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Tri Tip Sirloin Ardiente y Jugoso

6391 palabras

Tri Tip Sirloin Ardiente y Jugoso

El sol del atardecer teñía de naranja el patio trasero de la casa en Polanco, donde el aire ya empezaba a cargarse con ese olor inconfundible a carbón encendido y carne fresca. Tú, con tu vestido ligero de algodón que se pegaba un poquito a tu piel por el calor húmedo del verano chilango, te acercaste a la parrilla. Ahí estaba él, tu chulo de ojos cafés intensos, volteando con maestría el tri tip sirloin que habían comprado esa mañana en el mercado gourmet. La pieza de carne, jugosa y con vetas de grasa que chisporroteaban al contacto con las brasas, soltaba un aroma ahumado que te hacía salivar. No solo por hambre.

Órale, este wey sabe cómo manejar la carne... y yo qué, ¿no voy a dejar que me maneje a mí?

Él te miró de reojo, con esa sonrisa pícara que siempre te ponía la piel chinita. "Ven acá, mamacita, prueba esto", dijo, cortando un pedacito del borde ya cocido del tri tip sirloin. Extendió el tenedor hacia ti, y cuando abriste la boca, el sabor explotó: salado, tierno, con un toque ahumado que te recorrió la lengua como una caricia prohibida. Tus labios rozaron accidentalmente sus dedos, y sentiste el calor de su piel, áspera por el trabajo en la parrilla. El corazón te latió más fuerte, un pulso que bajaba directo a tu entrepierna.

La tensión empezó ahí, sutil, como el humo que subía en espirales del carbón. Él volteó el sirloin entero, el jugo goteando y siseando sobre las llamas, mientras charlaban de tonterías: el tráfico de Insurgentes, la neta de la nueva taquería en la Roma. Pero tus ojos no se despegaban de sus brazos musculosos, del sudor que le perlaba el cuello y bajaba por su camisa ajustada. Qué rico se ve, pendejo, pensaste, imaginando esas manos en tu cuerpo en vez de en la carne.

Pasaron los minutos, el cielo oscureciendo a morado, las luces del patio encendiéndose suaves. El tri tip sirloin estaba perfecto: crujiente por fuera, rosado y suculento por dentro. Lo sirvieron en platos de barro, con cebollitas asadas, guacamole fresco y tortillas calientitas. Se sentaron en la mesa de madera bajo las guirnaldas de luces, y él te sirvió el primer bocado. "Prueba, corazón, esto está para chuparse los dedos". Mordiste, el jugo caliente deslizándose por tu barbilla, y él lo limpió con el pulgar, llevándoselo a la boca después. Ese gesto te encendió como las brasas. Tus pezones se endurecieron bajo el vestido, un cosquilleo traicionero entre las piernas.

La plática se volvió más íntima. "Sabes, este tri tip sirloin me recuerda a ti", murmuró él, su voz ronca por el humo. "¿Por qué?". "Porque es jugoso, firme... y cuando lo muerdes, explota de sabor". Reíste, pero el calor en tu vientre creció. Tus pies se rozaron bajo la mesa, accidental al principio, luego intencional. Su mano bajó a tu rodilla, subiendo despacio por tu muslo, mientras comían. El sonido de los tenedores contra los platos, el crujir de las tortillas, todo se mezclaba con tu respiración acelerada. Olías su colonia mezclada con el ahumado de la carne, un afrodisíaco perfecto.

No mames, si sigue así, lo voy a arrastrar adentro ahorita mismo

Terminaron de comer, pero nadie quería levantarse. Él te jaló a su regazo, tus nalgas acomodándose sobre sus jeans tensos. Sentiste su erección dura contra ti, palpitante, y gemiste bajito. Sus labios encontraron tu cuello, besos húmedos que sabían a sal de la carne y a deseo puro. "Te quiero, mi reina", susurró, manos explorando tu escote, pellizcando suave tus pezones a través de la tela. Tú arqueaste la espalda, frotándote contra él, el roce enviando chispas por tu espina.

La noche avanzaba, el patio testigo silencioso. Lo besaste con hambre, lenguas danzando como las llamas de la parrilla ya apagada. Sus manos bajaron tu vestido, exponiendo tu piel al aire fresco. Tocaste su pecho, quitándole la camisa, lamiendo el sudor salado de su abdomen. Bajaste la cremallera de sus pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó ansiosa. La acariciaste, sintiendo su calor pulsante en tu palma, el olor almizclado de su excitación mezclándose con los restos de humo.

Él te cargó hasta la hamaca del patio, tendiéndote suave. "Déjame saborearte como al tri tip sirloin", dijo juguetón, bajando entre tus piernas. Su lengua encontró tu clítoris hinchado, lamiendo lento, chupando con maestría. Gemiste fuerte, manos enredadas en su pelo, caderas moviéndose al ritmo. El placer subía en olas, el sonido de tus jugos siendo lamidos, tus jadeos rompiendo la quietud nocturna. ¡Qué chingón es este wey!

La tensión crecía, tu cuerpo temblando al borde. Pero él se detuvo, subiendo para penetrarte de un empujón suave. Entró completo, llenándote, estirándote delicioso. "Sí, así, cógeme", suplicaste, uñas clavándose en su espalda. Empezaron a moverse, ritmos lentos al principio, piel contra piel sudorosa, el slap slap de cuerpos chocando. Aceleraron, él profundo, tú apretándolo con tus paredes internas. Olías el sexo, el sudor, el leve ahumado persistente. Tus pechos rebotaban, sus bolas golpeando tu culo, gemidos mezclados en "¡Más! ¡No pares!"

Esto es mejor que cualquier carne asada... su verga es mi tri tip personal, jugosa y perfecta

El clímax llegó como una explosión: tú primero, contrayéndote alrededor de él, un grito ahogado escapando mientras olas de placer te barrían, visión borrosa, pulso atronador. Él te siguió segundos después, gruñendo, llenándote con chorros calientes, su cuerpo colapsando sobre el tuyo. Se quedaron así, jadeantes, corazones latiendo al unísono. El aire nocturno refrescaba sus pieles empapadas, el olor a sexo y carne asada flotando como un recuerdo dulce.

Después, envueltos en una cobija, compartieron un último pedazo frío del tri tip sirloin, riendo bajito. "La mejor cena de mi vida", murmuraste, besándolo suave. Él te apretó contra su pecho, prometiendo más noches así. El patio guardaba su secreto, las estrellas guiñando cómplices. En ese momento, supiste que el verdadero sabor estaba en ellos, en su conexión ardiente, jugosa como la carne que los había unido.

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