Y Intenta Intenta Intenta
Tú estás en el rooftop de un hotel chido en Polanco, con las luces de la Ciudad de México parpadeando como estrellas caídas a tus pies. El aire huele a jazmín y a tequila reposado, mezclado con el sudor ligero de la gente bailando al ritmo de cumbia rebajada. Llevas un vestido negro ajustado que roza tu piel cada vez que te mueves, y sientes el calor subiendo por tus muslos. Ahí lo ves: Javier, con esa sonrisa pícara que te deshace por dentro. Hace un año que no se ven, pero el deseo salta como chispa entre ustedes.
—Órale, preciosa, ¿sigues tan rica como siempre? —te dice acercándose, su voz grave como un ronroneo, oliendo a colonia cara y a hombre que sabe lo que quiere.
Tu corazón late fuerte, bum bum bum, y sientes un cosquilleo en el estómago. Lo miras de arriba abajo: camisa blanca entreabierta mostrando el pecho moreno y tatuado, pantalones que marcan lo que ya recuerdas tan bien. Respondes con una risa coqueta:
—Y tú sigues siendo el mismo cabrón que me vuelve loca, Javi.
Charlan, beben margaritas heladas que queman dulce en la lengua, y el roce accidental de sus manos enciende todo. Sus dedos rozan tu brazo, enviando ondas de calor directo a tu entrepierna. Ya sientes la humedad creciendo, esa pulzada lenta que te hace apretar las piernas. Él nota, porque sus ojos bajan a tu boca, a tus pechos que suben y bajan rápido.
—¿Vamos a otro lado? —pregunta, su aliento cálido en tu oreja.
Asientes, y en el ascensor, no aguantan: sus labios devoran los tuyos, lengua juguetona saboreando a sal y limón. Tus manos en su nuca, pelo suave entre dedos, mientras él aprieta tu cintura, bajando a tus nalgas. El ding del ascensor los separa, pero el fuego ya arde.
Acto primero: la chispa. Entran a la suite, luces tenues, cama king size con sábanas de algodón egipcio que invitan a revolcarse. Él te quita el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: cuello, hombros, el valle entre tus senos. Hueles su aroma masculino, mezclado con el tuyo de vainilla y excitación. Te tumba en la cama, y tú lo desvestís, admirando su verga ya dura, gruesa, latiendo para ti.
«Dios, cómo la extrañé», piensas mientras la acaricias, sintiendo la piel sedosa sobre el acero debajo.
Él se arrodilla entre tus piernas, separándolas con manos firmes pero tiernas. Su boca encuentra tu clítoris, lengua experta lamiendo lento, chupando suave. Gimes, arqueas la espalda, el sonido de su saliva y tus jugos llenando la habitación. Sientes cada roce como electricidad, el calor de su aliento, el roce de su barba incipiente en tus muslos internos. Pero no llegas, no aún; el placer sube y sube, pero se queda en el borde.
—No pares, Javi... —suplicas, tirando de su pelo.
Él levanta la cara, labios brillantes con tus mieles:
—And try try try, mi amor. Vamos a intentarlo hasta que explotes.
Sus palabras en inglés, juguetón, refiriéndose a esa canción gringa que tanto les gustaba antes, te hacen reír y calentar más.
El medio: la escalada. Javier te voltea boca abajo, besando tu espalda, bajando hasta tus nalgas que muerde juguetón. —Qué rica panocha tienes, toda mojada para mí —gruñe, metiendo dos dedos, curvándolos justo en ese punto que te hace ver estrellas. El sonido húmedo de sus movimientos, chup chup, se mezcla con tus jadeos. Sientes el estiramiento delicioso, el pulso acelerado en tu coño, olor a sexo puro llenando el aire.
Pero otra vez, el orgasmo se escapa, como un pez resbaloso. Frustrada, lo empujas y lo montas, guiando su verga adentro de ti. ¡Ay, cabrón! La llenura, el grosor partiéndote, rozando cada pared sensible. Cabalgas duro, pechos rebotando, sudor perlando tu piel. Él agarra tus caderas, embiste desde abajo, pum pum pum, piel contra piel resonando como tambores.
«¿Por qué no puedo? ¿Qué pasa conmigo esta noche?», te preguntas, mientras el placer crece como marea, pero no rompe.
—Y try try try otra vez —dice él riendo, volteándote para ponerte a cuatro patas. Entra profundo, una mano en tu clítoris frotando círculos rápidos, la otra jalando tu pelo suave. El espejo frente a la cama refleja todo: tu cara de puta en celo, sus músculos tensos, la unión obscena de sus cuerpos. Hueles el sudor salado, pruebas el de tu propio labio mordido. Gimes más fuerte, —¡Sí, chingao, así!—, sintiendo el orgasmo acechando, más cerca.
Cambian posiciones: tú de lado, él atrás, cucharita íntima. Su verga entra lenta, profunda, mientras su mano libre masajea tus pezones duros como piedras. Besos en la nuca, mordiscos suaves. Hablan sucio, mexicano puro:
—Te voy a llenar de leche, mamacita. Pero primero, haz que me aprietes con ese coñito chingón.
El ritmo acelera, camas crujiendo, alientos entrecortados. Sientes el calor acumulándose en tu vientre, el roce perfecto en tu G, sus dedos implacables en tu botón. Tension se acumula, músculos tensos, pulso rugiendo en oídos. Él susurra:
—And try try try, hasta que grites mi nombre.
La frustración se mezcla con la lujuria, haciendo todo más intenso. Prueban misionero, piernas en sus hombros, penetrando hondo, rozando el cervix con cada embestida. Lágrimas de placer en tus ojos, uñas clavadas en su espalda dejando marcas rojas. El olor a semen preeyaculatorio se une al tuyo, embriagador.
De repente, lo sientes: la ola rompiendo. —¡Javi, ya! ¡Me vengo!— gritas, coño contrayéndose alrededor de su verga como un puño caliente. Explosión de placer, estrellas detrás de párpados cerrados, jugos salpicando. Él no para, sigue bombeando, prolongando tu éxtasis hasta que tiemblas toda.
El fin: la liberación. Javier gruñe, saca su verga y se corre en tu vientre, chorros calientes pintando tu piel, olor almizclado fuerte. Cae a tu lado, jadeando, y te abraza fuerte, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Besos lentos, post-orgásmicos, saboreando el salado de lágrimas y semen.
—Lo logramos, ¿ves? And try try try siempre funciona —murmura, riendo bajito.
Tú sonríes, exhausta, satisfecha, el cuerpo pesado de placer residual. El cuarto huele a sexo consumado, sábanas revueltas testigos mudos. Afuera, la ciudad zumba indiferente, pero aquí, en este nido, hay paz. Piensas en lo que fue: la tensión del reencuentro, la lucha juguetona por el clímax, y ahora esta conexión profunda.
«Este pendejo me tiene en la palma de su mano. Y qué chido se siente».
Se duchan juntos después, agua caliente lavando pecados, manos jabonosas explorando de nuevo, pero suave, cariñoso. Secos, se acurrucan desnudos, su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón calmarse. Hablan de nada y todo: planes para mañana, tacos al pastor en la Condesa, más noches como esta.
Duermes con su brazo alrededor, soñando con intentos infinitos, placeres sin fin. Mañana será otro día, pero esta noche, y intenta intenta intenta, lo lograron todo.