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La Noche Salvaje del Rolling Dub Trio

7747 palabras

La Noche Salvaje del Rolling Dub Trio

La arena tibia de Playa del Carmen se pegaba a mis pies descalzos mientras el sol se hundía en el mar Caribe, tiñendo todo de naranja y rosa. El aire olía a sal, a coco tostado de las fogatas cercanas y a esa brisa húmeda que te eriza la piel. Yo, Karla, acababa de llegar de la Ciudad de México buscando un poco de aventura en estas vacaciones. Vestida con un bikini rojo que apenas contenía mis curvas, me movía al ritmo de la música que retumbaba desde el escenario improvisado. El Rolling Dub Trio estaba tocando esa noche, un grupo de tres carnales que mezclaban dub jamaicano con ritmos mexicanos, puro fuego bass que te hacía vibrar hasta el alma.

El bajista, un moreno alto llamado Marco, con dreads sueltos y tatuajes que serpenteaban por sus brazos musculosos, me clavó la mirada mientras rasgueaba esas líneas graves que sentías en el pecho. Al lado, el guitarrista y voz, Diego, un tipo delgado pero fibroso, con ojos verdes que brillaban bajo las luces LED, cantaba con esa voz ronca que te ponía la piel de gallina. Y el drummer, Raúl, compacto y sudoroso, golpeaba los tambores como si estuviera poseído, su sonrisa pícara lanzándome guiños cada rato. Órale, wey, estos vatos son puro peligro, pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas mientras bailaba, mis caderas ondulando al compás de su rolling dub trio sound, ese rollo que te hacía rodar como olas.

Después del set, cuando la multitud se dispersaba, me acerqué al escenario con una cerveza fría en la mano. El sudor les perlaba la piel, oliendo a hombre, a esfuerzo y a esa esencia salada del mar. "¿Qué onda, reina? ¿Te late nuestro rollo?", me dijo Diego, bajando con una toalla al cuello. Su aliento cálido rozó mi oreja mientras me tendía una chela. "Chido total, carnales. Me hicieron sudar como nunca", respondí, coqueta, lamiéndome los labios. Marco se acercó por detrás, su mano grande rozando mi cintura accidentalmente —o no—. "Ven con nosotros a la cabaña, hay más música y tequila. ¿Te animas?". Mi corazón latía fuerte, el pulso acelerado como su bajo.

¿Tres vatos así? Ay, Karla, vas a arrepentirte... o no. Esto es lo que buscabas, ¿verdad? Pura adrenalina.
Asentí, riendo nerviosa. "¡Claro, wey! Vamos a ver qué traen".

La cabaña estaba a unos pasos de la playa, de madera rústica con hamacas colgando y luces tenues de faroles. El olor a madera húmeda y jazmín silvestre flotaba en el aire. Pusieron a sonar su propio rolling dub trio en un equipo portátil, bajos profundos que vibraban el piso bajo nuestros pies. Nos sentamos en cojines enormes, pasando el tequila reposado que quemaba dulce en la garganta, con limón y sal que sabía a mar. Hablamos de todo: de la vida nómada tocando en playas, de mis escapes de la rutina oficinista en el DF. Sus risas graves me envolvían, sus miradas se cruzaban sobre mí, cargadas de promesas.

Raúl fue el primero en moverse, tomándome de la mano para bailar pegadito. Su cuerpo duro presionaba contra el mío, el calor de su piel traspasando la tela fina de mi pareo. "Eres una mamacita que prende", murmuró, sus labios rozando mi cuello, enviando chispas por mi espina. Diego se unió, su mano en mi cadera, guiándome en un trío de movimientos lentos, sincronizados como su música. Marco observaba, bebiendo despacio, su erección ya notoria bajo los shorts. Siento sus alientos, sus manos explorando sin prisa. El bajo retumba en mi clítoris, como si me tocaran desde adentro. Mi respiración se aceleró, pezones endureciéndose contra el bikini.

