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La Triada Ecologica del Covid 19 Desnuda

6984 palabras

La Triada Ecologica del Covid 19 Desnuda

Estábamos en plena pandemia, encerrados en mi departamento en la Condesa, aquí en la Ciudad de México. Yo, Ana, bióloga ambientalista, y mis dos colegas inseparables: Miguel, el epidemiólogo guapísimo con esa barba de tres días que me volvía loca, y Sofía, la ecóloga con curvas que quitaban el hipo y una risa que resonaba como campanitas. Habíamos convertido el estudio en un laboratorio improvisado para investigar la triada ecológica del COVID-19: el agente viral, el hospedador humano y el ambiente que todo lo conectaba. El gobierno nos había puesto en cuarentena estricta por ser equipo de alto riesgo, pero qué chido, ¿no? Nadie salía, nadie entraba, solo nosotros tres, con computadoras zumbando, tazas de café humeante y una tensión que se sentía en el aire como electricidad estática.

Desde el primer día, el ambiente estaba cargado. Miguel olía a colonia fresca mezclada con sudor de horas frente a la pantalla, un aroma que me hacía mojarme sin querer. Sofía, con su blusa ajustada que marcaba sus chichis perfectas, se inclinaba sobre la mesa para señalar gráficos, y su perfume floral me rozaba la nariz como una caricia prohibida. ¿Qué pedo conmigo?, pensé. Esto es trabajo, no un pinche antro. Pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, había un fuego latente. Discutíamos la triada con pasión: cómo el virus, ese agente cabrón, interactuaba con nuestros cuerpos vulnerables y el ecosistema alterado por la humanidad.

La primera noche, después de una sesión maratónica, Sofía sacó una botella de mezcal de Oaxaca que había escondido. "Órale, carnales, pa'l estrés del COVID", dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Nos sentamos en el sofá amplio de la sala, luces tenues del atardecer filtrándose por las cortinas. El mezcal quemaba dulce en la garganta, sabor a humo y tierra, y el calor se extendía por mi pecho hasta mi entrepierna. Miguel contaba anécdotas de campo, su mano rozando mi muslo "accidentalmente". Sentí su calor a través de los jeans, un pulso acelerado que hacía eco en mi clítoris hinchado.

Wey, si no me calmo, voy a saltarles encima, pensé. La triada ecológica del COVID-19 nos tiene aquí, conectados como el virus, el humano y el ambiente. ¿Y si nuestra conexión es más... física?

El segundo día, la tensión escaló. Trabajábamos hombro con hombro, analizando datos de cómo el ambiente urbano de la CDMX favorecía la propagación. Sofía se quejó del calor: "Hace un chingo aquí, ¿no?". Se quitó la blusa, quedando en bra deportivo negro que apenas contenía sus tetas firmes. Miguel tragó saliva, sus ojos devorándola. Yo sentí un cosquilleo en las nalgas, mi panocha palpitando. "Pásame el mouse, Ana", murmuró él, su aliento cálido en mi oreja. Nuestros dedos se tocaron, y no solté. En cambio, apreté, mirándolo fijo. Sus pupilas se dilataron, el deseo crudo como el olor a tierra mojada después de lluvia.

La noche llegó como un trueno. Cenamos tacos de suadero que pedimos por app –jugosos, grasosos, con cilantro fresco y cebolla crujiente que explotaba en la boca–. El mezcal fluía otra vez. Hablamos de la triada: "El agente nos invade, el hospedador responde, el ambiente dicta el ritmo", explicaba Miguel, pero su voz era grave, cargada. Sofía rio: "Como nosotros, ¿no? Invadiéndonos mutuamente en este encierro". Su pie rozó mi pantorrilla bajo la mesa, suave piel contra piel, enviando chispas hasta mi útero.

No aguanté más. Me paré, el corazón retumbando como tambores aztecas. "Weyes, esto de la triada ecológica del COVID-19 me tiene pensando en otras conexiones". Me acerqué a Miguel, lo besé con hambre, su lengua invadiendo mi boca como un virus dulce, sabor a mezcal y hombre. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, apretando carne suave. Sofía jadeó: "¡Qué chido, Ana! Yo también quiero". Se unió, besándome el cuello, su lengua trazando círculos húmedos que olían a vainilla. El sonido de respiraciones agitadas llenaba la sala, mezclado con el zumbido lejano de la ciudad en lockdown.

Nos movimos al dormitorio, ropa volando como hojas en vendaval. Miguel desnudo era un dios: verga erecta, gruesa, venosa, goteando precum que brillaba bajo la luz ámbar. Sofía, tetas perfectas con pezones rosados duros como piedras, panocha depilada reluciente de jugos. Yo, con mi cuerpo curvilíneo mexicano, nalgas redondas, chichis medianas pero sensibles. Caímos en la cama king size, sábanas frescas rozando piel ardiente.

Miguel me devoró los senos, succionando pezones con labios calientes, tirones que me arqueaban la espalda. ¡Ay, cabrón, qué rico chupas!, pensé. Su barba raspaba delicioso, enviando ondas de placer a mi clítoris. Sofía se montó en mi cara, su concha jugosa presionando mis labios. Lamí ávida, sabor salado-musgoso, néctar espeso cubriendo mi lengua. Ella gemía: "¡Sí, Ana, cómemela, wey! ¡Qué lengua tan chida!". Sus caderas giraban, jugos chorreando por mi barbilla, olor a sexo puro invadiendo mis fosas nasales.

La intensidad creció. Cambiamos posiciones como en un baile ritual. Yo cabalgué a Miguel, su verga llenándome hasta el fondo, estirando paredes húmedas con fricción ardiente. Cada embestida era un plaf húmedo, pelotas golpeando mi culo, sudor perlando su pecho musculoso. Sofía se frotaba contra mi espalda, sus tetas aplastadas, dedos pellizcando mi clítoris hinchado. "¡Fóllame más duro, Miguel!", grité, voz ronca. Él obedeció, caderas chocando, venas pulsando dentro de mí.

Luego, Sofía se abrió para mí. Metí dos dedos en su panocha chorreante, curvándolos contra su punto G, mientras lamía su clítoris hinchado. Miguel la penetró por atrás, su verga entrando y saliendo con sonidos chapoteantes. Ella gritaba: "¡Sí, carnales, somos la triada perfecta! ¡Agente, hospedador, ambiente en éxtasis!". El cuarto apestaba a sexo: sudor salado, jugos dulces, mezcal residual. Pieles chocaban, resbaladizas, calientes; pulsos acelerados sincronizados como ecosistemas en armonía.

El clímax nos golpeó como tormenta. Miguel gruñó, verga hinchándose, chorros calientes inundando mi interior, semen espeso goteando por mis muslos. Yo exploté, coño contrayéndose en espasmos, jugos salpicando, visión borrosa de placer cegador. Sofía se vino temblando, gritando "¡Me vengo, putamadre!", su cuerpo convulsionando entre nosotros.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones jadeantes calmándose. El aire olía a clímax compartido, pieles pegajosas entrelazadas. Miguel besó mi frente: "Eres increíble, Ana". Sofía acurrucada: "Nuestra triada ecológica del COVID-19 es más que ciencia, ¿verdad?". Reí suavemente, el corazón lleno. En ese encierro, habíamos encontrado liberación, conexión profunda más allá de virus y datos. El mundo afuera rugía con incertidumbre, pero aquí, en nuestra burbuja sensual, éramos invencibles, unidos en placer eterno.

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