Intentaré Cualquier Cosa Una Vez Letra en la Piel
El zumbido de la máquina de tatuar me erizaba la piel, como si miles de hormiguitas bailaran sobre mi cadera derecha. Estaba recostada en la camilla del taller en la Condesa, con el aire cargado de ese olor metálico a tinta fresca y desinfectante. Neta, ¿qué chingados estoy haciendo? pensé, mientras el artista, un moreno alto con brazos tatuados hasta los hombros, se concentraba en mi piel. Se llamaba Diego, y su mirada intensa me había atrapado desde que crucé la puerta.
"¿Segura de la frase, morra?", me preguntó con esa voz grave que vibraba en mi pecho. "I'll try anything once letra. ¿En inglés nomás?" Asentí, mordiéndome el labio. Era mi mantra personal, sacado de una rola de The Strokes que escuchaba a todo volumen cuando necesitaba coraje. Intentaré cualquier cosa una vez, letra grabada para siempre en mi piel, curvándose sensual sobre mi hueso de la cadera, justo donde mi tanga rozaría cada noche.
Diego limpió la aguja con precisión, sus dedos callosos rozando mi muslo interno. Un escalofrío me recorrió la espina, y sentí mi centro humedecerse apenas. "Relájate, güey", murmuró, y su aliento cálido olía a café y mentas. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, soltera después de un desmadre con mi ex, había entrado por impulso. Quería marcarme, sentirme viva, poderosa. Y ahora, con él tan cerca, el deseo bullía como tequila en las venas.
Terminó el tatuaje en media hora. La piel ardía, roja e hinchada, pero hermosa. "Quedó chingón", dijo, aplicando crema con movimientos lentos, circulares. Sus ojos se clavaron en los míos. "¿Y si probamos eso de tu letra esta noche? Yo invito unas chelas en el rooftop."
Mi corazón latió fuerte.
¿Por qué no? Intentaré cualquier cosa una vez.Sonreí. "Sale, pendejo. Pero no me la voy a hacer fácil."
Subimos al rooftop del edificio vecino, con luces de neón reflejándose en los charcos de la lluvia reciente. CDMX bullía abajo: cláxones, risas lejanas, olor a elotes asados y smog mezclado. Pedimos micheladas heladas, el limón picante explotando en mi lengua, la sal crujiendo. Diego me contó de su vida: tatuador freelance, originario de Guadalajara, fan de la música indie como yo. Yo le hablé de mi curro en una galería de arte, de cómo odiaba la rutina y necesitaba adrenalina.
Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa. Cada roce era electricidad, mi piel sensible por el tatuaje fresco. "Muéstramelo otra vez", pidió, y bajé un poco la cintura de mi jeans para dejar ver la letra brillante bajo la crema. Sus dedos trazaron las curvas: i ll try anything once letra. "Esto me prende, Ana. Eres fuego."
El beso llegó natural, como si el aire lo hubiera empujado. Sus labios firmes, ásperos por la barba incipiente, sabían a cerveza y deseo. Lo devoré, mi lengua explorando la suya, manos enredándose en su cabello negro revuelto. Bajamos a su depa en el elevador, besándonos contra las paredes frías, el ding del piso resonando como un latido acelerado.
Adentro, su lugar era un caos creativo: bocetos en las paredes, vinilos apilados, olor a incienso de sándalo y sudor limpio. Me quitó la blusa despacio, besando mi cuello, bajando hasta los senos. Mis pezones se endurecieron al aire, y gemí cuando los chupó, suave al principio, luego con hambre. "Dios, Diego... neta me mojas toda."
Él se arrodilló, desabrochando mis jeans. "Déjame verte completa." Bajé la tanga, revelando el tatuaje. Sus ojos brillaron. "Voy a honrar esa letra, morra." Su lengua trazó la frase, letra por letra, mientras sus dedos separaban mis labios húmedos. Olía a mi excitación, almizclada y dulce, y el roce de su barba en mi monte de Venus me hizo arquear la espalda. Lamía mi clítoris con maestría, círculos lentos, succiones que me hacían jadear. Su boca es un pinche paraíso, pensé, mis caderas moviéndose solas contra su cara.
Lo jalé arriba, desesperada. "Quiero probarte yo." Le bajé los bóxers, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta. Olía a hombre puro, limpio. La tomé en mi mano, piel suave sobre dureza, y la lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando la sal. Él gruñó, "Chíngame, Ana... qué rica boca." La chupé profundo, garganta relajada, mis labios estirados, saliva goteando. Sus caderas empujaban suave, respetuoso, pero intenso.
No aguantamos más. Me llevó a la cama, sábanas frescas oliendo a lavanda. Me puso boca abajo, besando mi espalda, el tatuaje. "Primera vez con un tatuador, ¿eh?" bromeó. Entró despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro. Estaba tan mojada que resbaló fácil, llenándome por completo. El estiramiento ardía placero, como el tatuaje fresco. Gemí fuerte, "¡Más, wey! Cógeme duro."
Empezó lento, salidas y entradas profundas, sus bolas golpeando mi clítoris. El sonido era obsceno: piel contra piel chapoteando, mis jugos lubricando todo. Sudábamos, cuerpos pegajosos, olor a sexo crudo invadiendo la habitación. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mis senos rebotando, sus manos apretando mi culo. "Mírate, pinche diosa", jadeó. Roté las caderas, sintiendo su verga golpear mi punto G, olas de placer subiendo.
Quería más, fiel a mi letra. "Prueba mi culo, Diego. Pero suave, ¿eh?" Él untó lubricante frío, dedo primero, explorando mi ano apretado. Relajé, excitada por lo prohibido. Entró la cabeza, grueso, y empujé contra él. Dolor inicial se fundió en éxtasis puro. "¡Sí, carnal! Así..." Me follaba el culo lento, una mano en mi clítoris, frotando furioso. El doble placer me volvía loca: lleno atrás, estimulada adelante.
El orgasmo llegó como tsunami. Grité, cuerpo convulsionando, paredes apretándolo mientras chorros calientes me escapaban. Él gruñó, "Me vengo, Ana..." y se salió, eyaculando en mi espalda, chorros calientes salpicando mi piel marcada. Colapsamos, jadeantes, corazones tronando al unísono.
Después, enredados en las sábanas húmedas, fumamos un cigarro –bueno, él; yo solo lo miré, trazando su pecho con uñas. "Cumpliste tu letra a la perfección", murmuró, besando el tatuaje ahora pegajoso de sudor. Reí suave. "Y lo intentaría mil veces más contigo, pendejo."
La noche se estiró en caricias perezosas, sus dedos jugando en mi humedad residual, mis labios besando su flacidez. Afuera, la ciudad ronroneaba, pero adentro solo existíamos nosotros, piel con piel, satisfechos. Intentaré cualquier cosa una vez, repetí en mi mente, sabiendo que esta letra en mi piel había abierto puertas nuevas. Y qué chido se sentía volar así.