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El Sabor Ardiente del Mezcal El Tri Precio

6739 palabras

El Sabor Ardiente del Mezcal El Tri Precio

Entras al bar de la colonia Roma, el aire cargado de humo de carbón y risas roncas. La noche mexicana palpita con el ritmo de un mariachi lejano, y el olor a limón quemado y tierra húmeda te envuelve como un abrazo traicionero. Tus ojos recorren las mesas de madera astillada hasta que lo ves: él, sentado en la barra, con una botella de mezcal El Tri precio justo frente a él. Ese mezcal el tri precio que todos comentan, caro como el demonio pero con un sabor que quema el alma.

Te acercas, el tacón de tus botas resonando contra el piso de cemento pulido. ¿Qué pedo, carnal? ¿Ese mezcal el tri precio te tiene tan pensativo? le dices con una sonrisa pícara, sentándote a su lado. Él gira la cabeza, sus ojos oscuros como el fondo de un barranco oaxaqueño, y te recorre de arriba abajo. Lleva una camisa guayabera entreabierta, dejando ver el vello negro en su pecho bronceado.

—Órale, güeyita, siéntate. Este mezcal El Tri precio está para compartirlo con alguien que lo entienda —responde con voz grave, como grava rodando bajo las ruedas de un troca.

El cantinero sirve dos copitas, el gusano flotando en el fondo como un secreto sucio. El primer trago te raspa la garganta, un fuego ahumado que baja hasta el estómago y despierta algo profundo en tu vientre. Huele a maguey tostado, a humo de fogata en la sierra. Charlan de la vida, de cómo el mezcal El Tri precio no es cualquier cosa, que su precio alto vale cada gota porque te hace sentir vivo, cabrón vivo.

Te ríes de sus chistes, tu mano roza la suya al tomar la sal del borde del vaso. Su piel es cálida, callosa de quien trabaja con las manos, y un cosquilleo sube por tu brazo.

¿Qué chingados me pasa? Este pendejo me prende con solo mirarme.
Piensas, mientras el mezcal afloja las riendas de tu deseo.

La barra se llena de gente, cuerpos sudados rozándose, pero entre ustedes hay un espacio cargado de electricidad. Él se inclina, su aliento mezclado con el agave te roza la oreja:

—Ven, vamos a un rincón más chido. Quiero que pruebes esto de verdad.

Lo sigues a una mesa apartada, semioculta por cortinas de cuentas. El segundo trago es más intenso, el líquido viscoso deslizándose por tu lengua, despertando sabores ahumados que te hacen cerrar los ojos. Sus dedos trazan un camino lento por tu antebrazo, dejando rastros de calor. Hablan de noches locas en la Ciudad, de cómo el mezcal El Tri precio es como el amor: cuesta, pero te deja temblando.

Tu pulso se acelera, el corazón latiendo como tambores en una fiesta de pueblo. Su rodilla presiona contra la tuya bajo la mesa, un roce deliberado que envía ondas de placer a tu entrepierna. Mierda, ya estoy mojada, admites en silencio, sintiendo la humedad crecer entre tus muslos. Él nota tu respiración agitada, su mano sube a tu nuca, masajeando con pulgares firmes.

—Estás rica, ¿sabes? Como este mezcal, fuerte y dulce al final —murmura, sus labios a centímetros de los tuyos.

El beso llega como un rayo, su lengua invadiendo tu boca con el sabor persistente del gusano y el limón. Gimes bajito, tus uñas clavándose en su espalda a través de la tela. El bar desaparece, solo existe el calor de su cuerpo pegado al tuyo, el sudor perlando su frente, el olor masculino mezclado con el humo del mezcal.

Te levantas, lo jalas de la mano hacia la salida trasera. El callejón es estrecho, iluminado por una luna pendeja que todo lo ve. Aprietas tu cuerpo contra la pared de adobe, él te sigue, sus caderas encajando perfectas en las tuyas. Sus manos exploran tus curvas, amasando tus nalgas con urgencia contenida.

¡Chíngame ya, cabrón! —le exiges, la voz ronca de necesidad.

Pero él frena, ojos brillando con picardía.

Este güey sabe jugar, no es de los que corren.
Piensas, mientras desabrocha tu blusa con dedos temblorosos. Tus tetas saltan libres, pezones duros como piedras de mezcal. Los chupa con hambre, la lengua girando en círculos que te hacen arquear la espalda. El sonido de su succión húmeda se mezcla con tus jadeos, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego en tu piel.

Le bajas el pantalón, tu mano envuelve su verga gruesa, palpitante, venosa como un maguey maduro. La acaricias despacio, sintiendo el pulso acelerado bajo tu palma, el calor irradiando. Él gruñe, un sonido animal que te empapa más. Te sube la falda, dedos hundiéndose en tu panocha resbaladiza, frotando el clítoris con maestría.

—Estás chingona de mojada, mi amor —dice, metiendo dos dedos que te follan lento, curvándose justo en ese punto que te hace ver estrellas.

El placer sube en oleadas, tus caderas moviéndose al ritmo de su mano. El olor a sexo crudo llena el callejón, almizcle y sudor. Lo empujas contra la pared ahora, te arrodillas, el piso raspando tus rodillas pero no importa. Su verga entra en tu boca, salada y caliente, la chupas con avidez, lengua lamiendo el glande mientras él agarra tu pelo.

¡Qué sabroso pendejo! Gimes alrededor de su carne, el sonido vibrando en él. Se retuerce, jurando en voz baja.

Te pone de pie, te gira, falda arriba. Su verga presiona tu entrada, resbalando en tu jugo. Entras despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso te hace morderte el labio hasta sangrar un poquito. Llenándote por completo, sus bolas golpeando tu culo con cada embestida.

—Más fuerte, pinche semental —suplicas, empujando hacia atrás.

Él obedece, follándote con fuerza, el slap-slap de piel contra piel ecoando. Tus paredes lo aprietan, el orgasmo construyéndose como tormenta en la sierra. Sientes cada vena, cada pulso, el sudor goteando de su pecho a tu espalda. El mundo se reduce a eso: su verga en ti, tus gemidos ahogados, el mezcal aún quemando en tu garganta.

Explotas primero, un grito rasgado saliendo de tu pecho mientras ondas de placer te sacuden, piernas temblando. Él te sigue, gruñendo como toro, llenándote con chorros calientes que se derraman por tus muslos. Se queda dentro, jadeando, besando tu cuello sudoroso.

Se separan despacio, el aire fresco calmando la piel enrojecida. Se arreglan la ropa, riendo bajito como cómplices. —Ese mezcal El Tri precio nos costó caro, pero valió cada peso —dice él, guiñándote.

Vuelven al bar por la última copita, el sabor ahora más dulce, cargado de recuerdos frescos. Te mira con promesa de más noches, y tú sabes que el precio del deseo siempre se paga con gusto. El mezcal baja suave, dejando un afterglow que dura hasta el amanecer.

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