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XXX Trios Swinger en la Noche Ardiente

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XXX Trios Swinger en la Noche Ardiente

La brisa del mar de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras el sol se ponía en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. Yo, Ana, estaba en la terraza de nuestra casa playera, con un vestido ligero que se pegaba a mis curvas por la humedad del aire salado. Carlos, mi carnal de tantos años, salía de la cocina con tres tequilas reposados en las manos, el olor fuerte y ahumado del agave flotando ya en el ambiente. Esta noche va a ser la buena, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mi entrepierna.

Marco llegó puntual, como siempre, con esa sonrisa pícara que lo hacía tan chido. Era nuestro amigo de la uni, alto, moreno, con músculos marcados de tanto surfear. "¡Órale, pinches calientes! ¿Listos pa'l desmadre?", dijo riendo mientras nos abrazaba, su cuerpo duro rozando el mío un segundo de más. Carlos y yo nos miramos, cómplices. Habíamos platicado mil veces de esto, de abrirnos a un xxx trios swinger, de probar esa fantasía que nos ponía a mil en la cama. Neta, el morbo nos comía vivos.

Nos sentamos en los sillones de mimbre, el sonido de las olas rompiendo en la playa de fondo, como un ritmo sensual que nos iba calentando. El tequila bajaba suave, quemando la garganta y soltando las lenguas. "Chequen esto", dijo Carlos sacando su cel, "encontré un video de xxx trios swinger que parece sacado de un sueño". Lo pusimos en la tele grande, y ahí estaban: cuerpos entrelazados, gemidos roncos, pieles brillando de sudor. Mi pulso se aceleró, el calor subiendo por mis muslos.

¿Y si nosotros? ¿Será tan cabrón como se ve?
Marco se acercó más, su pierna tocando la mía. "Neta, Ana, estás preciosa con ese vestido. Se te marcan las chichis de una forma que me está volviendo loco".

La tensión crecía como la marea. Carlos me besó el cuello, su aliento caliente oliendo a tequila y deseo. "Mi amor, ¿estás lista pa' esto?", murmuró. Asentí, mi voz saliendo ronca: "Sí, wey, órale". Marco se unió, su mano grande subiendo por mi muslo, rozando la piel suave hasta llegar al borde de mis panties húmedas ya. El tacto era eléctrico, como chispas en la piel. Me recargué en Carlos, besándolo profundo, lenguas enredadas con sabor salado, mientras Marco me bajaba el vestido, exponiendo mis pechos al aire fresco de la noche. Sus labios se cerraron en un pezón, chupando suave al principio, luego con hambre, el sonido húmedo mezclándose con mi primer gemido.

Nos movimos adentro, a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. El cuarto estaba iluminado solo por velas, sombras danzando en las paredes como testigos mudos. Me quitaron la ropa entre besos y risas nerviosas, sus manos explorando cada curva. Carlos lamió mi concha despacio, su lengua experta saboreando mis jugos dulces y salados, mientras Marco me besaba la boca, su verga dura presionando mi mano. Puta madre, qué rico se siente esto, pensé, el placer subiendo en oleadas. "Estás chorreando, mi reina", gruñó Carlos, metiendo dos dedos que me hacían arquear la espalda.

La escalada fue gradual, como un fuego que se aviva poquito a poquito. Me puse de rodillas, mamando la verga de Marco, gruesa y venosa, con ese sabor almizclado que me volvía loca. Carlos se paró atrás, frotando su pija contra mi culo, lubricándola con mi propia humedad. "Te voy a meter despacito, ¿eh?", dijo, y entró suave, llenándome hasta el fondo. El estirón era delicioso, dolorcito que se convertía en éxtasis puro. Marco gemía en mi boca: "¡Qué chida chupas, Ana! No pares, carnala". Nos movíamos en ritmo, piel contra piel chapoteando, sudor goteando, olores de sexo crudo impregnando el aire – ese almizcle animal mezclado con el salitre del mar.

El medio del desmadre fue una vorágine. Cambiamos posiciones como en esos xxx trios swinger que tanto veíamos. Marco me tumbó boca arriba, abriéndome las piernas anchas, su verga embistiéndome con fuerza mientras Carlos me mamaba las tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Sentía sus pulsos acelerados contra mi cuerpo, corazones latiendo al unísono. "¡Más duro, pendejos! ¡Córanme!", grité, las uñas clavándose en sus espaldas. El cuarto se llenaba de jadeos, de "¡Ay, qué rico!" y "¡No mames, qué prieta!". Mi clítoris palpitaba, hinchado, y cuando Marco lo rozó con el pulgar, exploté en un orgasmo que me dejó temblando, chorros calientes salpicando sus bolas.

Pero no pararon. Carlos me volteó a cuatro patas, metiéndomela por atrás mientras yo mamaba a Marco de nuevo. El sabor de mi propia excitación en su verga me ponía más caliente. Sus manos en mi cabello, guiándome, pero suave, todo con consentimiento puro, miradas que pedían permiso y recibían "sí" con sonrisas. La fricción era brutal, placentera, mi concha apretándolos como guante.

Esto es lo que soñábamos, neta el paraíso swinger
. Marco se corrió primero, chorros espesos y calientes en mi garganta, tragando con gusto ese sabor salado y amargo. Carlos lo siguió, llenándome el coño de leche tibia que chorreaba por mis muslos.

Caímos exhaustos en un enredo de piernas y brazos, el afterglow envolviéndonos como una manta suave. El sudor secándose en la piel, respiraciones calmándose al ritmo de las olas lejanas. Carlos me besó la frente: "Te amo, mi vida. ¿Estuvo chido?". Marco rio bajito: "Pinche trío de otro nivel, weyes". Yo, con el cuerpo pesado de placer, solo atiné a sonreír. Esto nos unió más, nos abrió puertas nuevas sin romper nada. Afuera, la luna brillaba sobre el Pacífico, testigo de nuestra noche de xxx trios swinger.

Nos quedamos platicando hasta el amanecer, tequila en mano otra vez, planeando la próxima. No había celos, solo risas y caricias perezosas. Mi piel aún hormigueaba con el recuerdo de sus toques, el olor a sexo persistiendo en las sábanas. En ese momento supe que esto era nuestro nuevo normal, un mundo de placer compartido, consensual y cabrón de chido. La vida en Vallarta acababa de volverse infinita.

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