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Permiso Denegado Inténtalo de Nuevo

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Permiso Denegado Inténtalo de Nuevo

La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de nuestra departamentito en la Condesa, pintando todo de un naranja cálido que hacía que la piel de Ana pareciera brillar como miel fresca. Tú llegaste cansado del jale en la oficina, pero al verla ahí recostada en el sofá, con esa blusita escotada que apenas contenía sus chichis perfectas y el shortcito que dejaba ver sus muslos firmes y morenos, se te olvidó todo el pedo del día. Qué chingona está mi morra, pensaste, mientras el corazón te latía más rápido y sentías ese cosquilleo en la verga que ya pedía acción.

Ana levantó la vista de su celular, con esa sonrisa pícara que te volvía loco, los ojos cafés brillando con malicia juguetona. "¿Qué onda, mi rey? ¿Ya quieres tu premio del día?" te dijo con voz ronca, ese acentuito chilango que te erizaba la piel. Te acercaste, oliendo su perfume de vainilla y jazmín que flotaba en el aire como una promesa sucia. Tus manos buscaron sus caderas, queriendo jalarla hacia ti para besarla y comértela viva, pero ella puso la pantalla de su teléfono enfrente de tu cara. Ahí, en letras rojas parpadeantes, decía: permission denied please try again.

Te reíste, porque era parte del jueguito que se les ocurrió una noche borrachos de mezcal, después de ver una película gringa de hackers cachondos. Habían bajado una app pendeja para parejas, donde uno pide "permiso" para mamar, coger o lo que sea, y el otro aprueba o niega con mensajes automáticos. Pero Ana lo había tuneado para que cada rechazo viniera con un mensajito custom, y hoy parecía que estaba en modo tease total. "Ni madres, carnal", murmuró ella, mordiéndose el labio inferior mientras se recostaba más, abriendo un poquito las piernas para que vieras el bultito de su panocha bajo el short. El aire se llenó de su aroma, ese olor dulzón a mujer excitada que te hacía salivar.

"¿Por qué no, nena? Ya me tienes con la verga parada desde la puerta", pensaste, pero en voz alta solo gemiste bajito, rozando tus dedos por su muslo suave como seda caliente.

Acto uno del jueguito apenas empezaba. Tus labios buscaron su cuello, saboreando la sal de su piel sudada por el calor de la tarde, lamiendo esa vena que palpitaba rápido. Ella suspiró, arqueando la espalda, pero cuando intentaste meter la mano dentro de su blusa para apretar esas tetas que tanto te gustaban, levantó el teléfono de nuevo: permission denied please try again. "Inténtalo con más ganas, pendejo", te provocó, riendo suave mientras te empujaba juguetona con el pie, su uña pintada de rojo rozando tu paquete a través del pantalón. El roce te mandó una descarga eléctrica directo a las bolas, haciendo que tu verga saltara dura como fierro.

El deseo crecía como lava, lento pero imparable. Te quitaste la camisa, dejando que ella viera tus músculos marcados del gym, y te arrodillaste frente al sofá, besando sus rodillas, subiendo por los muslos internos donde la piel era tan sensible que temblaba. Olías su humedad cada vez más fuerte, ese musk almizclado que te volvía animal. "Déjame probarte, Ana, porfa", suplicaste con voz ronca, las manos temblando de ganas. Ella se mordió el puño, los ojos vidriosos de excitación, pero negó con la cabeza, mostrando la pantalla una vez más. El rechazo te dolió rico, avivando el fuego en tu pecho.

Pasaron minutos que parecieron horas, con el sonido de su respiración agitada llenando la sala, el ventilador zumbando perezoso arriba. Tus besos se volvieron más urgentes, lamiendo el borde de su short, sintiendo el calor de su concha irradiando como un horno. Ella gemía bajito, "Ay, wey, qué rico... pero nooo", y cada vez que ibas por más, el teléfono parpadeaba su veredicto cruel. Tu verga dolía encerrada, pre-semen mojando tus calzones, y el sudor te corría por la espalda, mezclándose con el olor a macho caliente que la ponía más loca.

