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Desnudando la Tríada del Proceso Salud Enfermedad

7157 palabras

Desnudando la Tríada del Proceso Salud Enfermedad

Estaba yo ahí en mi depa de la Roma, con los libros de enfermería regados por todos lados, sintiendo cómo el estrés me carcomía por dentro. Neta, el pinche semestre me tenía hasta la madre. Estudiaba la tríada del proceso salud enfermedad, esa onda del agente, el huésped y el ambiente que determina si te enfermas o te la llevas chido. Pero en mi caso, el agente era puro desmadre acumulado, yo era el huésped hecho mierda y el ambiente de la ciudad con su smog y ruido no ayudaba un carajo.

Marco, mi carnalazo, entró con esa sonrisa pícara que siempre me hace derretir. "Órale, morra, ¿qué onda con esa cara de muerta? " dijo mientras me abrazaba por la espalda, sus manos grandes y cálidas posándose en mi panza. Olía a él, a jabón fresco mezclado con el sudor ligero del gym. Lo jalé hacia mí, necesitando ese contacto como agua en el desierto.

"Es la tríada esa, wey. Me siento enferma de puro estrés", le confesé, recargando la cabeza en su pecho. Su corazón latía fuerte, un ritmo que me tranquilizaba. Ahí nomás, sonó el timbre. Era Lupe, nuestra amiga de la uni, la que siempre anda con esa vibra sensual, curvas que hipnotizan y ojos que prometen pecados. La neta, siempre hubo química entre los tres, pero nunca la habíamos soltado.

"Traje tequila y ganas de desestrés", dijo Lupe con guiño, sacudiendo una botella. Nos reímos, y de repente el ambiente cambió. El aire se cargó de algo eléctrico, como antes de la lluvia en DF. Nos sentamos en el sofá, yo en medio, con Marco a un lado frotándome el cuello y Lupe al otro, ofreciéndome un trago. El tequila bajó ardiente por mi garganta, despertando sabores dulces y un calor que se extendía hasta mis muslos.

¿Y si la tríada del proceso salud enfermedad se aplica aquí? pensé, mientras las manos de ellos me rozaban. Marco, el agente provocador con su deseo constante; yo, el huésped receptivo; y Lupe trayendo el ambiente perfecto de complicidad. Sentí un cosquilleo en la piel, el principio de la tensión que tanto estudiaba en mis libros.

La plática fluyó, pero las miradas se volvieron intensas. Marco me besó el hombro, suave al principio, como probando. "Relájate, mi reina", murmuró, su aliento caliente contra mi oreja. Lupe no se quedó atrás; su mano subió por mi muslo, dedos juguetones trazando círculos sobre la tela de mis shorts. "Déjame ayudarte a sanar, Ana", susurró, voz ronca que me erizó la piel.

El corazón me martilleaba, un tambor en el pecho. Me giré hacia Marco, capturando sus labios en un beso hambriento. Sabía a tequila y a él, esa mezcla adictiva. Lupe se acercó, besando mi cuello, lengua húmeda dejando rastros de fuego. Olía a vainilla y deseo, su perfume invadiendo mis sentidos. Mis manos temblaban mientras desabotonaba la camisa de Marco, sintiendo el calor de su pecho desnudo, músculos tensos bajo mis palmas.

"Qué chido se siente esto", gemí, rompiendo el beso. Nos paramos, un enredo de cuerpos camino al cuarto. La luz tenue de las velas que prendí antes pintaba sombras danzantes en las paredes. Caímos en la cama king size, sábanas frescas rozando mi piel ardiente. Marco me quitó la blusa con delicadeza, exponiendo mis tetas al aire. Sus ojos se oscurecieron de lujuria. "Estás preciosa, neta", dijo, bajando la boca a un pezón, succionando suave hasta que arqueé la espalda.

Lupe se desvistió despacio, un show que me dejó sin aliento. Su cuerpo moreno, curvas perfectas, el vello púbico recortado invitando. Se acostó a mi lado, besándome profundo, lenguas enredándose en un baile húmedo. Probé su sabor, salado y dulce, mientras Marco bajaba mis shorts, besando mi vientre, mi monte de Venus. "Abre las piernas, amor", pidió, y obedecí, exponiéndome.

El ambiente era puro vicio: gemidos bajos, el crujir de la cama, olor a sexo empezando a impregnar el cuarto. Marco lamió mi clítoris, lengua experta girando, chupando, haciendo que mis caderas se movieran solas. "¡Ay, wey, qué rico!" grité, agarrando las sábanas. Lupe me besaba los senos, pellizcando pezones, su mano bajando a unirse a Marco, dedos hundiéndose en mi humedad.

"Esto es la tríada perfecta", pensé en medio del delirio. "El agente de placer, mi cuerpo como huésped ansioso, y este ambiente de entrega total curando mi estrés como por arte de magia."

La intensidad subía. Cambiamos posiciones; yo encima de Marco, su verga dura pulsando contra mi entrada. La tomé, guiándola dentro de mí, centímetro a centímetro. Gemí al sentirlo llenarme, grueso y caliente, estirándome delicioso. "Muévete, morra", urgió él, manos en mis caderas. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada roce, el slap de piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos.

Lupe se arrodilló frente a mí, besando mi boca mientras yo follaba a Marco. Luego bajó, lamiendo donde nos uníamos, lengua en mi clítoris y en las bolas de él. El placer era abrumador, ondas de éxtasis subiendo por mi espina. "¡No pares, pinche Lupe!" supliqué, voz entrecortada. Marco empujaba desde abajo, profundo, golpeando ese punto que me volvía loca.

El clímax se acercaba como tormenta. Cambiamos otra vez: Lupe debajo de mí, en 69, su coño depilado frente a mi cara, oliendo a miel y excitación. La lamí ansiosa, lengua hurgando pliegues jugosos, saboreando su flujo. Ella gemía en mi clítoris, vibraciones que me mataban. Marco detrás, penetrándome por atrás, lento y posesivo. "Somos la tríada, cabrones", gruñó, y neta, lo éramos.

Los sentidos explotaban: vista de cuerpos entrelazados brillantes de sudor; sonidos de chupadas húmedas, gemidos roncos, "¡Sí, así!"; tacto de piel resbalosa, dedos clavándose; olor almizclado del sexo; gusto salado en mi lengua. La tensión creció, espiral infinita, hasta que rompí.

"¡Me vengo, weyes!" chillé, cuerpo convulsionando, paredes apretando la verga de Marco mientras lamía a Lupe a través de su propio orgasmo, jugos inundándome la boca. Marco se corrió segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo mi nombre. Lupe temblaba debajo, piernas apretándome la cabeza.

Colapsamos en un montón jadeante, corazones galopando al unísono. Marco me besó la frente, Lupe acurrucada en mi pecho. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda. "Ves, la tríada del proceso salud enfermedad no solo es teoría", murmuré riendo bajito. "Aquí la vivimos: placer como agente sanador, nuestros cuerpos como huéspedes felices, y este amor como ambiente perfecto."

Nos quedamos así, piel con piel, risas suaves rompiendo el silencio. El estrés se había ido, reemplazado por una paz chida, como si hubiéramos hackeado la vida misma. Marco y Lupe asintieron, besándome alternadamente. En ese momento, supe que esto no era solo un desmadre de una noche; era el inicio de algo más grande, una tríada que equilibraba salud y deseo para siempre.

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