No Hay Nada Imposible Para Él Que Se Atreva A Intentarlo
La noche en Playa del Carmen olía a sal marina y a coco fresco, con esa brisa caliente que te pega en la piel como una caricia juguetona. Yo, Alex, estaba en la terraza del hotel, rodeado de luces neón y risas de turistas, pero mis ojos no se despegaban de ella. Se llamaba Luisa, una morra de curvas que volvían loco a cualquiera, con el pelo negro suelto cayéndole por la espalda y un vestido rojo que se pegaba a sus chichis como si estuviera pintado. Neta, desde que la vi bailando salsa con sus amigas, supe que tenía que intentarlo. There is nothing impossible to him who will try, me repetí en la cabeza, esa frase en inglés que mi carnal me tatuó en el brazo hace años, como un recordatorio de que nada está fuera de alcance si te la rifas.
Me acerqué con una cerveza en la mano, sonriendo como pendejo enamorado. Órale, güey, ¿me das chance de un baile?
le dije, y ella soltó una carcajada que sonó como música tropical. Sus ojos cafés brillaban bajo las luces, y el olor de su perfume, algo dulce como jazmín mezclado con su sudor ligero, me dio un cosquilleo en el estómago. Bailamos pegaditos, sus caderas moviéndose contra las mías, el ritmo de la cumbia haciendo que nuestros cuerpos se rozaran. Sentí el calor de su piel a través del vestido, suave como seda, y su aliento cálido en mi cuello cuando se acercó para susurrarme: Eres bien atrevido, ¿eh? Pero me late.
La tensión crecía con cada giro. Mis manos en su cintura, bajando un poquito más, sintiendo la curva de sus nalgas firmes. Ella no se apartaba; al contrario, se pegaba más, su pecho apretándose contra el mío. Esto va chido, pensé, mientras el sudor nos unía, salado en los labios cuando la besé por primera vez. Fue un beso lento, explorador, con sabor a tequila y menta. Su lengua juguetona se enredó con la mía, y un gemido suave escapó de su garganta, vibrando en mi boca como una promesa.
¿Y si no le late? No mames, Alex, inténtalo. Nada es imposible si le echas ganas.
La invité a mi habitación con una mirada que lo decía todo. Subimos en el elevador, solos, y ya no aguantamos. Sus manos en mi camisa, desabotonándola con prisa, mis dedos en el cierre de su vestido. El ding del elevador sonó como un disparo de salida, y corrimos por el pasillo, riendo como chavos. La puerta se cerró detrás de nosotros, y el mundo se redujo a esa suite con vista al mar, las olas rompiendo allá abajo como un tambor lejano.
Acto dos de esta noche loca: la desvestí despacio, saboreando cada centímetro. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, oliendo a crema de coco y a esa esencia femenina que te pone la verga dura como piedra. Besé su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por sus hombros hasta sus tetas perfectas, pezones oscuros endureciéndose bajo mi lengua. Ella jadeaba, ¡Ay, cabrón, qué rico!
, arqueando la espalda. Mis manos exploraban su panza suave, bajando a su entrepierna, donde ya estaba mojada, caliente, lista.
Luisa me empujó a la cama, quitándome el pantalón con una sonrisa pícara. A ver qué traes aquí, wey
, dijo, y su mano envolvió mi verga, dura y palpitante. El toque fue eléctrico, sus dedos suaves pero firmes, masturbándome lento mientras me besaba el pecho, mordisqueando mis pezones. Sentí su aliento caliente, el olor almizclado de su excitación llenando la habitación. Me puse de rodillas frente a ella, abriéndole las piernas. Su panocha depilada, rosada y brillante de jugos, me llamó como un imán. Lamí despacio, saboreando su dulzor salado, la lengua hundiéndose en sus pliegues mientras ella gemía fuerte, ¡Sí, así, no pares, pendejo!
La tensión subía como la marea. La volteé boca abajo, besando su espalda, el olor de su pelo mezclado con el mío. Entré en ella de a poquito, sintiendo cómo su calor me apretaba, húmeda y resbalosa. No hay nada imposible, pensé mientras empujaba más profundo, sus paredes contrayéndose a mi alrededor. Nos movíamos en ritmo, piel contra piel chapoteando, sudados y jadeantes. Ella se volteó, montándome, sus chichis rebotando con cada vaivén. Agarré sus nalgas, guiándola, el sonido de nuestros cuerpos chocando como olas furiosas. Sus uñas en mi pecho, el dolor placentero mezclándose con el placer puro.
Esto es lo que pasa cuando te atreves, carnal. There is nothing impossible to him who will try.
El clímax se acercaba, inevitable. La puse contra la pared, levantándola con mis manos bajo sus muslos, follándola fuerte mientras el mar rugía afuera. Sus piernas alrededor de mi cintura, apretándome, su boca en mi oreja gimiendo ¡Me vengo, Alex, no pares!
. Sentí su orgasmo primero, su coño temblando, exprimiéndome, jugos calientes corriendo por mis bolas. No aguanté más; exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, mi cuerpo convulsionando contra el suyo. El mundo se volvió blanco, solo el latido de nuestros corazones y el olor espeso de sexo en el aire.
Caímos en la cama, exhaustos, piel pegajosa de sudor y fluidos. Ella se acurrucó en mi pecho, su respiración calmándose, el sabor de su beso post-sexo en mis labios. Eres un animal, pero me encantó
, murmuró, riendo bajito. Yo le acaricié el pelo, oliendo el mar en su piel, sintiendo la paz de haberlo intentado todo. Afuera, el amanecer pintaba el cielo de rosa, y supe que esta noche había valido cada riesgo. Nada imposible para quien se atreve, ¿verdad? La abracé fuerte, sabiendo que esto era solo el principio.