Deseos Ardientes en General Trias
Ana llegó a General Trias un viernes por la tarde, con el sol de la tarde tiñendo de naranja las calles empedradas del barrio residencial donde rentó su casita. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia ligera y a los jacarandas en flor que bordeaban las avenidas. Venía de la Ciudad de México buscando un cambio, un trabajo en la fábrica de autopartes que estaba en auge por aquí. No esperaba que el primer día ya sintiera ese cosquilleo en el estómago al ver a su vecino.
Javier era alto, moreno, con ojos cafés profundos y una sonrisa que parecía tallada para derretir voluntades. Estaba lavando su camioneta negra en el driveway de al lado, sin camiseta, el sudor brillando en su pecho torneado. Ana se bajó del taxi con su maleta, fingiendo no mirarlo, pero él levantó la vista y le guiñó un ojo.
¡Qué hombre, carnal! Ese güey está pa' comérselo entero, pensó ella, sintiendo un calor subirle por las piernas.
—
¡Bienvenida al vecindario, vecina! ¿Necesitas ayuda con eso?—dijo él con voz grave, secándose las manos en un trapo viejo.
Ana sonrió, el corazón latiéndole fuerte. —
¡Órale, pues sí, pendejo! No muerdo, ven.—bromeó ella, usando ese tono juguetón que siempre le salía con los tipos guapos.
En minutos, Javier ya cargaba su maleta adentro. El olor de su colonia barata mezclada con sudor masculino la invadió, y cuando rozó su brazo al pasar, fue como una descarga eléctrica. Se despidieron con promesas de una chela fría esa noche, y Ana se quedó mirando cómo se alejaba, las nalgas firmes bajo los jeans ajustados.
La noche cayó suave sobre General Trias, con grillos cantando y el rumor lejano de un mariachi en alguna fiesta cercana. Ana se duchó, poniéndose un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas húmedas. Salió al porche, y ahí estaba él con dos chelas en la mano.
Hablaron de todo: del tráfico chido comparado con el DF, de los tacos al pastor del puesto de la esquina, de cómo General Trias era un paraíso escondido con sus cerros verdes y sus noches frescas. Javier la miraba con hambre, y ella sentía su propia humedad crecer entre las piernas cada vez que él reía, mostrando dientes blancos perfectos.
—
¿Sabes qué? Eres la morra más chida que ha llegado por acá en mucho tiempo.—le dijo él, acercándose en el porche oscuro, el aliento cálido con sabor a cerveza.
Ana no se achicó. Lo tomó de la nuca y lo besó, un beso que empezó suave, labios rozando como pluma, pero que pronto se volvió feroz, lenguas enredándose con gusto a sal y alcohol. Sus manos bajaron por la espalda de él, clavando uñas en la carne dura.
¡Chingado, este vato me va a volver loca! Quiero sentirlo todo adentro ya, pensó ella mientras él la cargaba hacia su casa.
Adentro, la sala olía a madera pulida y a su aroma varonil. Javier la sentó en el sofá de piel, arrodillándose para besarle las piernas, subiendo lento por los muslos. Ana jadeaba, el vestido subiéndose solo, revelando sus bragas de encaje negro ya empapadas. Él las olió primero, gimiendo bajito.
—
Qué rico hueles, nena. Me traes loco con ese olor a mujer en calor.
Ella abrió las piernas, invitándolo. Su lengua tocó primero el encaje, luego lo apartó con dientes suaves, lamiendo el clítoris hinchado. Ana gritó, arqueando la espalda, el placer como fuego líquido recorriéndole la piel. El sonido húmedo de su boca chupando, los gemidos roncos de él, el sabor salado de su propia excitación cuando él metió dos dedos gruesos adentro, curvándolos justo en ese punto que la hacía ver estrellas.
Pero no quería acabar así. Lo jaló arriba, quitándole la playera con prisa. Sus tetas rebotaron libres cuando él le sacó el vestido, y Javier las devoró, mamando pezones duros como piedras, mordisqueando hasta que dolía rico. Ana metió mano en sus pantalones, sacando la verga erecta, gruesa y venosa, palpitando en su palma. La masturbó lento, sintiendo el calor y la humedad del precum en la punta.
—
¡Métemela ya, cabrón! No aguanto más.—suplicó ella, guiándolo a su entrada.
Él empujó despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, el olor almizclado de sus sexos uniéndose llenando la habitación. Ana clavó uñas en su espalda, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas. Empezaron lento, ritmos profundos que hacían crujir el sofá, piel contra piel chapoteando, sudor goteando entre ellos.
La tensión crecía como tormenta. Javier la volteó a cuatro patas, embistiéndola fuerte desde atrás, una mano en su clítoris frotando en círculos, la otra jalándole el pelo suave. Ana gritaba, el placer acumulándose en su vientre, oleadas que la hacían temblar. ¡Más, más fuerte, no pares, mi amor!
Él gruñía como animal, el culo chocando contra su pelvis, bolas golpeando suave. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando, uñas marcando su pecho. El sabor de su boca cuando se besaban, mezcla de sudor y saliva, era adictivo. Sintió el orgasmo venir, un tsunami que la rompió en pedazos, contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando sus muslos.
Javier no tardó, embistiendo tres veces más antes de correrse adentro, chorros calientes llenándola, gimiendo su nombre contra su cuello. Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas, el corazón de él latiendo contra el suyo como tambores.
Después, en la cama king size con sábanas frescas, se acurrucaron. El aire nocturno de General Trias entraba por la ventana abierta, trayendo olor a pino y jazmín. Javier le acariciaba el cabello, besándole la frente.
—
Eres increíble, Ana. Quédate conmigo esta noche... y todas las que quieras.
Ella sonrió, sintiendo una paz profunda, el cuerpo saciado pero ya anhelando más. General Trias no es solo un pueblo, es el inicio de algo chingón, pensó, mientras se dormía en sus brazos fuertes.
Al amanecer, el sol pintaba sus cuerpos desnudos de dorado. Se despertaron con besos perezosos que pronto volvieron a encenderse. Esta vez fue lento, sensual: él lamiéndole el cuello, ella chupando su verga hasta la garganta, saboreando cada gota. La follaron de lado, cucharita, susurrándose guarradas al oído.
—
Te voy a llenar otra vez, mi reina.
—
Sí, hazlo, amor. Soy tuya.
El clímax los unió de nuevo, ondas de placer puro, y después, desayuno de chilaquiles en la cocina, riendo como viejos amantes. Ana sabía que General Trias le había dado más que un hogar: le había regalado pasión eterna.