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Intenté Resistir Tu Toque Ardiente

7365 palabras

Intenté Resistir Tu Toque Ardiente

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina mezclada con el humo de las fogatas y el aroma dulce de las piñas coladas. El ritmo de la cumbia retumbaba en mis huesos, haciendo que mis caderas se movieran solas mientras bailaba con mis amigas. Llevaba un vestido ligero de tirantes que se pegaba a mi piel por el calor húmedo del Pacífico. Neta, esa noche me sentía invencible, con el sol del día todavía quemándome la piel morena.

Ahí lo vi. Alto, con el pelo revuelto por la brisa, una camisa guayabera abierta que dejaba ver su pecho bronceado y marcado. Sus ojos cafés me clavaron como si ya supiera todos mis secretos. Se acercó con una cerveza en la mano, sonriendo de esa forma pícara que hace que una chava como yo sienta cosquillas en el estómago. "¿Bailas sola o qué, preciosa?" me dijo, su voz grave cortando el ruido de las olas y la música.

Yo traté de jugar cool, pero mi corazón ya latía como tamborazo zacatecano.

"Neta, wey, estoy con mis morras", respondí, aunque mis ojos no se despegaban de los suyos.
Él se rio, un sonido ronco que me erizó la piel. Se llamaba Diego, originario de Guadalajara pero viviendo allá por el mar. Hablamos de tonterías: del pozolazo que me comí en la mañana, de cómo odiaba el tráfico de la Zona Metropolitana pero amaba el sabor del tequila reposado. Cada palabra suya era como una caricia invisible, y yo intenté ignorar cómo su mirada bajaba a mis labios, a mi cuello, a mis pechos que subían y bajaban con la respiración acelerada.

La tensión creció cuando me invitó a bailar. Su mano en mi cintura fue eléctrica, cálida, firme. Sentí el calor de su palma a través de la tela fina, y el olor de su colonia mezclada con sudor masculino me mareó. Bailamos pegados, cuerpos rozándose al ritmo de la banda. Sus muslos contra los míos, su aliento en mi oreja. "Eres fuego, chula", murmuró, y yo solo pude gemir bajito, tratando de no derretirme ahí mismo en la arena.

Pero algo en mí gritaba que parara. Hacía meses que no me involucraba con nadie después de un desmadre con un ex pendejo que me dejó el alma hecha mierda.

Intenté convencerme: "No caigas, Lupe, solo es un flirt de playa".
Le dije que tenía que irme con mis amigas, pero él me tomó la mano, suave pero decidido. Traté de soltarme, pero sus dedos entrelazados con los míos enviaron chispas directo a mi entrepierna.

Nos alejamos de la fiesta, caminando por la orilla donde las olas lamían la arena tibia. La luna llena iluminaba todo con un brillo plateado, y el sonido del mar era como un susurro obsceno. Se detuvo y me besó. Dios, ese beso. Sus labios suaves pero hambrientos, probando mi boca con lengua juguetona que sabía a tequila y limón. Gemí contra él, mis manos subiendo por su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensos bajo la camisa. Olía a océano y deseo puro, y mi cuerpo respondió traicionándome: pezones duros rozando su pecho, humedad creciendo entre mis piernas.

Intenté apartarme una vez más, jadeando: "Diego, wey, no sé si esto sea buena idea". Pero él solo sonrió, ojos brillantes de lujuria.

"Déjate llevar, mami. Siente."
Sus manos bajaron a mis nalgas, apretándolas con fuerza posesiva, y yo arqueé la espalda, presionándome contra su erección dura como piedra bajo los shorts. El roce era exquisito, fricción que me hacía jadear. Me quitó el vestido de un tirón suave, exponiendo mis tetas al aire salado. Sus labios bajaron a chupar un pezón, lengua girando lento, dientes rozando justo lo suficiente para que un rayo de placer me recorriera hasta el clítoris palpitante.

Caminamos a su cabaña cercana, un lugar chido con hamaca y vista al mar. Adentro, el aire estaba cargado de nuestro aroma: sudor, excitación, esa esencia almizclada de coños mojados y vergas listas. Me tumbó en la cama king size, sus ojos devorándome mientras se desnudaba. Su pija era gruesa, venosa, apuntando al techo como un pinche cañón. Traté de no mirarla fijamente, pero mi boca se hizo agua pensando en cómo sabría.

Se arrodilló entre mis piernas abiertas, besando mi interior de muslos. Sentí su aliento caliente en mi rajita depilada, hinchada de necesidad. "Estás chingona mojada, Lupe", gruñó, y metí lengua en mi clítoris, lamiendo con maestría que me tuvo gritando en segundos. Chupó mi jugo dulce, sorbiendo como si fuera el mejor pulque del mundo. Mis caderas se movían solas, manos enredadas en su pelo, tirando fuerte.

"¡No pares, cabrón! ¡Así!"
El orgasmo me pegó como ola gigante, cuerpo convulsionando, piernas temblando, un grito ronco escapando de mi garganta mientras el placer explotaba en estrellas.

No me dejó descansar. Me volteó boca abajo, nalgas en pompa, y sentí la punta de su verga rozando mi entrada resbalosa. Intenté prepararme, pero cuando empujó adentro, fue puro éxtasis. Llenándome centímetro a centímetro, grueso y caliente, estirándome deliciosamente. Gemí como puta en calor, el sonido de piel contra piel empezando: plap plap plap rítmico. Sudor goteando de su pecho a mi espalda, olor a sexo crudo invadiendo la habitación. Sus manos en mis caderas, embistiendo profundo, rozando ese punto que me volvía loca.

Traté de contenerme, de no confesar lo que sentía, pero las palabras salieron solas:

"¡Fóllame más duro, Diego! ¡Eres un animal!"
Él aceleró, gruñendo en mi oído, mordisqueando mi hombro. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como jinete en rodeo. Sus manos amasando mis tetas rebotantes, pulgares en pezones. Lo monté salvaje, sintiendo cada vena de su pija masajeando mis paredes internas. El olor de nuestras pieles mezcladas, sabor salado cuando lamí su cuello, sonidos obscenos de mi coño tragándoselo entero.

La intensidad subió cuando me puso contra la pared, piernas alrededor de su cintura. Embestidas brutales pero consentidas, mutuas, empoderadoras. Nuestros ojos conectados, viendo el fuego del otro. Sentí su verga hincharse más, lista para explotar. "¡Córrete conmigo, chula!", rugió, y yo exploté de nuevo, paredes apretándolo como puño, ordeñándolo. Su semen caliente inundándome, chorros potentes que me hicieron temblar entera. Gritamos juntos, cuerpos pegados, pulsos latiendo al unísono.

Caímos en la cama exhaustos, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Su brazo alrededor de mi cintura, dedos trazando círculos perezosos en mi vientre. El mar susurraba afuera, brisa trayendo olor a jazmín nocturno. Me besó la frente, suave ahora.

"Neta, Lupe, fuiste increíble. Intenté ir despacio, pero no pude contigo."
Reí bajito, acurrucándome en su pecho que subía y bajaba calmado.

En el afterglow, reflexioné. Había tratado de resistir, de no caer en esa trampa del deseo instantáneo, pero qué chingón fue rendirse. No era solo sexo; fue conexión, risas compartidas, esa chispa mexicana de pasión sin frenos. Mañana quién sabe, pero esa noche, en sus brazos, me sentí reina del pinche mundo. El sol empezaría a salir pronto, pintando el cielo de rosa, pero por ahora, solo existíamos nosotros, satisfechos, en paz.

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