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XXX Trio Lesbico Ardiente

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XXX Trio Lesbico Ardiente

Era una noche calurosa en la Condesa, de esas que te pegan el vestido al cuerpo con el sudor y te hacen soñar con manos frescas recorriendo tu piel. Yo, Ana, acababa de salir de un antro con mis dos mejores amigas, Sofía y Carla. Las tres éramos treintañeras independientes, con chambas chidas en la ciudad: yo en marketing, Sofía diseñadora gráfica y Carla chef en un restaurante fancy. Habíamos estado bailando pegaditas, sintiendo el roce de caderas, el aliento caliente en el cuello, y algo más se cocía en el aire. ¿Será el mezcal o es que siempre hemos estado así de cerca? pensé mientras caminábamos hacia mi depa, riéndonos de pendejadas.

Al llegar, prendí las luces tenues y saqué una botella de tequila reposado. "¡Salud por las nenas más calientes de México!", grité, chocando vasos. Sofía, con su melena negra suelta y ese vestido rojo que le marcaba las curvas, me miró con ojos pícaros. "Ana, ¿te acuerdas de esa vez que vimos un XXX trio lesbico en internet y dijimos que nosotras lo haríamos mejor?". Carla soltó una carcajada, su piel morena brillando bajo la luz, el short ajustado dejando ver sus piernas torneadas. "¡Órale, carnalas! ¿Por qué no lo intentamos ahorita? Sin pedos, puro desmadre chido".

Mi corazón latió como tamborazo en una fiesta de pueblo. ¿De veras lo decían en serio? El calor entre mis muslos ya me traicionaba, un cosquilleo húmedo que me hacía apretar las piernas.

Me acerqué a Sofía primero, rozando sus labios con los míos. Sabían a tequila y menta, suaves como terciopelo. Ella suspiró, enredando sus dedos en mi pelo. "Qué chula eres, Ana", murmuró, mientras Carla se pegaba por detrás, besándome el cuello. Su aliento olía a vainilla de su perfume, y sus tetas presionaban contra mi espalda. El roce era eléctrico, piel contra piel, el sonido de respiraciones agitadas llenando la sala. Nos fuimos desvistiendo despacio, como si no quisiéramos romper el hechizo. Mi blusa cayó al piso con un susurro, revelando mis pezones duros como piedras.

En el sillón, Sofía se sentó a horcajadas sobre mí, sus caderas moviéndose lento, frotando su calor contra el mío. Podía oler su arousal, ese aroma almizclado y dulce que me volvía loca. "Tócame, nena", le pedí, y mis manos bajaron a su entrepierna. Estaba empapada, resbalosa como miel. Introduje un dedo, luego dos, sintiendo cómo se contraía alrededor mío. Carla observaba, mordiéndose el labio, sus ojos oscuros ardiendo. "Mi turno", dijo, arrodillándose entre mis piernas. Su lengua era fuego puro: lamió mi clítoris con círculos lentos, chupando suave, luego fuerte. ¡Ay, cabrona! gemí, arqueando la espalda. El sonido de su boca succionando era obsceno, húmedo, mezclado con mis jadeos.

El deseo crecía como ola en la playa de Puerto Vallarta. Sofía se bajó y nos acomodamos en el piso, alfombra suave bajo nosotras. Yo me recosté, abriendo las piernas para Carla, quien se hundió en mí con devoción. Su pelo rizado rozaba mis muslos, enviando escalofríos. Mientras, besé a Sofía profundo, saboreando su lengua danzarina. Nuestras manos exploraban: pellizcaba sus pezones rosados, ella masajeaba mis nalgas. "Estás tan rica, pinche Sofi", le dije entre besos. El sudor nos unía, salado en la piel, el aire cargado de gemidos y el olor a sexo puro, ese perfume femenino que enloquece.

Esto era mejor que cualquier porno. No había cámaras, solo nosotras, conectadas en cada roce, cada suspiro. ¿Por qué nos tomó tanto tiempo?

La tensión subía, mis caderas se movían solas contra la boca de Carla. "Más rápido, güey, no pares", supliqué. Ella obedeció, metiendo dos dedos curvos que tocaban ese punto exacto adentro. El placer era una tormenta: pulsos acelerados, piel erizada, el sabor de Sofía aún en mis labios. Sofía se posicionó sobre mi cara, bajando su coño jugoso. Lo lamí ansiosa, saboreando su néctar salado-dulce, aspirando su esencia. Ella cabalgaba mi lengua, gimiendo alto: "¡Sí, Ana, chúpame así! ¡Qué chingón!". Carla no se quedaba atrás; ahora frotaba su clítoris contra mi pierna, lubricándonos mutuamente.

Cambiábamos posiciones como en un baile sincronizado. Yo me puse de rodillas, Sofía detrás lamiéndome el culo mientras Carla besaba mi boca. Sus lenguas en tándem me volvían loca: una en mi ano, círculos húmedos y calientes; la otra en mi boca, invadiendo, poseyendo. El sonido era symphony erótica: slurp de lenguas, slap de pieles, "¡Ay, Dios!" y risas jadeantes. Mi primer orgasmo llegó como volcán: cuerpo temblando, visión borrosa, un grito ronco escapando mientras me corría en la boca de Sofía. Ellas no pararon, prolongándolo hasta que supliqué piedad entre risas.

Ahora tocaba escalar más. Nos formamos en 69 mutuo, con Carla encima de Sofía y yo lamiendo a ambas desde atrás. Mis dedos en los coños de las dos, sintiendo sus paredes apretar, húmedas y calientes. "¡Vamos a corrernos juntas, pinches putas ricas!", gritó Carla, y el ritmo se volvió frenético. Oía sus corazones latiendo contra mi oído, sentía el pulso en sus venas bajo mi lengua. El olor era intenso: sudor, jugos, perfume mezclado. Sofía se corrió primero, su cuerpo convulsionando, chillando mi nombre. Carla la siguió, empapándome la cara con su squirt dulce.

Yo era la última, pero ellas me mimaron sin piedad. Sofía chupaba mi clítoris mientras Carla metía tres dedos, estirándome delicioso. "Córrete para nosotras, reina", me susurró Sofía. El clímax fue explosivo: olas de placer desde el estómago hasta la punta de los pies, músculos contraídos, un aullido primal. Caímos en un enredo de brazos y piernas, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas.

En el afterglow, nos acurrucamos en la cama, sábanas frescas contra cuerpos calientes. El cuarto olía a nosotras, a satisfacción profunda. Sofía trazaba círculos en mi vientre, Carla besaba mi hombro. "Eso fue un XXX trio lesbico de antología, carnalas", dije riendo bajito. Ellas asintieron, ojos brillantes. No era solo sexo; era conexión, libertad, nosotras reclamando nuestro placer sin culpas.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que esto no acababa aquí. Éramos más que amigas; éramos amantes en todo sentido. Y qué chido se siente ser dueña de tu deseo.

Nos dormimos así, entrelazadas, soñando con más noches como esta en nuestra pinche Ciudad de México, donde el calor nunca se apaga.

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