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La Pasión del HP Tri Color 22

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La Pasión del HP Tri Color 22

En el calor de la tarde mexicana, en mi departamento de Polanco, con el sol filtrándose por las cortinas de lino, encendí mi vieja computadora. Quería imprimir unas fotos que había tomado en mi último viaje a la playa, pero el cartucho se había acabado. Busqué en línea y pedí el HP Tri Color 22, ese cartucho que prometía colores vibrantes, como los de mi piel bronceada después de horas bajo el sol. No sabía que esa compra sencilla iba a desatar una tormenta de deseo.

Llegó él, el repartidor, un moreno alto con ojos cafés intensos y una sonrisa que iluminaba más que cualquier led. Se llamaba Alex, llevaba la camiseta ajustada de la paquetería, marcando sus pectorales duros, y unos jeans que abrazaban sus muslos fuertes. "Tu HP Tri Color 22", dijo con voz grave, extendiendo el paquete. Mis ojos se detuvieron en sus manos grandes, venosas, imaginando cómo se sentirían sobre mi cintura.

Lo invité a pasar por un vaso de agua, el bochorno del DF era insoportable. "Órale, carnala, no hay pedo", respondió con ese acento chilango puro que me erizaba la piel. Nos sentamos en la sala, el aire cargado de olor a café recién molido y a su colonia fresca, como eucalipto mezclado con sudor masculino. Hablamos de tonterías, del tráfico en Insurgentes, de lo caro que está todo, pero mis pensamientos eran puro fuego interno.

¿Qué chingados me pasa? Este pendejo repartidor me tiene las nalgas de gelatina. Quiero que me agarre, que me bese hasta dejarme sin aliento.

Le mostré la impresora, instalamos el HP Tri Color 22 juntos. Sus dedos rozaron los míos al sacar el cartucho viejo, un toque eléctrico que me hizo jadear bajito. "Ya está, güey, ahora imprime como nueva", dijo, pero no se movía para irse. Nuestras miradas se cruzaron, el silencio se llenó de tensión, como el aire antes de una tormenta en Xochimilco.

Acto primero: la chispa. Me acerqué, fingiendo ajustar la máquina, y mi cadera rozó su pierna. Él no se apartó. "No mames, qué calor", murmuró, quitándose la camiseta con un movimiento fluido. Su torso desnudo brillaba con un leve sudor, abdominales marcados como escultura olmeca, vello oscuro bajando hacia su ombligo. Olía a hombre puro, a tierra mojada después de lluvia.

Mi corazón latía como tamborazo en fiesta patronal. Lo tomé de la mano, lo llevé al sofá. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta de su chicle y mi gloss de fresa. Sus manos exploraron mi blusa, desabotonándola lento, revelando mis senos libres bajo el encaje negro. "Estás chingona, mami", susurró contra mi cuello, mordisqueando suave, enviando ondas de placer por mi espina.

Acto segundo: la escalada. Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel, el roce ardiente como lava. Su boca bajó a mis pezones, chupando con hambre, tirones suaves que me arquearon la espalda. Gemí, "¡Ay, cabrón, no pares!" Mis uñas arañaron su espalda, sintiendo músculos tensos bajo la piel salada. Bajé la mano a su entrepierna, su verga dura, gruesa, palpitante en mi palma. La apreté, masturbándolo lento, oyendo sus gruñidos roncos que vibraban en mi pecho.

Lo empujé al sofá, me arrodillé entre sus piernas. El olor almizclado de su excitación me invadió, embriagador como tequila añejo. Lamí la punta, salada y suave, luego lo engullí profundo, mi lengua girando alrededor del tronco venoso. Él enredó sus dedos en mi pelo, "¡Qué rico, pinche diosa!", jadeando, caderas moviéndose al ritmo de mi boca húmeda. El sonido chupeteante llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos.

Su sabor me vuelve loca, quiero que me llene toda, que me haga suya hasta el fondo.

Me levantó, me sentó en su regazo, frotando su dureza contra mi coño empapado. Estaba chorreando, resbaladizo de jugos, el clítoris hinchado rogando atención. Me penetró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Estás bien apretadita, wey!", gruñó, y yo reboté sobre él, senos saltando, pieles chocando con palmadas húmedas. El sofá crujía, el aire olía a sexo puro, sudor y feromonas.

Cambié de posición, él encima, embistiéndome fuerte, profundo, golpeando mi punto G con cada estocada. Mis piernas alrededor de su cintura, talones clavándose en su culo firme. Gritos ahogados, "¡Más duro, pendejo, rómpeme!" Sentía cada vena de su verga pulsando dentro, mis paredes contrayéndose, acercándome al borde. Sus bolas chocaban contra mi ano, un cosquilleo extra que me volvía loca.

La tensión crecía, mis uñas en su espalda dejando marcas rojas, su boca devorando mi cuello, dejando chupetones morados como medallas. Sudor goteaba de su frente a mis senos, salado en mi lengua cuando lo lamí. El clímax se acercaba, mis músculos temblando, visión borrosa de placer.

Acto tercero: la liberación. "¡Me vengo, chula!", rugió, y su corrida caliente inundó mi interior, espasmos que me empujaron al abismo. Mi orgasmo explotó, olas de éxtasis recorriendo cada nervio, coño apretándolo como vicio, gritando su nombre mientras lágrimas de placer rodaban por mis mejillas. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, pulsos sincronizados latiendo furiosos.

En el afterglow, yacimos jadeando, su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón calmarse. El HP Tri Color 22 seguía en la mesa, testigo mudo de nuestra pasión, colores vibrantes como los moretones que decoraban mi piel. "Esto no fue planeado, pero estuvo de poca madre", dijo riendo bajito, besando mi ombligo.

Nos duchamos juntos, agua caliente cascando sobre nosotros, jabón espumoso en manos curiosas que aún jugaban. Salimos envueltos en toallas, prometiendo repetir. Él se fue con una sonrisa pícara, yo me quedé sonriendo al cartucho nuevo, sabiendo que cada impresión ahora llevaría el eco de su toque.

Desde ese día, cada vez que imprimo, huelo su esencia fantasma, siento el fantasma de su verga dentro. La vida en la CDMX es así, llena de sorpresas calientes como un HP Tri Color 22 que pinta pasiones inesperadas.

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