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La Pasión del Tri Hawk

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La Pasión del Tri Hawk

Estaba en la playa de Playa del Carmen, el sol cayendo como una bola de fuego sobre el mar Caribe, pintando el cielo de naranjas y rosas. El aire olía a sal, coco y ese toque ahumado de las parrilladas cercanas. Yo, Ana, con mi bikini rojo que apenas contenía mis curvas, tomaba un michelada helada en la terraza del resort. Hacía calor, pero el tipo de calor que te hace sudar de anticipación, que te eriza la piel.

Lo vi de lejos. Alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo una camisa blanca ajustada, abierta hasta la mitad. En su pecho izquierdo, un halcón tribal negro y afilado; en el derecho, otro igual de feroz; y bajito, justo donde empezaba el elástico de su short, un tercero que parecía volar directo hacia su entrepierna. Tri Hawk, le decían sus cuates que lo rodeaban, riendo y chocando chelas. El apodo le quedaba perfecto: mirada penetrante como un halcón cazador, sonrisa pícara que te clavaba en el sitio.

¿Qué carajos, Ana? ¿Vas a quedarte nomás mirando como mensa?
me dije a mí misma, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Me levanté, meneando las caderas con ese swing mexicano que sabemos que funciona, y me acerqué a su grupo. "Órale, Tri Hawk, ¿no me invitas una chela o qué?", le lancé, con voz juguetona. Sus ojos se posaron en mí, oscuros y hambrientos, recorriéndome de arriba abajo. "Claro que sí, mamacita. Siéntate aquí conmigo", respondió, su voz grave como trueno lejano, con ese acento yucateco que me derritió.

Nos platicamos un rato. Él era Marco, pero todos lo conocían como Tri Hawk por los tatuajes que se hizo en una borrachera en Tulum. Pescador de día, fiestero de noche, soltero y con ganas de comerse el mundo. Yo le conté de mi chamba en Cancún, diseñando joyería, pero la verdad es que mi mente estaba en otro lado: en cómo olía su piel, mezcla de sudor salado y colonia barata pero sexy, en cómo su muslo rozaba el mío bajo la mesa. Cada roce era electricidad, un pulso acelerado que me hacía apretar los muslos.

La noche cayó rápido. La banda tocaba cumbia rebajada, el ritmo pegajoso invitando a bailar. "Baila conmigo, Tri Hawk", le pedí, jalándolo. Sus manos grandes en mi cintura, fuertes pero tiernas, me guiaron. Sentí su pecho contra mi espalda, los halcones tatuados presionando mi piel desnuda. Su aliento caliente en mi cuello: "Estás rica, Ana. Me estás volviendo loco". Gemí bajito, mi cuerpo respondiendo con un calor húmedo que empapaba mi bikini. Esto apenas empieza, pensé, mientras su mano bajaba un poquito más, rozando el borde de mi nalga.


Terminamos en su suite del resort, una habitación con vista al mar, el sonido de las olas rompiendo como un latido constante. La puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Nos miramos, la tensión acumulada explotando. "Ven acá, pendejito", le dije riendo, tirando de su camisa. Se la quitó de un jalón, revelando los Tri Hawks en toda su gloria: músculos tensos, piel bronceada brillando bajo la luz tenue. Olía a hombre puro, a mar y deseo crudo.

Me besó con hambre, labios carnosos devorando los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza y sal. Sus manos everywhere: apretando mis tetas por encima del bikini, pellizcando pezones que se endurecieron al instante.

¡Qué chingón besa este cabrón!
Jadeé cuando bajó a mi cuello, mordisqueando suave, dejando un rastro de humedad que se enfrió al aire. Le quité el short, y ahí estaba: su verga gruesa, dura como piedra, venosa y palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. "Mírala, toda para ti", gruñó, guiando mi mano. La apreté, sintiendo el calor, el pulso acelerado bajo mi palma. Era grande, perfecta para llenarme.

Me tiró en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Me desató el bikini con dientes, exponiendo mis pechos llenos. "Qué tetotas tan ricas", murmuró, chupando un pezón mientras masajeaba el otro. El placer era agudo, como rayos directos a mi clítoris. Bajó más, besando mi vientre, lamiendo el ombligo. El olor de mi arousal llenaba el cuarto, almizclado y dulce. "Abre las piernas, guapa", ordenó suave, y yo obedecí, exponiéndome. Su lengua encontró mi coño depilado, lamiendo lento desde el ano hasta el clítoris. ¡Ay, Dios! ¡Qué lengua tan cabrona! Gemí fuerte, arqueando la espalda, mis manos enredadas en su pelo negro.

Me comió como experto: succionando mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, mis jugos resbalando. "Estás chorreando, Ana. Tan mojada por mí". Su voz vibraba contra mi piel sensible. El orgasmo se construyó lento, tensión en mi vientre, pulsos en mis muslos. "¡No pares, Tri Hawk! ¡Sigue, pendejo!" grité, y exploté, olas de placer sacudiéndome, squirtando un chorrito que él lamió con gusto.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, azotando suave mis nalgas. "Qué culazo", dijo, separándolas. Su lengua en mi ano, rimming juguetón, mientras sus dedos follaban mi coño. El doble ataque me tenía temblando, sudor perlando mi piel, el cuarto oliendo a sexo puro. "Fóllame ya, Marco. Quiero tu verga", supliqué, desesperada.


Se puso condón –siempre responsable, qué chulo– y me penetró de rodillas. Entró despacio, estirándome delicioso. "¡Qué apretadita estás! Como guante para mi verga". Empujó profundo, llenándome hasta el fondo. El slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, mis gemidos mezclados con sus gruñidos. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mis tetas rebotando mientras lo montaba duro. Sus manos en mis caderas, guiándome, los Tri Hawks mirándome como testigos fieros. "¡Sí, cabrón! ¡Más fuerte!" Le arañé el pecho, sintiendo los tatuajes bajo mis uñas.

Me puso contra la pared, levantándome las piernas. Entró brutal pero consensuado, cada embestida sacándome el aire. Sudor goteando de su frente al valle de mis tetas, salado en mi lengua cuando lo lamí. "Te voy a llenar de placer, Ana. Eres mía esta noche". El clímax nos golpeó juntos: yo gritando su nombre, coño contrayéndose alrededor de su verga palpitante; él rugiendo, cuerpo tenso como arco. Colapsamos en la cama, jadeando, el mar susurrando afuera.

Después, en el afterglow, su brazo alrededor de mí, piel pegajosa y cálida. "Eres increíble, Tri Hawk", susurré, besando un halcón. "Y tú mi presa favorita", respondió riendo bajito. Nos quedamos así, escuchando olas, cuerpos entrelazados, sabiendo que esto era solo el principio. El deseo satisfecho pero con eco, prometiendo más noches de pasión salvaje.

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