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El Trio Ardiente Trans Mujer y Hombre

7370 palabras

El Trio Ardiente Trans Mujer y Hombre

La noche en Puerto Vallarta caía como un manto caliente y pegajoso, con el olor a sal del mar mezclándose con el humo de las fogatas en la playa. Tú, Javier, estabas en ese beach club exclusivo, rodeado de luces neón y música reggaetón que retumbaba en el pecho. Habías venido de vacaciones, buscando desconectar del pinche estrés de la ciudad, y de repente, ahí estaban ellas: Ana y Carla. Ana, con su piel morena brillando bajo las luces, curvas que se movían como olas al bailar, y Carla, una diosa trans con piernas interminables, labios carnosos y una mirada que te clavaba como un puñal de deseo. Neta, el corazón te latió fuerte cuando las viste reír juntas, coqueteando con el bartender.

Te acercaste con una cerveza en la mano, sintiendo el sudor resbalando por tu espalda. Órale, no seas pendejo, Javier, ve por ellas, pensaste. "Qué onda, morras, ¿se la pasan chido aquí?", les dijiste con esa sonrisa pícara que siempre te saca de apuros. Ana te miró de arriba abajo, lamiéndose los labios. "Sí, wey, pero ahora que llegaste tú, se pone más interesante". Carla soltó una carcajada ronca, sexy, y te rozó el brazo con sus uñas pintadas de rojo. "Un trio trans mujer y hombre suena a planazo, ¿no?". Sus palabras te cayeron como gasolina al fuego. Hablaron un rato, bailaron pegaditos, sus cuerpos rozándose contra el tuyo, el calor de sus pieles filtrándose a través de la ropa fina.

¿Esto está pasando de veras? Dos mujeres así de calientes queriendo algo conmigo. Siento su aliento en mi cuello, huele a vainilla y tequila.

La tensión crecía con cada roce accidental. Ana te susurró al oído: "Vamos a mi suite, Javier, hay vistas al mar que te van a volar la cabeza". Carla asintió, mordiéndose el labio inferior. Sí, todo consensual, todo puro fuego mutuo. Subieron al elevador del hotel, el aire cargado de promesas. Sus manos ya exploraban: la de Ana en tu pecho, la de Carla bajando por tu espalda. El ding del elevador fue como un disparo de salida.

En la suite, las luces tenues pintaban sus siluetas contra las cortinas ondeantes. El balcón abierto dejaba entrar la brisa salada y el rumor de las olas. Ana se quitó el vestido rojo de un tirón, revelando senos firmes y un tanga negro que apenas cubría su monte de Venus depilado. "Ven, papi", te dijo con voz ronca. Carla, más lenta, se desabrochó el top, dejando ver sus pechos perfectos, implantes que se veían naturales, y luego la falda, mostrando su miembro semierecto bajo la lencería de encaje. Tú te quitaste la camisa, sintiendo cómo tu verga ya palpitaba dura contra los jeans.

Se acercaron las dos, como lobas en celo. Ana te besó primero, su lengua invadiendo tu boca con sabor a piña colada, dulce y pegajosa. Sus manos desabrocharon tu cinturón, mientras Carla te lamía el cuello, mordisqueando la piel hasta dejarte escalofríos. Pinche paraíso, sus tetas contra mi pecho, suaves como almohadas calientes. Te llevaron a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo el peso de tres cuerpos ansiosos.

La escalada fue gradual, deliciosa. Empezaron por besos en cadena: tú a Ana, Ana a Carla, Carla de vuelta a ti. Sus labios eran fuego líquido. Ana se montó en tus muslos, frotando su coño húmedo contra tu erección aún encerrada. "Sácatela, wey, la quiero sentir", jadeó. La liberaste, y ella gimió al ver tu verga gruesa, venosa, lista. Carla se arrodilló entre tus piernas, su aliento caliente rozando la punta. "Déjame probarte primero", murmuró, y su boca te envolvió, chupando con maestría, la lengua girando alrededor del glande como un remolino. Sabía a sal y pre-semen, su saliva goteando por tus bolas.

