Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Trato de Dollar Caliente Trato de Dollar Caliente

Trato de Dollar Caliente

6460 palabras

Trato de Dollar Caliente

Estábamos en nuestro departamento en la Condesa, con las luces tenues del atardecer colándose por las cortinas de lino. El aire olía a jazmín del jardín de abajo y al café que acababa de preparar. Luis y yo llevábamos años juntos, pero esa noche queríamos avivar la chispa con un jueguito tonto que se nos ocurrió mientras veíamos una película gringa. Try to dollar, dijo él riéndose, imitando a un bailarín exótico de Las Vegas. El trato era simple: jugamos póker, el perdedor tenía que hacer un trato de dollar, un baile seductor para ganarse un billete imaginario, como si fuera una stripper profesional. Todo en chiste, pero con ese cosquilleo de anticipación que ya me ponía la piel de gallina.

Yo, Ana, con mi blusa suelta de algodón y shorts que apenas cubrían mis muslos, me senté frente a él en la alfombra persa. Luis, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía, barajaba las cartas con maestría. Órale, nena, ¿preparada para perder? me provocó, sus ojos cafés brillando. Mi corazón latía fuerte, no solo por el juego, sino porque sabía que esto podía escalar. Apoyé las manos en sus rodillas, sintiendo el calor de su piel a través de los jeans.

El primer par de manos fue parejo, risas y tragos de tequila reposado que quemaban dulce en la garganta. Pero en la ronda final, mi full house se derrumbó ante su escalera real. ¡No mames! grité, fingiendo enojo mientras él aplaudía.

Ya valió, ahora toca tu try to dollar, mamacita. Gánate tu dollar con estilo.
Su voz ronca me erizó los vellos de la nuca. Me puse de pie, el piso fresco bajo mis pies descalzos, y empecé a mover las caderas al ritmo de una canción imaginaria, salsa picante que sonaba en mi cabeza.

Acto uno del trato de dollar: me quité la blusa despacio, dejando que resbalara por mis hombros. El aire acondicionado me rozó los pechos, endureciendo mis pezones al instante. Luis se recargó en el sofá, con un dólar de juguete en la mano –lo había sacado de quién sabe dónde–, observándome como si fuera la única mujer en el mundo. Qué chingona estás, Ana, murmuró, y ese cumplido me encendió por dentro. Me acerqué, girando, mi cabello negro suelto rozando mi espalda desnuda, oliendo a mi shampoo de coco.

La tensión crecía con cada movimiento. En el medio del juego, mis manos temblaban un poco al desabrochar sus jeans. ¿Quieres que continúe el try to dollar? le pregunté, mi voz baja, juguetona. Él asintió, su respiración acelerada llenando la habitación. Me subí a horcajadas sobre sus piernas, sintiendo su dureza presionando contra mí a través de la tela. El roce era eléctrico, piel contra piel, sudor empezando a perlar su pecho. Lamí su cuello, probando la sal de su piel mezclada con su colonia cítrica. Pendejo, me estás volviendo loca, le susurré al oído, mordisqueando el lóbulo.

Ahora el calor era intenso, como el de un tamal recién salido del comal. Mis shorts volaron al piso, quedando solo en tanga de encaje rojo. Él me tomó de la cintura, sus dedos fuertes hundiéndose en mi carne suave, guiándome en un vaivén lento.

Neta, Ana, tu try to dollar es lo mejor que he visto. Sigue, gánate ese dollar de una vez.
Reí bajito, pero el deseo me ahogaba. Bajé la mano, rozando su verga tiesa, palpitante bajo mis dedos. El sonido de su gemido ronco reverberó en mi pecho, vibrando hasta mi centro húmedo.

La escalada era imparable. Lo empujé suave al sofá, arrodillándome entre sus piernas. El olor a excitación masculina me invadió, almizclado y adictivo. Desabroché su bóxer, liberando su miembro erecto, venoso, que saltó ansioso. Qué rico, papi, dije, antes de lamerlo desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado y ligeramente dulce. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo, no forzando, solo guiando con ternura. Chupé despacio, succionando, mi lengua danzando alrededor del glande mientras mis manos masajeaban sus bolas pesadas. Cada lamida era un pulso de placer compartido, sus caderas elevándose levemente al ritmo de mis movimientos.

Pero quería más, necesitaba sentirlo dentro. Me incorporé, quitándome la tanga con un movimiento fluido. Mi panocha chorreaba, resbaladiza, rogando atención. Me senté sobre él, guiándolo con la mano hasta mi entrada caliente. Entra, Luis, hazme tuya en este trato de dollar. Despacio, centímetro a centímetro, me hundí en él. El estiramiento era exquisito, llenándome por completo, tocando ese punto profundo que me hacía jadear. Ayyy, cabrón, qué grande estás.

Cabalgamos juntos, mis tetas rebotando al ritmo de mis bajadas. El slap slap de piel contra piel, mezclado con nuestros jadeos y el crujir del sofá, creaba una sinfonía erótica. Sudor corría por mi espalda, goteando sobre su abdomen marcado. Él me amasaba las nalgas, abriéndome más, profundizando cada embestida.

Te sientes tan jodidamente bien, Ana. Este try to dollar es épico.
Aceleré, mis uñas clavándose en sus hombros, el orgasmo construyéndose como una ola en Acapulco. Grité su nombre cuando exploté, contracciones milking su verga, mi jugo empapándonos.

No paró. Me volteó, poniéndome a cuatro patas en la alfombra. El ángulo nuevo lo hacía golpear mi G-spot sin piedad. Métemela duro, amor, supliqué, arqueando la espalda. Él obedeció, sus bolas chocando contra mi clítoris hinchado. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso, primal. Sus manos en mis caderas, tirando de mí hacia él, mientras yo me mecía atrás, follándome contra su polla. Otro clímax me sacudió, visión borrosa, piernas temblando.

Finalmente, él rugió, Me vengo, nena, y se derramó dentro, chorros calientes pintando mis paredes internas. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso reconfortante sobre mí. El afterglow era puro éxtasis: besos suaves, risas ahogadas, el dólar de juguete olvidado en el piso.

Nos acurrucamos en el sofá, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. El mejor trato de dollar de mi vida, murmuró él, acariciando mi mejilla. Yo sonreí, sabiendo que este jueguito había reavivado nuestra llama. En la quietud, con el aroma de nuestros cuerpos mezclados y el sabor de él aún en mis labios, sentí una conexión más profunda. No era solo sexo; era nosotros, jugando, amando, eternos.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.