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Trío para Piano Carnal

6761 palabras

Trío para Piano Carnal

La luz tenue del estudio en Polanco se filtraba por las cortinas de seda, tiñendo de dorado el piano de cola negro brillante. Yo, Ana, me senté al teclado, mis dedos rozando las teclas frías como un amante distante. Frente a mí, Luis afinaba su violín con esa concentración que lo hacía ver tan jodidamente sexy, su camisa blanca entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho. Marco, con el chelo entre las piernas, ajustaba las cuerdas, sus muslos fuertes tensándose bajo los pantalones ajustados. Habíamos quedado para ensayar el trío para piano de Schubert, esa pieza que siempre nos ponía la piel de gallina, pero esta noche el aire estaba cargado de algo más, una electricidad que olía a jazmín y a deseo reprimido.

¿Por qué carajos siento esto? Son mis carnales, mis compas de música desde la uni. Pero neta, cada vez que toco con ellos, imagino sus manos en mi cuerpo como si fueran las cuerdas de sus instrumentos.

Empecé con las primeras notas, suaves, ondulantes, como un susurro en la penumbra. Luis se unió con el violín, su arco deslizándose con una pasión que me erizaba los vellos de los brazos. El sonido del chelo de Marco entró grave, vibrante, retumbando en mi pecho como un latido acelerado. Nuestras miradas se cruzaban por encima de los atriles: la de Luis ardiente, la de Marco juguetona. Sudaba un poco, el aroma salado mezclándose con el perfume amaderado de sus colonias. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa de encaje, rozando la tela con cada movimiento de mis dedos.

En el segundo movimiento, la tensión subió. Las notas se enredaban, rápidas, exigentes. Luis se acercó más, su rodilla tocando la mía accidentalmente —o no tan accidental—. Sentí el calor de su piel a través de la tela, un chispazo que me mojó entre las piernas. Marco sonrió de lado, ese gesto pillo que siempre me desarma. Pendejos, pensé, pero mi cuerpo gritaba más.

Paramos para un break. Luis dejó el violín y se estiró, su camisa pegándose al torso sudoroso. "Está quedando chido el , ¿no, Ana? Pero falta fuego", dijo con voz ronca, mirándome fijo. Marco rio bajito, su mano grande posándose en mi hombro. "Fuego lo que sobra aquí, carnal. Siento cómo vibra el aire". Su toque era firme, cálido, y no lo quité. En cambio, giré la cabeza y lo besé, suave al principio, probando el sabor salado de sus labios, el leve toque de tequila de la cena anterior.

Luis no se quedó atrás. Se acercó por el otro lado, su boca capturando mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

Neta, esto es una locura. Pero se siente tan bien, tan correcto. Como si el nos hubiera afinado para esto.
Sus manos exploraban mi cintura, subiendo hasta desabrochar mi blusa. El aire fresco besó mis senos desnudos, los pezones duros como teclas bajo sus pulgares. Gemí contra la boca de Marco, mi lengua danzando con la suya, saboreando su hambre.

Me pusieron de pie, guiándome al piano. Marco me sentó en el borde, sus dedos fuertes abriendo mis jeans, deslizándolos por mis caderas con el susurro de la tela. Luis tocaba notas sueltas en el teclado, un contrapunto erótico a nuestros jadeos. Olía a sexo ya, ese musk dulce de mi excitación mezclándose con su sudor masculino. Marco se arrodilló, su aliento caliente en mi monte de Venus antes de lamer, lento, profundo. ¡Ay, cabrón! Su lengua era precisa como su arco en el chelo, trazando círculos en mi clítoris hinchado. Mis manos se enredaron en su pelo negro, tirando suave mientras ondas de placer me recorrían.

Luis se desvistió rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, palpitando al ritmo de la música que aún resonaba en mi cabeza. Se acercó, ofreciéndomela a la boca. La tomé, saboreando la piel salada, el pre-semen perlado en la punta. Chupé con ganas, mi lengua girando alrededor del glande mientras Marco me devoraba abajo. Los sonidos —lameos húmedos, succiones, gemidos ahogados— llenaban el estudio como una sinfonía obscena.

Esto es el verdadero , pensé, perdida en el ritmo. Sus cuerpos son mis instrumentos, y yo la melodía que los une.

Cambiaron posiciones con fluidez, como en un buen ensayo. Marco se levantó, su polla enorme presionando contra mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Grité de placer, el sonido reverberando en las paredes. Luis me besaba, tragándose mis alaridos, mientras sus dedos pellizcaban mis pezones. Marco embestía ahora con fuerza controlada, su pelvis chocando contra la mía en un slap slap rítmico, como palmadas en un tambor. Sudor goteaba de su frente al valle de mis senos, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Me voltearon, poniéndome a cuatro patas sobre la banqueta del piano. Las teclas se hundieron bajo mis palmas, notas discordantes saliendo con cada empujón de Luis, que ahora me cogía por detrás. Su verga llenaba mi coño con precisión, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Marco frente a mí, su miembro en mi boca, follándome la garganta suave pero firme. Intercambiaban miradas por encima de mí, sonrisas cómplices, y eso me encendía más. Son míos, los dos, en esta armonía perfecta.

El clímax se acercaba como el crescendo del trío para piano. Marco gruñó primero, su semen caliente inundando mi boca, espeso y salado, tragándolo todo mientras mi cuerpo temblaba. Luis aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris, hasta que explotó dentro de mí, chorros calientes que me llevaron al borde. Me corrí con un grito gutural, olas de éxtasis contrayendo mis músculos alrededor de él, jugos resbalando por mis muslos. El mundo se volvió blanco, solo sensaciones: pulsos acelerados, pieles pegajosas, el eco de nuestros jadeos.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos sobre la alfombra persa. Luis me acariciaba el pelo, Marco trazaba círculos en mi vientre. El estudio olía a sexo y a nosotros, un perfume embriagador. "Eso fue mejor que cualquier concierto", murmuró Luis, besando mi sien. Marco rio. "Neta, Ana, eres la pianista más caliente. ¿Repetimos el mañana?"

Sí, pensé, con una sonrisa perezosa. Esta música nos cambió para siempre. Ya no hay vuelta atrás.

Nos vestimos despacio, robándonos besos y toques. Salimos a la noche de Polanco, el aire fresco calmando nuestras pieles enrojecidas. En el taxi de regreso, sus manos en mis muslos prometían más ensayos. El trío para piano de Schubert sonaba en mi mente, pero ahora con un nuevo, carnal arreglo.

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