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Tríos por el O que Enloquecen

6862 palabras

Tríos por el O que Enloquecen

La noche en Playa del Carmen estaba caliente como el demonio, con el aire cargado de sal marina y ese olor a coco quemado de las fogatas lejanas. Yo, Ana, acababa de llegar de un día en la playa, mi piel bronceada brillando bajo la luna llena, todavía con arena pegada en las nalgas. Me sentía calenturienta, neta, después de ver a esos dos weyes en la fiesta de la noche anterior. Javier y Marco, unos morros altos, musculosos, con tatuajes que se veían chidos bajo las luces neón del bar. Me habían coqueteado toda la noche, con miradas que prometían tríos por el o de esos que te dejan temblando.

Estábamos en la terraza de la casa rentada de Javier, un lugar chulo con vista al mar Caribe, piscinita infinita y todo el desmadre. El sonido de las olas rompiendo era como un latido constante, y el viento traía ese aroma a yodo que me ponía la piel de gallina. Javier me pasó un trago de tequila reposado, frío y fuerte, que me quemó la garganta y me subió el calor directo al entrepierna.

¿Y si esta noche pasa algo cabrón? ¿Estoy lista para un trío por el o con estos dos pendejos tan guapos?

—Órale, Ana, ¿qué onda con esa mirada? —dijo Marco, acercándose por detrás, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a menta y cerveza—. Javier y yo hemos platicado de ti. Queremos hacerte gritar de placer.

Mi corazón latió fuerte, como tamborazo en una fiesta. Sentí sus manos en mi cintura, grandes y callosas del gym, deslizándose bajito, rozando el borde de mi shortcito. Javier se paró enfrente, su verga ya medio parada marcándose en el pantalón, y me besó suave al principio, labios carnosos saboreando a tequila y mar. El beso se volvió hambriento, lenguas enredadas, saliva mezclada con el sudor que empezaba a perlar mi piel.

Acto primero: la chispa. Nos fuimos adentro, a la recámara king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me quitaron la blusa despacio, admirando mis chichis firmes, pezones duros como piedras. Qué rico se siente su mirada devorándome. Marco me chupó un pezón, succionando fuerte, mientras Javier me bajaba el short, exponiendo mi culazo redondo, depilado y listo. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce que inunda el aire cuando estás mojada hasta los huesos.

—Mira este culo, wey —murmuró Javier a Marco, palmeándome suave, el sonido rebotando en las paredes—. Perfecto para tríos por el o.

Me recargué en la cama, de rodillas, sintiendo el colchón hundirse bajo mi peso. Ellos se desvistieron rápido, vergas gruesas saltando libres, venosas y palpitantes, con ese olor varonil a sudor limpio y deseo. Marco se arrodilló atrás, separándome las nalgas con manos firmes, su lengua caliente lamiéndome el ojal despacio, círculos húmedos que me hicieron gemir alto. ¡Pinche lengua de fuego! Cada lamida era electricidad pura, mi ano contrayéndose, pidiendo más. Javier enfrente, metiéndome su verga en la boca, salada y gruesa, llenándome hasta la garganta. Chupé con ganas, saboreando el pre-semen salado, mis labios estirados alrededor de su grosor.

El ritmo empezó lento, como olas calmadas. Marco escupió en mi o, lubricándolo natural, un dedo entrando suave, luego dos, abriéndome con cuidado. Sentí el estiramiento delicioso, ardor mezclado con placer, mi clítoris palpitando solo. Javier me follaba la boca, caderas empujando gentil, gruñendo bajito: —Qué chida chupas, mamacita.

La tensión subía. Acto segundo: la escalada. Cambiamos posiciones. Me puse a cuatro patas, Javier debajo, su verga dura clavándose en mi panocha empapada de golpe. ¡Ay, cabrón! Llenó cada rincón, paredes vaginales apretándolo, jugos chorreando por mis muslos. Marco atrás, frotando su verga en mi o, la cabeza gorda presionando. —Dime si quieres, Ana —susurró, voz ronca de lujuria.

Sí, métemela por el o, wey —jadeé, empujando hacia atrás—. Quiero sentirlos a los dos.

Entró despacio, centímetro a centímetro, el anillo muscular cediendo con un pop húmedo. Dolor fugaz, luego éxtasis puro. Estirada al límite, vergas rozándose separadas por una delgada pared, pulsando en sincronía. El sonido era obsceno: carne chocando, plaf plaf, jugos salpicando, mis gemidos ahogados convirtiéndose en gritos. Sudor nos unía, piel resbalosa, olor a sexo crudo invadiendo la habitación, mezclado con el perfume salado del mar entrando por la ventana abierta.

Neta, nunca sentí tanto. Dos vergas dueñas de mí, follándome en tríos por el o, mi cuerpo temblando, orgasmos construyéndose como tormenta.

Marco aceleró, palmeándome el culo rojo, dejando huellas calientes. Javier abajo, pellizcándome los pezones, chupándolos entre embestidas. Mi mente era niebla: siento sus pulsos, venas latiendo dentro, mi ano ardiendo de placer, panocha contrayéndose en espasmos. Grité cuando el primero vino, olas de placer rompiendo, squirt saliendo, mojando las sábanas. Ellos no pararon, turnándose ahora, Javier probando mi o mientras Marco me llenaba la boca con su verga sudada, sabor a mi propio culo mezclado con su esencia.

La intensidad creció. Me voltearon, yo encima de Marco, su verga en la panocha profunda, Javier parándose para follarme el o desde arriba. Doble penetración total, cuerpos apilados, pechos contra pechos, bocas besándose enredadas. El roce era infernal, nervios en llamas, cada thrust enviando chispas. Oí sus respiraciones jadeantes, gruñidos animales: —¡Qué rico tu culo apretado!¡Chíngame más duro!

Sentí sus bolas tensándose contra mí, listas para explotar. Mi segundo orgasmo fue brutal, visión borrosa, uñas clavándose en sus espaldas, gusto metálico en la boca de tanto morder labios. Marco se corrió primero, chorros calientes inundando mi panocha, semen goteando. Javier siguió, eyaculando profundo en mi o, llenándome hasta rebosar, caliente y espeso.

Acto tercero: el afterglow. Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, pechos subiendo y bajando, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire olía a semen fresco, mi culo palpitando satisfecho, una sonrisa boba en mi cara. Javier me besó la frente, Marco acariciándome el pelo.

Eres increíble, Ana —dijo Javier, voz suave ahora—. Ese trío por el o fue épico.

Me acurruqué entre ellos, escuchando sus corazones calmarse, el mar susurrando afuera. Neta, me siento poderosa, deseada, completa. ¿Repetimos mañana? El sol empezaba a asomarse, tiñendo la habitación de rosa, prometiendo más noches locas en esta playa que olía a paraíso prohibido.

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