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Pasiones en el Tri Complex

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Pasiones en el Tri Complex

Me mudé al Tri Complex un viernes por la tarde, con el sol de la Ciudad de México pegando fuerte en las tres torres que formaban ese condominio chido en Polanco. El aire olía a jazmín de los jardines y a ese asfalto caliente que tanto me gustaba. Mi departamento en la torre C era un sueño: vistas al skyline, balcón amplio y vecinos que, según el agente, eran "gente bien". No tenía idea de lo bien que lo entendería pronto.

Al día siguiente, mientras desempacaba, escuché risas desde el balcón de al lado. Salí a curiosear y ahí estaban: Marco y Luis, dos morros guapísimos, bronceados por el gym, con playeras ajustadas que marcaban sus pechos y brazos. Marco, el de ojos verdes y sonrisa pícara, me saludó primero.

Órale, qué buena onda que ya te instalaste, vecinita. Soy Marco, y este pendejo es Luis. ¿Quieres una chela fría para bautizar el balcón?

Su voz grave me erizó la piel, y el olor a su colonia, algo cítrico y macho, me llegó directo al estómago. Luis, más callado pero con una mirada que prometía travesuras, asintió con una guiñada. Acepté, neta, ¿quién rechazaría eso? Nos sentamos en sus sillas de jardín, platicando de la vida en el Tri Complex. Contaron que vivían juntos en la torre B, que el gym del complejo era brutal y que las fiestas en la azotea eran legendarias.

Desde ese momento, sentí un cosquilleo. No era solo su físico –que ya valía la pena–, sino esa química entre ellos, como si compartieran secretos. Yo, Ana, de 28 años, soltera después de un desmadre con mi ex, necesitaba justo eso: desmadre bueno. Pero gradual, ¿no? No soy de las que se avientan de cabeza.

Los días siguientes fueron un juego de miradas. En el elevador, Marco rozaba mi mano "sin querer", y Luis me mandaba memes calientes por WhatsApp. Una noche, me invitaron a su depa para ver el partido. Llegué con jeans ajustados y un top escotado, el corazón latiéndome como tambor. Su lugar olía a tacos al pastor recién hechos –habían pedido de El Califa– y a cerveza artesanal.

Nos reímos, bebimos, y la tensión creció como el calor de la noche. Marco se sentó a mi lado, su muslo pegado al mío, cálido y firme. Luis enfrente, observándonos con ojos hambrientos. Hablamos de todo: de lo pinche complicado que es el amor moderno, de tríos que habíamos probado o soñado.

¿Y tú, Ana? ¿Te late la idea de un tri? Aquí en el Tri Complex todo es posible, ¿eh?

Dijo Marco, su aliento con sabor a limón y sal rozando mi oreja. Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza: pezones duros, calor entre las piernas. "Simón", murmuré, "pero con confianza total". Ellos sonrieron, y Luis se acercó, su mano grande en mi rodilla, subiendo despacio.

El beso empezó con Marco: labios suaves pero firmes, lengua explorando mi boca con hambre contenida. Sabía a tequila reposado, dulce y ardiente. Luis observaba, tocándose por encima del pantalón, lo que me puso más caliente. Luego cambió: Luis me devoró, más agresivo, mordisqueando mi labio inferior mientras Marco besaba mi cuello, chupando la piel hasta dejarme marcas rosadas.

Me quitaron la blusa con manos temblorosas de deseo. Mis tetas quedaron al aire, pezones oscuros y erectos bajo la luz tenue del depa. Marco los lamió primero, succionando con un slurp húmedo que resonó en la sala, mientras Luis desabrochaba mis jeans. El aire fresco del AC contrastaba con sus bocas calientes, y olía a mi propia excitación, ese musk femenino mezclado con su sudor.

Esto es lo que necesitaba, wey. Dos hombres que me miran como si fuera la neta, que me tocan como si no hubiera mañana.

Me llevaron al sofá, yo en medio, desnuda ya. Sus cuerpos presionaban contra mí: Marco atrás, su verga dura contra mi culo, frotándola despacio; Luis adelante, besando mi vientre, bajando a mi coño depilado. Lamidas lentas, su lengua plana recorriendo mis labios mayores, saboreando mi humedad salada. Gemí, arqueándome, el sonido de mi voz ronca rebotando en las paredes del Tri Complex.

Marco me susurró al oído: "Mamacita, estás chingona. Déjanos complacerte". Introduje sus cabezas entre mis piernas alternadamente. Luis metió dos dedos, curvándolos contra mi G, mientras Marco me besaba los pechos. El placer subía en olas: pulsos en mi clítoris, contracciones internas, olor a sexo impregnando el aire.

Quería darles. Los hice pararse, arrodillándome. Sus vergas saltaron libres: Marco grueso y venoso, Luis larga y curva. Las tomé en mis manos, piel sedosa sobre acero duro, venas latiendo. Chupé a Marco primero, garganta profunda, saliva goteando, su gemido gutural como música. Luego Luis, lamiendo sus huevos salados, mientras le pajeaba a Marco. Ellos se miraban, tocándose el pecho, esa conexión homoerótica me volvía loca.

La escalada fue natural. Me recostaron, Marco entró primero: lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Su calor, su grosor estirándome, me hizo gritar. Luis en mi boca, follándome la garganta suave. Ritmo sincronizado: embestidas profundas, sonidos de carne contra carne, plaf plaf, sudor resbalando por sus torsos definidos.

Pinche paraíso. Sentirlos a los dos, suaves y rudos, me hace sentir reina del Tri Complex.

Cambiaron: Luis adentro, más rápido, golpeando mi cervix con placer doloroso. Marco me comía los pechos, pellizcando pezones. Mi orgasmo llegó como tsunami: visión borrosa, cuerpo convulsionando, chorro caliente salpicando sus abdominales. Ellos no pararon, prolongando mis espasmos con roces expertos.

Para el clímax, me pusieron a cuatro. Marco en mi coño, Luis en mi culo –había aceite, todo lubricado y consensuado–. Doble penetración: plenitud abrumadora, nervios encendidos, fricción deliciosa. Gemían mi nombre, "Ana, Ana", sus manos en mis caderas, nalgadas suaves que ardían placenteramente. Olía a semen próximo, a nuestra unión primal.

Explotaron casi juntos: Marco dentro, caliente y espeso, Luis en mi espalda, chorros pegajosos. Yo corrí otra vez, temblando, piernas débiles. Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas, piel pegajosa.

Después, en la ducha compartida –el baño de su depa era enorme–, nos lavamos mutuamente con jabón que olía a coco. Risas, besos tiernos. Marco preparó cafecito de olla, Luis trajo fruta fresca. Sentados en la cama, envueltos en sábanas, platicamos del futuro.

"Esto del Tri Complex no es solo el edificio, ¿eh? Somos nosotros tres ahora", dijo Luis, acariciando mi muslo. Marco asintió, su mano en la de él. Sentí paz, empoderada, deseada. No era solo sexo; era conexión, confianza, un triángulo perfecto en medio del caos citadino.

Desde esa noche, el Tri Complex se volvió mi hogar de verdad. Miradas en el lobby, quickies en la azotea, noches eternas. Neta, la vida es chida cuando te avientas con el corazón abierto.

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