolo sin penetrarme aún, solo frotándome, el clítoris hinchado rozando su piel caliente.
"¡Qué rico, nena! No pares", jadeó, sus ojos fijos en mis tetas rebotando. El cuarto se llenaba de nuestros sonidos: piel contra piel chapoteando, respiraciones agitadas, mi gemido agudo cuando pellizcó mis nalgas. Me agaché más, tomando su verga en la mano, sintiendo las venas pulsantes, el calor palpitante. La chupé despacio al principio, lengua girando en la cabeza, saboreando ese precum salado y dulce, luego más hondo, hasta la garganta, mientras él me jalaba el pelo suave, sin fuerza bruta, solo guiándome.
Esto es puro poder, siento cada vena de su pito latiendo en mi boca, y mi cuerpo responde como poseído.
Pero quería más. Me enderecé, posicionándome sobre él, y bajé de golpe, su verga abriéndose paso en mi coño empapado con un splat húmedo. "¡Ay, cabrón!" grité, el estirón delicioso llenándome hasta el fondo. Empecé a moverme, arriba-abajo, círculos lentos que rozaban mi punto G, sus manos en mis tetas apretando, pellizcando pezones que dolían de placer. El sudor nos unía, goteando entre mis pechos, el olor a sexo invadiendo todo, mezclado con el leve aroma medicinal de las ampollas.
Él se incorporó, besándome el cuello, mordiendo suave mientras yo aceleraba, el colchón crujiendo bajo nosotros. "Más rápido, mi amor, ¡dame duro!" Su voz era un rugido, y volteamos; ahora él encima, embistiéndome profundo, cada choque de sus bolas contra mi culo resonando como tambores. Sentía su corazón tronando contra mi pecho, su aliento caliente en mi oreja: "Estás tan chingona, tan apretada". El orgasmo me agarró de sorpresa, una explosión desde el clítoris que me hizo convulsionar, uñas clavadas en su espalda, gritando su nombre mientras chorros de placer me mojaban las sábanas.
No paró. Siguió follándome lento para alargar mi clímax, luego más fuerte, persiguiendo el suyo. Yo lo apreté con las paredes del coño, ordeñándolo, y él explotó con un bramido gutural, llenándome de calor espeso que se desbordaba, chorreando por mis muslos. Colapsamos juntos, jadeando, pieles pegajosas de sudor y fluidos, el cuarto oliendo a nuestro clímax compartido.
Minutos después, recostados en un enredo de piernas y brazos, él me acariciaba el pelo. "Ves, las Bedoyecta Tri ampollas valieron la pena." Reí bajito, besándole el hombro. "Eres un genio, pendejo. Pero la próxima, tú te pones una y yo te monto como yegua."
Nunca un bajón se sintió tan bien resuelto. Esto es vida, puro fuego mexicano.
El sol ya se había ido, dejando la habitación en penumbras suaves, pero el calor entre nosotros ardía todavía. Mañana sería otro día, pero esta noche... esta noche éramos invencibles.