¡Qué chingón! Su boca es un horno húmedo, succiona como si quisiera tragarme entero. Ana me besa mientras, sus pezones duros contra mi piel.

Ana no se quedó atrás. Se giró, ofreciéndote su culo redondo, y tú lo lamiste, hundiendo la cara entre sus nalgas. Su sabor era almizclado, excitante, jugos corriendo por tus labios. "¡Sí, Javier, cómemela rica!", gritó ella, empujando contra tu lengua. Carla se unió, besando a Ana mientras su mano pajeaba tu verga, sincronizada con los gemidos. El cuarto olía a sexo: sudor, lubricante natural, perfume floral de ellas mezclado con tu aroma masculino. Los sonidos eran una sinfonía: chupadas húmedas, jadeos entrecortados, la cama rechinando.

La intensidad subía como la marea. Cambiaron posiciones. Tú te recostaste, Ana cabalgándote despacio al principio, su coño apretado tragándote centímetro a centímetro. "¡Ay, cabrón, qué grande la tienes!", exclamó, rebotando con ritmo, sus tetas saltando hipnóticas. Carla se sentó en tu cara, su verga dura rozando tus labios. La chupaste por primera vez, salada y venosa, sorprendentemente suave. Ella gimió profundo, "¡Qué rico, amor, no pares!". Sus bolas peludas rozaban tu barbilla, el vello suave contra tu piel.

El conflicto interno te azotaba: ¿Soy capaz de esto? Tres cuerpos enredados, pero neta, se siente tan bien, tan correcto. Ana aceleró, su clítoris hinchado frotándose contra tu pubis, gimiendo en mexicano puro: "¡Me vengo, pendejito, no pares!". Su orgasmo la sacudió, jugos calientes empapando tus huevos. Carla, viendo eso, se corrió en tu boca, chorros espesos y calientes que tragaste con gusto, su sabor intenso como almendras saladas.

Pero no terminaba. Intercambiaron. Carla se lubricó con saliva y te penetró despacio, su verga llenándote el culo por primera vez. Dolor inicial, luego placer puro, prostático. "¡Relájate, guapo, te va a gustar!", susurró. Ana lamía tus bolas mientras Carla te follaba rítmico, sus caderas chocando contra tus nalgas con palmadas sonoras. Tú la pajeabas a ella, sintiendo su propia excitación. El sudor chorreaba, pieles resbalosas uniéndose y separándose con plaf húmedos.

Esto es éxtasis, wey. Lleno por detrás, Ana chupándome la verga de vez en cuando. Sus gemidos me enloquecen.

La tensión alcanzó el pico. Tú te pusiste de rodillas, Ana debajo, Carla detrás. La follaste a Ana con furia, su coño chorreando, mientras Carla te embestía, creando un tren de placer. "¡Más fuerte, cabrones!", pedía Ana. El aire vibraba con gritos: "¡Sí! ¡Fóllame! ¡Qué rico!". Olías su arousal, sentías pulsos acelerados, pieles en llamas.

El clímax explotó. Tú te corriste primero, llenando a Ana de semen caliente, chorros que salpicaban su interior. Ella convulsionó de nuevo, arañándote la espalda. Carla se retiró y eyaculó sobre vuestros cuerpos, pintando pieles con su leche blanca, espesa. Colapsaron en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

En el afterglow, yacían en la cama, el mar susurrando afuera. Ana te besó suave: "Qué noche, Javier, el mejor trio trans mujer y hombre de mi vida". Carla acurrucada: "Vuelve cuando quieras, papi". Tú sonreíste, el cuerpo pesado de placer, el alma ligera. Neta, esto cambia todo. Empoderados, satisfechos, conectados.

La brisa secó el sudor, dejando un brillo salado en sus pieles. Se durmieron así, entrelazados, con el amanecer tiñendo el cielo de rosa. Un recuerdo eterno de pasión mexicana, pura y ardiente.

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