Bedoyecta Tri San Pablo Despierta el Fuego
Estaba hecho un pendejo cansado esa mañana en el bullicio de la Ciudad de México. El trabajo me tenía jodido, con las ojeras hasta las rodillas y el cuerpo como si me hubieran pasado un camión encima. Recordé que mi carnal me había platicado de la Bedoyecta Tri San Pablo, esa inyección que te recarga las pilas como por arte de magia. "Órale, carnal, ve a la Farmacia San Pablo de la esquina, te van a poner la Bedoyecta Tri y sales como toro en celo", me dijo riendo. No lo pensé dos veces, agarré mi chamarra y salí rumbo a la sucursal más cercana en San Pablo.
El aire olía a tacos de la taquería de al lado, mezclado con el aroma fresco de las farmacias, ese olor a limpio y a medicina que te da confianza. Entré y el fresco del aire acondicionado me pegó en la cara como una caricia. Detrás del mostrador, una chava de unos veintitantos, con el uniforme blanco ajustadito que marcaba sus curvas de forma culera de tentadora. Morena clara, ojos cafés intensos que te miraban como si supieran todos tus secretos, y una sonrisa que iluminaba el lugar más que los focos LED.
"¿Qué se te ofrece, guapo?", me preguntó con voz suave, como miel caliente derramándose. Le expliqué lo de la Bedoyecta Tri San Pablo, y ella asintió, sacando la caja con esa rapidez de quien lo hace mil veces al día. "Pásale al área de inyecciones, yo te la pongo. Soy Laura, por cierto."
Me senté en la camilla, el plástico crujiendo bajo mi peso, y me remangué la camisa. El cuarto era chiquito, con posters de vitaminas en las paredes y un olor a alcohol que picaba en la nariz. Laura se acercó, su perfume floral invadiendo el espacio, dulce y embriagador, como jazmín mezclado con algo más primitivo. Limpió mi brazo con una gasa fría, el roce de sus dedos enguantados enviando un escalofrío por mi espina.
"¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es solo una inyección, no seas mamón", pensé mientras la veía inclinarte, su escote asomando justo lo suficiente para volver loco a cualquiera.
"Relájate, no duele nada la Bedoyecta Tri San Pablo", murmuró cerca de mi oído, su aliento cálido rozándome la piel. La aguja entró suave, un pinchazo rápido seguido de un ardor que se extendió como fuego líquido por mi vena. Pero no era dolor, era como si me inyectaran pura vida, energía pura bullendo en mis músculos. Ella presionó el émbolo lento, sus ojos clavados en los míos, y juro que vi un brillo juguetón ahí.
Salió la aguja y ella puso una curita con ternura, sus dedos demorándose un segundo de más en mi brazo. "Listo, en media hora vas a sentirte como nuevo. ¿Vives cerca? A veces la gente se marea un poquito al principio." Le dije que sí, que mi depa estaba a dos cuadras, y sin pensarlo, solté: "¿Quieres que te invite un café después de tu turno? Para agradecerte el servicio premium."
Se rió, una carcajada ronca y sexy que me erizó la piel. "Órale, pendejo tentador. Mi cambio es en una hora. Te espero en la puerta."
Salí de la farmacia flotando, la Bedoyecta Tri San Pablo ya haciendo su magia. El sol pegaba fuerte en la calle, pero yo sudaba de anticipación, no de calor. Caminé despacio, compré un par de chelas frías en la tienda de la esquina, el vidrio helado condensándose en mi mano. Mi mente no paraba: el roce de sus dedos, ese perfume que aún me rondaba la nariz, la forma en que su cadera se movía al caminar. Esto va a estar chido, me dije, el pulso acelerado latiéndome en las sienes.
Una hora después, Laura salió, ahora con jeans ajustados que abrazaban sus nalgas redondas y una blusa floja que dejaba imaginar lo que había debajo. Caminamos charlando pendejadas, de la ciudad loca, de cómo la Bedoyecta Tri San Pablo era el secreto de los chilangos para sobrevivir el estrés. Llegamos a mi depa, un lugar modesto pero chulo, con vista al skyline y música de fondo, un poco de cumbia rebajada para ambientar.
Abrió las chelas con un destapador, el pop resonando, y brindamos. "Por las inyecciones que despiertan más que energía", dijo guiñándome. Nos sentamos en el sofá, sus piernas rozando las mías, el calor de su muslo traspasando la tela. Hablamos de todo y nada, pero el aire se cargaba, espeso como antes de tormenta. Su mano en mi rodilla, subiendo despacio, trazando círculos que me ponían la piel en llamas.
"No mames, esto es real. Su toque quema como la inyección, pero mil veces mejor."
La besé entonces, no pude más. Sus labios suaves, sabían a menta y a deseo puro, la lengua danzando con la mía en un ritmo frenético. Sus manos en mi nuca, tirando de mi pelo, gimiendo bajito contra mi boca. La cargué al cuarto, sus piernas envolviéndome la cintura, el peso de su cuerpo perfecto contra el mío. La tiré en la cama suave, las sábanas frescas contrastando con nuestro calor.
Me quité la camisa rápido, ella se desabrochó la blusa, revelando senos firmes, pezones oscuros endurecidos por la excitación. Los besé, chupé, el sabor salado de su piel en mi lengua, su aroma almizclado subiendo desde su entrepierna. "Sí, cabrón, así", jadeó, arqueando la espalda. Mis manos bajaron a su pantalón, lo arranqué con urgencia, sus bragas húmedas pegadas a su sexo hinchado.
La toqué ahí, dedos resbalando en su humedad cálida, círculos lentos en su clítoris que la hicieron gemir fuerte, las uñas clavándose en mis hombros. Olía a ella, a mujer en celo, ese olor terroso y dulce que enloquece. Se giró, me bajó el pantalón, su boca envolviendo mi verga dura como piedra, succionando con maestría, la lengua girando en la punta, saliva caliente goteando. Puta madre, qué chingona, pensé, las caderas moviéndose solas.
La puse boca arriba, abrí sus piernas anchas, el coño rosado y brillante invitándome. Entré despacio, centímetro a centímetro, su calor apretándome como guante de terciopelo. "¡Ay, sí, métemela toda!", gritó, y empecé a bombear, fuerte, profundo, el sonido de carne contra carne llenando el cuarto, sudor perlando nuestras pieles. Sus tetas rebotando, yo lamiendo su cuello salado, mordisqueando la oreja mientras ella clavaba las uñas en mi espalda.
La volteé a cuatro patas, agarré sus caderas, embistiéndola con todo, el culo redondo temblando a cada golpe. Sus gemidos subían de tono, "¡Más duro, pendejo, no pares!", el cuarto oliendo a sexo puro, a fluidos mezclados. Sentí su orgasmo venir, su coño contrayéndose alrededor de mí, leche caliente empapándonos. No aguanté más, exploté dentro, chorros calientes llenándola, el placer cegador, pulsos interminables.
Caímos exhaustos, jadeando, su cabeza en mi pecho, el corazón tronando como tambor. El sudor enfriándose en nuestra piel, su pelo revuelto oliendo a shampoo y pasión. "Gracias por la Bedoyecta Tri San Pablo", susurró riendo bajito. "Y gracias a ti por la mejor noche en mucho tiempo."
Nos quedamos así, envueltos en las sábanas revueltas, el skyline de la ciudad brillando afuera. La energía de la inyección aún corría por mis venas, pero ahora era más que eso: era el fuego que Laura había despertado. Mañana quién sabe, pero esa noche, todo estaba perfecto.