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Javier Solís Sombras Versión Trío Pasional

6781 palabras

Javier Solís Sombras Versión Trío Pasional

La noche caía suave sobre la colonia Roma en la Ciudad de México, con ese aire tibio que huele a jazmín y tacos de la esquina. Entraste al departamento de Luisa, tu carnala de toda la vida, iluminado solo por velas que parpadeaban como estrellas pendejas. El lugar olía a tequila reposado y a su perfume dulzón, ese que te hace agua la boca. Ahí estaba ella, con un vestido negro ceñido que marcaba sus curvas como si fueran mapa de tesoros, y a su lado Ricardo, el wey alto y moreno que siempre andaba con ella, con camisa entreabierta dejando ver su pecho tatuado.

¿Qué pedo, carnal? Ven, que hoy la vamos a armar bien chida
te dijo Luisa con esa sonrisa pícara, jalándote del brazo. Sus dedos calientes rozaron tu piel, y ya sentiste ese cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas volando a mil.

Se acomodaron en el sillón de cuero viejo, que crujía con cada movimiento. Ricardo sacó una botella de Herradura y sirvió shots en vasos chiquitos. Salud por las sombras, brindó él, guiñándote el ojo. Pusieron el tocadiscos, y de pronto la voz ronca de Javier Solís sombras versión trío llenó el aire. Era una grabación rara, con tres guitarras que teñían la ranchera de algo más oscuro, más íntimo, como si las sombras del bolero se estiraran por las paredes. La luz de las velas proyectaba siluetas largas, bailando al ritmo de la música, y tú sentiste cómo el deseo empezaba a trepar por tu espina.

Luisa se pegó a ti, su muslo rozando el tuyo, cálido y suave bajo la tela. ¿Te late esta rola? murmuró en tu oído, su aliento oliendo a tequila y miel. Asentiste, hipnotizado por cómo su pelo negro caía en ondas sobre sus hombros. Ricardo se acercó por el otro lado, su mano grande posándose en tu rodilla, un toque firme que no pedía permiso pero lo reclamaba todo.

Neta, wey, las sombras nos van a comer vivos esta noche
, soltó él riendo bajito, y su voz grave vibró contra tu cuello.

El primer shot bajó ardiente por tu garganta, soltándote los nudos. Bailaron los tres, cuerpos chocando en el espacio chiquito de la sala. Sentiste el sudor perlándote la frente, el roce de sus caderas contra las tuyas. Luisa te besó primero, sus labios carnosos saboreando a sal y deseo, lengua juguetona explorando tu boca como si fuera un secreto. Ricardo observaba, sus ojos oscuros brillando en la penumbra, y luego se unió, besándote el cuello mientras sus manos bajaban por tu espalda. Así, carnal, déjate llevar, susurró Luisa, y su mano se coló bajo tu camisa, uñas arañando suave tu pecho.

La música seguía, Javier Solís cantando de amores perdidos en sombras, pero aquí no había pérdida, solo hambre creciente. Te quitaron la playera con urgencia, sus bocas devorando tu piel expuesta. El aire fresco de la noche contrastaba con el calor de sus cuerpos. Ricardo te empujó al sillón, y Luisa se sentó a horcajadas sobre ti, su vestido subiéndose por los muslos, revelando encaje negro.

Siento tu verga dura contra mí, pendejo
, te dijo al oído, moliéndose lento, provocándote hasta que gemiste.

En el medio del jale, el deseo se volvió tormenta. Ricardo se desabrochó el pantalón, su miembro erecto saltando libre, grueso y venoso, oliendo a hombre puro. Luisa lo tomó en su mano, masturbándolo despacio mientras te besaba a ti. Tú bajaste las manos por sus nalgas firmes, apretándolas, sintiendo cómo se humedecía contra tu entrepierna. Quítamelo todo, ordenó ella, y obedeciste, rasgando el vestido con un tirón que la hizo reír. Sus tetas perfectas saltaron libres, pezones duros como piedras preciosas. Los chupaste uno a uno, saboreando su piel salada, mientras Ricardo te bajaba el pantalón y tomaba tu polla en su boca caliente.

¡Carajo! gritaste bajito, el placer subiendo como rayo. Su lengua experta lamía la cabeza, succionando con fuerza, mientras Luisa se frotaba contra tu muslo, dejando un rastro húmedo. El sonido de la chupada se mezclaba con la guitarra trémula de la rola, sombras danzando locas en las paredes. Cambiaron posiciones: tú de rodillas, comiéndote a Luisa, su coño depilado sabiendo a néctar dulce y almizcle. Ella gemía ¡Más profundo, wey!, jalándote el pelo. Ricardo te penetraba la boca por detrás, su verga palpitante llenándote la garganta, salada y caliente.

El sudor chorreaba por todos, pieles resbalosas chocando. Luisa se corrió primero, un chorro caliente en tu cara, gritando ¡Sí, cabrón, así! Su cuerpo temblaba, piernas flojas. Ricardo te volteó, untándote lubricante fresco que olía a vainilla.

Te voy a romper rico
, prometió, y empujó lento, su grosor abriéndote centímetro a centímetro. Dolor y placer se fundieron, tu ano apretándolo mientras él gemía ronco. Luisa se unió, montándote la cara otra vez, ahogándote en su jugo.

La intensidad subió como fiebre. Cambiaron: Ricardo tumbado, Luisa cabalgándolo con furia, sus nalgas rebotando contra su pelvis, plaf plaf resonando. Tú entraste en ella por atrás, doble penetración que la hizo aullar de puro éxtasis. ¡Los dos, mis reyes, fóllanme! suplicó, y obedecieron, ritmados como la versión trío de la rola que seguía sonando en loop. Sentías su calor apretado envolviéndote, el roce de la verga de Ricardo contra la tuya a través de la delgada pared, fricción eléctrica.

Los olores se mezclaban: sexo crudo, sudor macho, perfume femenino, tequila evaporándose. Gritos ahogados, jadeos pesados, pieles cacheteándose. Tus bolas se tensaban, el orgasmo acechando como sombra traicionera. Luisa se vino de nuevo, contrayéndose alrededor de ustedes, ordeñándolos. Ricardo gruñó ¡Me vengo!, llenándola de leche caliente que chorreaba por sus muslos. Tú no aguantaste, explotando dentro de ella, chorros interminables que te vaciaron el alma.

Colapsaron en un enredo de miembros exhaustos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. La música se apagó sola, dejando solo el tic-tac del reloj y suspiros. Luisa te besó la frente, Gracias, carnal, eso fue de otro mundo. Ricardo te palmeó la espalda,

Las sombras nos unieron, wey
. Te quedaste ahí, pieles pegajosas enfriándose, el afterglow envolviéndote como sábana suave.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, pensaste en Javier Solís sombras versión trío. No era solo una rola; era su noche, sus sombras convertidas en luz pura de placer compartido. Saliste con el cuerpo adolorido pero el corazón lleno, sabiendo que volverías por más. Porque en México, el amor así, en trío pasional, sabe a eternidad.

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