Traducir Try Again En Mi Piel
La noche en Playa del Carmen estaba caliente como un tamal recién salido del vapor. El aire olía a sal marina mezclada con el dulce aroma de las flores tropicales que rodeaban el bar al aire libre del hotel. Yo, Ana, acababa de terminar mi turno como mesera en uno de esos resorts chidos donde los turistas gringos gastan su lana sin pensarlo dos veces. Llevaba un vestido negro ajustado que me marcaba las curvas, el sudor perlándome la piel del escote, haciendo que brillara bajo las luces de neón.
Ahí lo vi, sentado en la barra, con su piel güera quemada por el sol y una sonrisa que parecía sacada de una película. Se llamaba Alex, un tipo de Texas alto, musculoso, con ojos azules que me clavaban como alfileres. Pidió una cerveza en un español torpe, arrastrando las erres como si fueran piedras en su boca.
Qué chingón, güey, este moreno me ve como si quisiera comerme viva, pensé mientras le servía la Corona helada, el vidrio empañado rozando mis dedos.
—¿Qué onda, bonita? ¿Hablas inglés? —me dijo, sacando su celular con una app de traducción.
Reí bajito, el sonido saliendo ronco por el calor. Neta, qué pendejo tan tierno. Le contesté en mi español mexicano puro, lento para que entendiera: —Simón, carnal, pero mejor háblame en tu idioma y yo te capto la onda.
Él tecleó algo en el teléfono, y la voz robótica dijo: traducir try again. La máquina falló, repitiendo el mensaje como un loro borracho. Nos reímos los dos, el hielo rompiéndose en el aire cargado de tensión. Sus ojos bajaron a mis labios, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas con alas de fuego.
La primera cerveza se convirtió en tres, y pronto estábamos platicando con gestos, toques casuales. Su mano rozó mi brazo al pasarme el salero, la piel áspera de sus dedos enviando chispas por mi espina. Olía a protector solar y a hombre, un aroma que me hacía apretar los muslos bajo la barra.
Órale, Ana, no seas mensa, este güero te quiere llevar a la cama. Yo quería lo mismo, la verdad. Hacía meses que no sentía un hombre así, fuerte, con esa mirada que prometía hacerme gritar.
El bar se vació poco a poco, el sonido de las olas rompiendo en la playa como un tambor lejano. Le invité una michelada con rim de chile, picante como el deseo que crecía entre nosotros. Él intentó otra frase en la app: traducir try again, y la pantalla se congeló. Chingaos, qué risa. Lo tomé de la mano, mis uñas pintadas de rojo hundiéndose un poquito en su palma. —Ven, te enseño algo mejor que tu pinche app.
Lo llevé a la playa, la arena tibia aún del sol del día, crujiendo bajo nuestros pies descalzos. La luna llena pintaba el mar de plata, y el viento traía el olor salobre mezclado con mi perfume de vainilla. Nos sentamos en una cabaña abandonada del resort, no desolada, sino romántica con sus redes de pesca colgadas como cortinas. Sus labios encontraron los míos en un beso torpe al principio, pero puta madre, qué beso. Su lengua sabía a cerveza y lima, invasiva, explorando mi boca como si fuera un tesoro.
Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa sudada. Él gimió bajito, un sonido gutural que vibró en mi piel.
Me encanta cómo me toca, como si no pudiera esperar. Le quité la camisa, lamiendo el sudor salado de su cuello, bajando hasta sus pezones oscuros. Él jadeaba, sus manos grandes amasando mis nalgas por encima del vestido, apretando hasta que dolía rico.
—Ana... beautiful... —murmuró, y yo reí contra su piel.
—Traducir try again, pendejo —le susurré juguetona, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
La tensión subía como la marea. Me recostó en la arena suave, el vestido subiéndose por mis muslos. Sus dedos trazaron la línea de mis bragas, húmedas ya, oliendo a mi excitación almizclada. Gemí cuando me las quitó, el aire fresco lamiendo mi panocha expuesta. Él se arrodilló, su aliento caliente rozándome el clítoris, enviando ondas de placer por todo mi cuerpo. Neta, este güey sabe lo que hace.
Su lengua entró en juego, lamiendo despacio al principio, saboreándome como si fuera el mejor taco de la vida. El sonido húmedo de su boca chupando mi jugo, mezclado con mis jadeos ahogados, llenaba la noche. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su cara barbuda, el roce áspero volviéndome loca.
¡Ay, cabrón, no pares! Siento que me voy a venir ya. Él aceleró, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. El orgasmo me golpeó como una ola gigante, mi cuerpo temblando, gritando su nombre en español mientras él bebía mis fluidos, dulce y salado.
No le di tiempo de recuperarse. Lo empujé boca arriba, la arena pegándose a su espalda sudorosa. Le bajé los shorts, y su verga saltó libre, dura como piedra, venosa, goteando precum que olía a macho puro. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso latiendo contra mi palma, caliente, viva. La chupé despacio, la lengua rodeando la cabeza hinchada, saboreando su esencia salobre. Él gruñó, las manos enredadas en mi pelo, empujándome más profundo. Qué rica se siente en mi boca, llenándome toda.
Lo monté como una amazona, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Bajé de golpe, el estirón delicioso, llenándome hasta el fondo. El sonido de carne contra carne empezó, chapoteante, rítmico, mientras cabalgaba fuerte. Sus manos en mis tetas, pellizcando los pezones duros, mandando descargas directas a mi coño. Sudábamos juntos, el olor de sexo impregnando el aire, mezclado con el mar.
¡Sí, así, cabrón, dame duro!. Él embestía desde abajo, sus caderas chocando contra las mías, el placer construyéndose otra vez, más intenso.
Cambié de posición, él encima ahora, misionero con mis piernas en sus hombros. Me follaba profundo, cada embestida rozando mi G, el sudor goteando de su frente a mi boca. Sabía salado, perfecto. Mis uñas le arañaban la espalda, dejando marcas rojas que mañana recordaría. El clímax nos alcanzó juntos, su verga hinchándose dentro de mí, disparando chorros calientes que me llenaron, desbordando por mis muslos. Grité, el mundo explotando en colores, mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota.
Caímos exhaustos, respiraciones entrecortadas sincronizadas con las olas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El viento secaba nuestro sudor, dejando un brillo pegajoso en la piel.
Qué chido fue esto, neta. No necesito apps para traducir lo que sentimos. Él levantó la vista, sonrió, y dijo algo en inglés que no entendí, pero su beso lo tradujo todo: ternura, promesa de más.
Nos quedamos así hasta el amanecer, la playa despertando con los primeros rayos rosados. No hubo promesas locas, solo ese momento perfecto, empoderador, donde mi cuerpo mandó y él siguió. Caminamos de regreso al hotel, su mano en mi cintura, riendo del traducir try again que aún sonaba en mi cabeza como el inicio de la mejor noche de mi vida.