Bedoyecta Tri Dosis Adulto Noche de Fuego
Estaba reventada después de un pinche día en la oficina de Polanco. El tráfico de la Ciudad de México me tenía hasta la madre y solo quería tirarme en la cama de mi depa en la Condesa. Marco, mi carnalito del alma, mi amor de cuatro años, me esperaba con una sonrisa pícara cuando crucé la puerta. Olía a tacos de suadero recién hechos, ese aroma ahumado que me hace agua la boca, mezclado con su colonia favorita, esa que huele a madera y deseo.
Ven acá, mamacita, te tengo una sorpresa pa revitalizarte
, me dijo mientras me jalaba de la cintura. Sus manos grandes y callosas, de tanto gym, me apretaron las nalgas con esa fuerza que me hace temblar. Le di un beso rápido, saboreando su boca con sabor a chela fría.
En la mesa de la cocina, vi la cajita: Bedoyecta Tri Dosis Adulto. ¿Qué chingados? pensé. Era esa inyección de vitaminas B que la gente se pone pa' aguantar todo el día sin caerse muerta. Esto te va a poner como toro mecánico, reina. Tres dosis adultas pa' que no te quedes atrás esta noche
, guiñó él, sacando la jeringa con esa seguridad de médico que tiene, aunque nomás es ingeniero.
Me reí nerviosa.
¿Y si me duele, pendejo?le pregunté, pero ya me estaba bajando los jeans ajustados. El aire fresco de la recámara me erizó la piel cuando me quedé en tanga negra. Marco me guió al sillón de piel, me puso de lado y limpió mi nalga con alcohol. El olor punzante me picó la nariz.
Relájate, güey, va a ser como un piquetito de amor.
Sentí la aguja fría pinchando mi carne suave, un ardor rápido que se expandió como fuego líquido. Neta, dolía un poquito, pero su mano acariciándome el muslo lo hacía todo eléctrico. Sacó la jeringa y besó el puntito rojo. Ya está, ahora espera que haga efecto. Te vas a sentir como diosa
.
Nos echamos unos tacos, platicando pendejadas del día. Su risa grave retumbaba en mi pecho, y poco a poco, sentí el calor subiendo desde mi nalga. Era como si mi sangre se encendiera, pulsos rápidos en las venas, un hormigueo delicioso que me bajaba hasta el entrepierna. Mis pezones se endurecieron contra la blusa, y un calor húmedo empezó a mojarme las bragas. La bedoyecta tri dosis adulto estaba haciendo de las suyas, pensé, mordiéndome el labio.
Marco lo notó al instante. ¿Ya sientes el power, chula?
Sus ojos cafés brillaban con lujuria. Me levanté y lo empujé contra la pared, mis manos temblorosas desabrochando su camisa. Olía a sudor limpio y hombre, ese olor que me vuelve loca. Le lamí el cuello, saboreando la sal de su piel, mientras él gemía bajito, Sííí, así, mija
.
Acto dos: la escalada
Nos tambaleamos hasta la recámara, iluminada solo por las luces de la ciudad que se colaban por las cortinas. El colchón king size nos recibió con su suavidad de sábanas de algodón egipcio. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi piel morena. Sus labios calientes chupaban mis tetas, la lengua girando alrededor de los pezones duros como piedras. ¡Ay, cabrón! gemí, arqueando la espalda. El hormigueo de la bedoyecta me hacía sentir cada roce como una descarga eléctrica, mi clítoris palpitando solo con su aliento cerca.
Te sientes increíble, Marco. Esa bedoyecta tri dosis adulto me tiene ardiendo por dentro, le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Él gruñó, bajándome la tanga con dientes. Su aliento caliente me rozó el monte de Venus depilado, y olí mi propia excitación, dulce y almizclada.
Estás empapada, putita rica, toda pa' mí, dijo con voz ronca, lamiéndome despacio desde el ano hasta el clítoris.
Su lengua era mágica, plana y ancha, lamiendo mis labios hinchados. Sentí el jugo chorreándome por las nalgas, el sonido chapoteante de su boca devorándome. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando fuerte mientras mis caderas se movían solas. No pares, no pares, suplicaba en mi mente. El calor de la inyección amplificaba todo: cada lamida era un rayo de placer, mi corazón latiendo como tamborazo en mis oídos.
Lo empujé pa' arriba, queriendo devolvérsela. Le bajé el bóxer y ahí estaba su verga dura, gruesa, venosa, apuntando al techo. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso caliente bajo la piel aterciopelada. Olía a macho puro, ese aroma terroso que me hace salivar. La chupé despacio, saboreando el precum salado, mi lengua girando en la cabeza hinchada. Él jadeaba, ¡Qué rico, Ana! Sigue, güera
, sus caderas empujando suave.
Pero no lo dejé acabar. Lo monté como amazona, frotando mi concha mojada en su verga. El roce era tortura deliciosa, mi clítoris deslizándose por su tronco. Te necesito adentro, ya, pensé, hundiéndome de golpe. ¡Dios mío! Llenándome hasta el fondo, estirándome perfecto. Empecé a cabalgar lento, sintiendo cada vena rozando mis paredes. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de carne contra carne llenando la habitación.
Aceleré, mis tetas botando, sus manos amasándolas. El clímax se acercaba como tormenta, mi vientre contrayéndose. ¡Más fuerte, Marco! ¡Cógeme como perra!
grité, y él volteó las posiciones, poniéndome a cuatro. Su verga me taladraba profundo, bolas golpeando mi clítoris. Olía a sexo puro, sudor y fluidos mezclados. Gemí como loca, la bedoyecta tri dosis adulto me daba stamina infinita, aguantando embestida tras embestida.
Acto tres: la liberación
El orgasmo me pegó como trenazo. Mi concha se apretó alrededor de su verga, chorros de placer saliendo de mí, mojando las sábanas. ¡Sííí, cabrón! aullé, temblando entera, uñas clavadas en su espalda. Él siguió bombeando, gruñendo, hasta que sentí su leche caliente llenándome, pulsos y pulsos de semen espeso.
Colapsamos juntos, jadeando. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besos suaves en mi cuello, su verga aún dentro, suavizándose. El aire olía a nosotros, a clímax compartido. Te amo, mi vida. Esa bedoyecta tri dosis adulto fue la mejor idea
, murmuró él, riendo bajito.
Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón calmarse. El hormigueo seguía, pero ahora era paz.
Quién diría que unas vitaminas nos pondrían así de locos. Mañana repetimos, wey, pensé, sonriendo en la oscuridad. La noche de la Ciudad nos arrullaba con sus ruidos lejanos, y yo me dormí sabiendo que nuestro fuego solo empezaba.