No Intentes Bukowski
Estaba en ese bar de la Condesa, con luces tenues y un olor a mezcal que te envuelve como un abrazo borracho. La noche caía pesada sobre la Ciudad de México, y yo, con un libro de Bukowski en la mano, Post Office, fingía leer mientras escaneaba el lugar. No era la primera vez que intentaba canalizar esa vibra cruda del viejo, esa forma de ver el mundo como un puñetazo en la cara. Pero neta, wey, algo en mí sabía que era puro show. La morra al fondo de la barra, con su pelo negro suelto y una blusa que marcaba justo lo necesario, me tenía clavado. Ojos cafés profundos, labios rojos como chile piquín.
Me acerqué, con el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta. "Las mujeres son como los libros, algunas te cambian la vida, otras solo te dan una noche", le solté, citando una pendejada bukowskiana que me sabía de memoria. Ella soltó una carcajada, de esas que retumban en el pecho, y me miró de arriba abajo.
No intentes Bukowski, wey. Sé tú, que eso de los tragos y las putas cansadas ya está muy visto.
Su voz era ronca, con ese acento chilango que te hace cosquillas en la verga. Se llamaba Ana, publicista, 28 años, y olía a vainilla y algo más, como jazmín fresco. Pedimos unos rones con cola, y platicamos de todo: del pinche tráfico de Reforma, de cómo odiaba los weyes que se la creen poetas de bar. Yo le conté de mi curro en una agencia de diseño, de cómo a veces me la paso garabateando ideas que nadie pela. La tensión crecía con cada sorbo; sus dedos rozaban los míos al pasar el vaso, y el aire se cargaba de electricidad. Sentía el calor de su muslo contra el mío en la barra, y mi mente ya volaba a lo que vendría.
Salimos a la calle, la brisa nocturna nos pegó como un beso frío. Caminamos hasta su depa en Cuauhtémoc, riéndonos de pendejadas. "No intentes Bukowski", repetía ella cada rato, burlona, y yo le respondía con un guiño. Al entrar, el lugar era chido: paredes blancas con arte callejero, velas encendidas que olían a canela. Me jaló del cuello de la camisa y me besó. Sus labios eran suaves, calientes, con sabor a ron y a deseo puro. Mi lengua exploró la suya, y gemí bajito cuando mordió mi labio inferior.
La levanté en brazos, sus piernas se enredaron en mi cintura, y la llevé al sillón. El tacto de su piel bajo la blusa era como terciopelo caliente; la desvestí despacio, besando cada centímetro que dejaba al descubierto. Sus tetas perfectas, redondas, con pezones oscuros que se endurecían al aire. Los lamí, succioné, oyendo sus jadeos que llenaban la habitación como música ranchera prohibida. "¡Ay, wey, qué rico!", murmuró, arqueando la espalda. Mi verga ya estaba dura como piedra, presionando contra mis jeans, palpitando con cada roce.
Me puse de rodillas, bajé su falda y las tanguitas de encaje negro. Su panocha depilada brillaba húmeda, con un olor almizclado que me volvía loco, como tierra mojada después de la lluvia. La probé con la lengua, lamiendo despacio desde el clítoris hasta el fondo, saboreando su jugo salado y dulce. Ana gemía fuerte, sus manos en mi pelo, tirando suave. "Chíngame con la boca, cabrón", suplicó, y aceleré, chupando ese botón hinchado mientras metía dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. Su cuerpo se convulsionaba, el sudor nos pegaba, y el sonido de sus fluidos era obsceno, excitante.
Pero no quería que terminara ahí. La cargué a la cama, king size con sábanas de algodón egipcio que olían a ella. Me quité la ropa rápido, mi verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. Ana se lamió los labios, se acercó gateando y la tomó en su mano, masturbándome lento. "Qué chingona verga tienes", dijo, y se la metió a la boca. Sentí el calor húmedo, su lengua girando alrededor del glande, succionando como si quisiera sacarme el alma. Gemí ronco, mis caderas se movían solas, follando su boca con cuidado. El olor de su saliva mezclada con mi piel me tenía al borde.
La tumbé boca arriba, abrí sus piernas anchas. Nuestros ojos se clavaron; había algo más que lujuria, una conexión que Bukowski nunca entendió del todo. "Entra despacio, amor", pidió. Empujé la punta, sintiendo cómo su concha me apretaba, caliente y resbalosa. Inch by inch, me hundí hasta el fondo, y los dos gritamos. Era puro fuego, su interior me ordeñaba, pulsando. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada vena rozar sus paredes. El slap-slap de piel contra piel, sus uñas en mi espalda, el sudor chorreando entre nosotros.
Aceleré, sus tetas rebotando con cada embestida. "¡Más duro, pendejo, rómpeme!", exigía, y yo obedecía, clavándomela hasta el cuello uterino. Cambiamos: ella encima, cabalgándome como jinete en palenque. Sus caderas giraban, moliendo mi verga en su interior, sus gemidos eran gritos ahora. Yo le amasaba el culo firme, metiendo un dedo en su ano apretado, y ella explotó primero: su concha se contrajo como un puño, chorros de squirt mojándonos a los dos, olor a sexo puro invadiendo todo.
No aguanté más. La volteé a cuatro patas, admirando su culo redondo, la raja húmeda invitándome. La penettré de nuevo, jalándole el pelo suave, azotando suave sus nalgas que se enrojecían. "Vente adentro, wey, lléname", jadeó. Mi orgasmo llegó como tsunami, bolas apretadas, verga hinchada, disparando chorros calientes profundo en ella. Rugí, colapsando sobre su espalda, nuestros cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas.
Nos quedamos así, enredados, el cuarto oliendo a semen, sudor y vainilla. Besos perezosos, caricias en la piel sensible. Ana trazaba círculos en mi pecho. "
No intentes Bukowski, mi amor. Lo nuestro es mejor, más real, más chido". Reí bajito, sintiendo una paz que ningún trago o poema crudo me había dado. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en esa cama, habíamos encontrado nuestro propio verso perfecto. El amanecer nos pilló durmiendo, exhaustos y felices, listos para lo que viniera.