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El Tri Clásico Desnudo

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El Tri Clásico Desnudo

El estadio Azteca rugía como un volcán en erupción. Era el Tri Clásico, ese choque brutal entre América, Chivas y Cruz Azul que ponía a todo México de cabeza. Yo, Diego, americanista de hueso colorado, estaba en la grada sur, con la camiseta amarilla pegada al cuerpo por el sudor del mediodía. El sol quemaba la piel, el olor a chela tibia y elotes asados flotaba en el aire, y los gritos de la afición retumbaban en el pecho como tambores de guerra. Frente a mí, en la sección de Chivas, vi por primera vez a ella. Karla. Pelo negro largo, ojos cafés que brillaban con malicia, y una playera rojiblanca que abrazaba sus curvas como un guante. Neta, en medio del caos, su mirada se clavó en la mía. Me guiñó un ojo, burlona, y levantó su termo de chela como brindando por la derrota que le íbamos a dar.

¿Qué pedo con esta morra? pensé, mientras el corazón me latía más fuerte que el de los once en la cancha. El partido arrancó con todo: goles, faltas, tarjetas. Cada vez que América metía un balazo, yo volteaba a verla. Ella hacía pucheros, pero sus labios carnosos se curvaban en una sonrisa que no era de odio puro. En el medio tiempo, el marcador empatado 1-1, bajé por un taco al puesto de la esquina. Ahí estaba ella, pidiendo carnitas con todo. Nuestros brazos se rozaron al pagar, y sentí un chispazo, como estática en la piel sudada.

¡Pendejo americanista! —me soltó, riendo, con esa voz ronca que olía a chile y aventura.

Y tú chiva traidora, ¿qué haces invadiendo mi territorio? —le contesté, acercándome más de lo necesario. Su perfume, mezclado con el sudor del estadio, era un imán. Hablamos pendejadas del partido, pero los ojos se nos enredaban. Ella defendía a su Guadalajara con uñas y dientes, yo a mi Águila con el pecho inflado. Al final del medio tiempo, me dio su número en una servilleta grasienta: Después del Clásico, te enseño lo que es pasión de verdad.

El segundo tiempo fue una locura. Cruz Azul metió el segundo, pero América empató en el último minuto. El estadio explotó. Gritos, abrazos con extraños, lágrimas de euforia. Busqué a Karla en la multitud. La encontré saltando como loca, aunque su equipo no había ganado. Nuestras miradas se cruzaron de nuevo, y supe que no era solo el fútbol lo que ardía.

Salimos del Azteca juntos, esquivando el mar humano. El tráfico era un desmadre, pero agarramos un taxi hacia su depa en Polanco, cerca del estadio. En el camino, su mano rozó mi muslo. El taxista nos miró por el retrovisor, pero qué chingados. Ella se recargó en mi hombro, su aliento cálido en mi cuello.

El Tri Clásico siempre me pone cachonda —susurró, y su dedo trazó un círculo en mi pierna—. Esas rivalidades... me dan ganas de pelear y reconciliarme a puro golpe.

Mi verga se despertó al instante, presionando contra el pantalón. El taxi olía a su piel, a jazmín y deseo contenido. Llegamos a su edificio, subimos en el elevador. Apenas cerramos la puerta de su depa, nos lanzamos. Sus labios sabían a chela y salsa picante, su lengua invadiendo mi boca con la ferocidad de un contragolpe. La empujé contra la pared, mis manos en sus chichis firmes bajo la playera. Ella gimió, un sonido gutural que vibró en mi pecho.

Esto es mejor que cualquier gol de último minuto, pensé, mientras le quitaba la camiseta. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue, pezones duros como piedras preciosas.

Quítate todo, americanista —ordenó, desabrochándome el cinturón con dientes. Sus uñas arañaron mi pecho, dejando surcos rojos que ardían delicioso. Caímos en el sofá, ella encima, montándome como si cabalgara un toro en la plaza. Su coño húmedo rozaba mi pito erecto, lubricándonos mutuamente. Olía a ella, a sexo puro, ese aroma almizclado que nubla la razón.

La volteé, besando su cuello, lamiendo el sudor salado. Bajé a sus tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Karla arqueó la espalda, clavándome las uñas en la espalda.

¡Más fuerte, pendejo! ¡Como si metieras gol! —jadeó, riendo entre gemidos.

Le abrí las piernas, admirando su concha rosada, hinchada de ganas. Mi lengua exploró cada pliegue, saboreando su jugo dulce y salado. Ella se retorcía, manos en mi pelo, empujándome más adentro. Qué rica, neta, pensé, mientras su clítoris palpitaba contra mi lengua. La hice correrse primero, un chorro caliente que me empapó la cara. Gritó mi nombre, el cuerpo temblando como en tiempo de prórroga.

Ahora ella me tomó el control. Me empujó al piso, su boca envolviendo mi verga en calor húmedo. Chupaba con maestría, lengua girando en la cabeza, manos apretando mis bolas. El sonido de succión, chapoteante, se mezclaba con mis gruñidos. Olía a sexo, a sudor fresco, a victoria compartida.

Te voy a follar hasta que olvides a tu pinche América —dijo, montándome de un jalón. Su coño me tragó entero, apretado y caliente como un guante de terciopelo. Cabalgó despacio al principio, ojos fijos en los míos, pechos rebotando. Sentí cada vena de mi pito rozando sus paredes internas, pulsos acelerados uniéndose.

Acabé el ritmo, embistiéndola desde abajo. El sofá crujía, piel contra piel chapoteando. Sudábamos como en el estadio, pero este era un partido privado. La puse a cuatro patas, admirando su culo redondo. Entré de nuevo, profundo, manos en sus caderas. Cada estocada era un gol, ella respondía con gemidos que subían de tono.

El Tri Clásico nunca había sido tan chingón, se me cruzó en la mente, mientras el orgasmo se acercaba como el pitazo final.

¡Córrete conmigo, Diego! ¡Lléname! —suplicó, y eso bastó. Exploté dentro de ella, chorros calientes que la hicieron convulsionar. Su coño se contrajo, ordeñándome hasta la última gota. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, el aire cargado de nuestro olor mezclado.

Nos quedamos así un rato, enredados en el piso. Ella trazaba figuras en mi pecho con el dedo, riendo bajito.

¿Y ahora qué, rival? ¿Repetimos en la vuelta?

Neta, Karla. El Tri Clásico acaba de empezar —le contesté, besándola suave.

Después, en la ducha, el agua caliente lavó el sudor pero no la conexión. Saboreamos la piel limpia, dedos explorando de nuevo, pero con ternura. Salimos envueltos en toallas, pedimos unas chelas y tacos por app. Hablamos del partido, de la vida, de cómo la rivalidad en la cancha se traducía en fuego en la cama. No había perdedores esa noche. Solo dos cuerpos exhaustos, satisfechos, planeando el próximo Clásico con una promesa tácita de más pasión.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, la abracé fuerte. Su respiración calmada contra mi cuello era el mejor trofeo. El Tri Clásico desnudo, pensé sonriendo. Quién iba a decir que el odio futbolero terminaba en esto: paz, placer y ganas de más.

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