"¿Quieres más, Karla?", preguntó Marco, su voz un ronroneo grave. Lo miré a los ojos, el deseo ardiendo en mi vientre. "Sí, pendejos. Muéstrenme su verdadero rolling dub trio". Nos tumbamos en la cama king size cubierta de sábanas blancas que olían a sol y lavanda. Diego me besó primero, su lengua dulce de tequila invadiendo mi boca, saboreando cada rincón mientras sus dedos desataban mi bikini. Mis tetas saltaron libres, pesadas y sensibles; él las lamió con hambre, mordisqueando los pezones hasta que gemí alto, el sonido ahogado por el dub de fondo.

Raúl se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento. El roce de su barba incipiente en mi piel suave me hizo arquear la espalda. "Qué rica panocha, nena", gruñó, abriendo mis muslos. Su lengua caliente lamió mi humedad, saboreando mi excitación salada y dulce, círculos expertos en mi clítoris que me hicieron jadear. Marco, a mi lado, metió su verga dura en mi mano; era gruesa, venosa, latiendo caliente. La apreté, masturbándolo mientras Diego chupaba mis tetas.

¡Dios, tres bocas, tres manos! Mi cuerpo es lava, cada toque un bajo que me hace rodar más hondo.
Olía a sexo incipiente, a sudor fresco y feromonas masculinas mezcladas con mi aroma almizclado.

La tensión crecía como una ola. Cambiamos posiciones fluidas, como su música. Me puse a cuatro patas, Raúl debajo lamiéndome mientras Diego me penetraba por detrás, su verga larga deslizándose suave en mi coño empapado. Cada embestida era un thump profundo, su pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas. "¡Así, cabrón, más duro!", grité, el placer punzante en mi núcleo. Marco se arrodilló frente a mí, ofreciendo su polla a mi boca. La chupé ansiosa, saboreando su precum salado, la garganta acomodándose a su grosor mientras él gemía "¡Qué chida chupas, reina!". El ritmo era perfecto: embestidas sincronizadas, lenguas y manos everywhere. Sentía sus pulsos acelerados contra mi piel, el sudor goteando, mezclándose en charcos calientes.

Mi primer orgasmo llegó como un tsunami, contrayéndome alrededor de Diego, jugos chorreando por mis muslos. "¡Me vengo, weyes!", aullé, temblando. No pararon; Raúl me volteó, penetrándome él ahora, corto pero intenso, golpeando mi G-spot con furia. Marco y Diego se turnaban en mi boca, sus vergas relucientes de mi saliva. El aire estaba cargado de jadeos, de "¡Sí, así!" y "¡Qué rico tu culo!". Me sentía poderosa, deseada, el centro de su rolling dub trio de placer. Subí encima de Marco, cabalgándolo reverse cowgirl, su verga estirándome delicioso mientras Raúl y Diego lamían mis tetas y clítoris alternadamente. El olor a sexo era espeso, pieles resbalosas chocando, el bass de su música aún vibrando el colchón.

El clímax grupal se acercó. "Juntos, carnales", ordené, empoderada. Me recostaron, Marco en mi coño, Diego en mi culo —lubricado con cuidado, lento al principio, puro consuelo mutuo—. Raúl en mi boca. Llenos, estirada al límite pero en éxtasis, sus movimientos coordinados como un riff perfecto. Sentí sus venas pulsando, sus bolas tensas contra mí. "¡Me corro!", rugió Marco primero, llenándome caliente. Diego siguió, su leche derramándose profunda en mi trasero. Tragué a Raúl, su sabor amargo y espeso bajando por mi garganta mientras yo explotaba de nuevo, visión borrosa, cuerpo convulsionando en olas interminables. Esto es rodar, puro rolling dub en mi carne.

Colapsamos en un enredo sudoroso, pechos agitados, risas exhaustas. El mar susurraba afuera, fresco contra la brisa nocturna que secaba nuestro sudor salado. Diego me besó la frente. "Eres legendaria, Karla". Marco y Raúl asintieron, acariciándome perezosos. Me sentía completa, vibrante, como si su música me hubiera marcado para siempre.

¿Regresaré a la rutina? Qué chingados, esta noche cambió todo. El Rolling Dub Trio no solo toca, vive en mí ahora.
Nos quedamos así hasta el amanecer, pieles entrelazadas, el eco de bajos en mi pulso calmándose lento.

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