Esto es tortura deliciosa, pensabas, mientras ella finalmente te jalaba del pelo para un beso brutal, lenguas enredadas con sabor a chicle de tamarindo y deseo puro. Sus uñas se clavaban en tu nuca, enviando pinchazos placenteros. La tensión subía, tus caderas se movían solas contra su pierna, frotando como desesperado.

En el medio del juego, la cosa escaló. Ana se levantó de un brinco, quitándose la blusa con un movimiento fluido que dejó sus chichis rebotando libres, pezones duros como piedras cafés. "Ven, sígueme", ordenó con voz de jefa, caminando hacia la recámara con caderas meneándose hipnóticas. Tú la seguiste como perrito, oliendo su rastro de excitación en el aire. En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio frescas, ella se acostó boca arriba, abriendo las piernas en invitación falsa. Intentaste montarte, verga lista para entrar, pero el teléfono en su mano: permission denied please try again. "Primero mámame las tetas como se debe, mi amor", susurró, guiándote.

Te lanzaste, chupando un pezón con hambre, succionando fuerte mientras tu mano bajaba a su short. La tela estaba empapada, y al rozar su clítoris hinchado a través de ella, Ana arqueó la espalda con un grito ahogado, "¡Chíngame con los dedos, pero despacito!". Metiste dos dedos en su panocha resbalosa, caliente como lava, sintiendo las paredes apretarte, succionándote. Ella jadeaba, oliendo a sexo puro, el cuarto lleno de squish-squish húmedo y gemidos. Tus pensamientos eran un torbellino:

"La voy a hacer mía, pero ella manda... qué chingón este control"
. Cada intento de penetrarla era negado, pero ahora con besos y caricias que la dejaban temblando, al borde.

La intensidad subía como fiebre. Cambiaron posiciones: ella encima, frotando su concha mojada contra tu verga dura, lubricándola con sus jugos que goteaban calientes por tus bolas. "¿Ya? ¿Ya me das permiso?" gruñiste, manos amasando su culo redondo y prieto. Ana sudaba, pelo pegado a la frente, ojos en llamas. "Aún no, cabrón... hazme correr primero". Bajaste, enterrando la cara en su entrepierna, lamiendo su clítoris con lengua plana, saboreando su salado dulce, mientras metías dedos curvados tocando ese punto G que la volvía loca. Ella gritaba, "¡Sí, wey, así! ¡No pares!", caderas moliendo contra tu boca, olor a orgasmo inminente. Corrió duro, chorros calientes en tu cara, cuerpo convulsionando, uñas rasguñando tus hombros.

Ahora sí, jadeante y empoderada, Ana tomó el teléfono una última vez, pero en lugar del rechazo, sonrió: "Permiso concedido, mi rey. Cógeme como hombre". Te volteó boca abajo, abriéndote las piernas con rudeza juguetona, y montó tu verga de un jalón. El estirón fue glorioso, su panocha apretada tragándote entero, caliente y pulsante. Empezó a cabalgar, chichis rebotando, gemidos altos como sirenas. Tú empujabas desde abajo, sintiendo cada vena de tu verga rozar sus paredes, bolas chocando contra su culo con plap-plap húmedo. El olor a sexo crudo llenaba todo, sudor mezclándose, pieles slap-slap.

"¡Más fuerte, Ana! ¡Chíngame!" rugiste, manos en sus caderas guiándola. Ella aceleró, internalizando el clímax, "¡Me vengo otra vez, pendejito!". El orgasmo los golpeó juntos: tú explotando dentro, semen caliente llenándola en chorros, ella apretando como puño, gritando tu nombre. Pulsos eternos, cuerpos temblando pegados, el mundo reduciéndose a esa unión resbalosa.

En el afterglow, cayeron enredados, respiraciones calmándose al ritmo del ventilador. Ana te besó suave, oliendo a ti mismo en su piel. "Fue chingón el jueguito, ¿verdad?" murmuró, dedo trazando tu pecho. Tú sonreíste, verga aún semi-dura dentro de ella, sintiendo el latido compartido. Permission granted forever, pensaste, mientras el sol se ponía afuera, dejando la noche para más rondas. El deseo no se acababa; solo se recargaba, listo para el próximo intento.

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