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Un Trio con Familia Ardiente

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Un Trio con Familia Ardiente

El sol de Cancún caía a plomo sobre la casa playera que rentamos para las vacaciones familiares. Yo, Alejandro, de treinta y cinco años, acababa de llegar con mi esposa María, esa morra preciosa de curvas que me volvían loco desde el día uno. Su piel morena brillaba con el aceite de coco que se untaba, y su bikini rojo dejaba poco a la imaginación. Pero la sorpresa fue mi hermanastra Sofía, que ya estaba ahí, bronceándose en la piscina infinita con vista al mar Caribe. Hacía años que no la veía, desde que nuestros papás se casaron cuando éramos chamacos, pero ahora, con veintiocho primaveras, era una diosa: tetas firmes, culo redondo y una sonrisa pícara que prometía problemas.

¿Qué pedo con este calor?, pensé mientras sacaba las chelas del cooler. El aire olía a sal, crema solar y algo más, un aroma dulzón que ya me tenía la verga medio parada. Sofía se levantó, el agua chorreando de su cuerpo como en un video porno, y nos abrazó fuerte. Sus pezones rozaron mi pecho a través del traje de baño, y María soltó una risita nerviosa.

—Órale, carnal, ¡qué gusto verte! —dijo Sofía, su voz ronca por el sol—. Y tú debes ser María, la famosa. Neta, Alejandro siempre presumía de ti.

María, con esa chispa mexicana que tanto me gustaba, le contestó:

Ay, güey, no le creas. Pero neta, estás cañón. ¿Ya te bañaste? Vamos a la piscina, que este calor está para el arrastre.

Nos metimos al agua fresca, riendo y salpicándonos como cuando éramos morrillos. Pero había una tensión en el aire, como electricidad estática antes de la tormenta. Sofía nadaba cerca, sus piernas rozando las mías bajo el agua, y María me guiñaba el ojo, como si supiera algo que yo no. Cenamos tacos de mariscos en la terraza, con salsa picosa que nos hacía sudar, y unas micheladas bien frías. La plática fluyó: trabajos, viajes, y de pronto, Sofía soltó:

—Sabes, carnal, siempre pensé que eras un pendejo por no invitarme antes a estas broncas. Pero ahora que estamos aquí... ¿por qué no la armamos?

Mi corazón latió fuerte.

¿Está coqueteando? ¿O es el mezcal hablando?
María se mordió el labio, su mano en mi muslo bajo la mesa, apretando suave.

La noche cayó con un cielo estrellado y el rumor de las olas rompiendo en la playa. Nos quedamos en la sala, con música de cumbia rebajada sonando bajito, y más chelas. Sofía se recargó en mí, su cabeza en mi hombro, y María al otro lado, sus dedos jugando con el borde de mi short. El olor a su perfume mezclado con sudor me mareaba, y sentía el calor de sus cuerpos presionando contra el mío.

Neta, ustedes dos son la pareja perfecta, murmuró Sofía, su aliento cálido en mi cuello—. Pero ¿nunca han pensado en... un trio con familia? Digo, somos familia, ¿no? Pero de la buena, sin pedos.

Me quedé helado, pero mi verga se endureció al instante. María rio bajito, su mano subiendo por mi pierna.

—Güey, ¿tú qué? —me dijo ella, sus ojos brillando con lujuria—. A mí me late la idea. Sofía es familia, y está buenísima. ¿Verdad que sí, amor?

El pulso me retumbaba en las sienes.

Esto es una locura, pero qué chido suena. Ellas consienten, yo también. ¿Por qué no?
Asentí, y Sofía se lanzó a besarme, sus labios suaves y salados, lengua juguetona explorando mi boca. María se unió, besando mi cuello, sus uñas arañando mi espalda. El sabor a tequila en sus besos era adictivo, y el sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación.

Nos movimos a la recámara king size, con sábanas de algodón egipcio frescas contra nuestra piel ardiente. Sofía me quitó la playera, lamiendo mis pezones mientras María bajaba mis shorts, liberando mi verga tiesa que saltó como resorte. —Mira qué mamalona, exclamó María, acariciándola con manos expertas, el tacto suave y firme enviando chispas por mi espina.

Sofía se arrodilló, su boca caliente envolviéndome, chupando despacio, la lengua girando en la cabeza. Gemí, el sonido gutural saliendo de mi garganta. María se desnudó, sus tetas rebotando libres, y se sentó en mi cara, su coño mojado rozando mis labios. Lo lamí con ganas, saboreando su néctar dulce y salado, mientras ella se mecía, gimiendo "¡Ay, sí, así, pendejo!".

La tensión crecía como ola gigante. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, penetrando a Sofía por atrás, su culo perfecto abriéndose para mí, apretado y húmedo. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus gritos: —¡Más duro, carnal! ¡Dame verga! María se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su clítoris hinchado, hasta que se unió, besando a Sofía mientras yo la taladraba. El olor a sexo impregnaba el aire, sudor, fluidos, deseo puro.

El clímax se acercaba. Sofía temblaba, sus paredes contrayéndose alrededor de mi polla, gritando en éxtasis. La saqué y María se la tragó, mamando hasta que exploté, chorros calientes llenando su boca. Ella lo compartió con Sofía en un beso profundo, lenguas danzando con mi semen, y las tres caímos exhaustos, cuerpos entrelazados.

El amanecer tiñó el cielo de rosa, filtrándose por las cortinas. Desperté entre ellas, María acurrucada en mi pecho, Sofía con la pierna sobre mí, su piel tibia y pegajosa de sudor seco. El aroma a sexo aún flotaba, mezclado con el salitre del mar. Nos miramos, riendo bajito, sin arrepentimientos.

Neta, ese trio con familia fue lo máximo, susurró Sofía, besando mi hombro.

María asintió, su mano acariciando mi verga semi-dura. —Y repetimos, ¿eh? Somos familia para siempre.

Me quedé pensando en lo que habíamos desatado. No era solo sexo; era conexión profunda, confianza absoluta. Salimos a la playa, caminando descalzos en la arena tibia, manos entrelazadas. El sol nos calentaba la piel, el viento traía risas de gaviotas, y supe que estas vacaciones cambiarían todo.

Qué chido tener una familia así de ardiente.
El deseo latía aún, prometiendo más noches de pasión infinita.

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