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Nickelback Tratando de No Amarte

6923 palabras

Nickelback Tratando de No Amarte

La noche en el DF se sentía pesada, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos, pero el aire acondicionado de tu depa en Polanco lo combatía con un zumbido constante. Tú, Diego, acababas de llegar de un trago con los cuates en la Zona Rosa, oliendo a tequila reposado y sudor fresco. Tocaste el timbre del 5B, y al abrirse la puerta, ahí estaba ella, Ana, con un short de algodón que apenas cubría sus nalgas redondas y una blusa holgada que dejaba ver el contorno de sus chichis firmes. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue del pasillo, y su pelo negro suelto caía como cascada sobre los hombros.

Órale, wey, ¿por qué carajos vengo aquí otra vez? pensaste, mientras ella te jalaba adentro con una sonrisa pícara. El departamento olía a incienso de vainilla y a algo más, ese aroma dulzón de su perfume mezclado con el leve sudor de anticipación. La música sonaba bajito desde los bocinas: Nickelback, esa rola que tanto les gustaba, trying not to love you. Las letras flotaban en el aire como un desafío: "I'm trying not to love you, but damn it, it's hard".

Ven, carnal, siéntate. ¿Quieres un chelita fría?
dijo Ana, con esa voz ronca que te erizaba la piel, moviendo las caderas al ritmo de la canción mientras iba a la cocina. Tú asentiste, sintiendo ya el pulso acelerado en las venas. Se conocían desde la uni, follaron como animales un par de veces, pero pusieron la regla: nada de amor, solo puro desmadre carnal. Sin embargo, cada vez que terminaban, algo se quedaba colgando, como un hilo invisible que jalaba más fuerte.

Te echaste en el sofá de piel negra, suave contra tu playera pegada al cuerpo. Ella regresó con dos coronas heladas, gotas de condensación resbalando por el vidrio, y se sentó a horcajadas sobre ti, rozando su calor entre tus piernas. El contacto fue eléctrico, su concha tibia presionando contra tu verga que ya empezaba a endurecerse bajo los jeans.

Esta rola... nickelback trying not to love you. Somos igualitos, ¿no?
murmuró, inclinándose para rozar tus labios con los suyos, sabor a menta y cerveza. Tú la besaste de vuelta, duro, posesivo, mientras tus manos subían por sus muslos suaves, apretando esa carne prieta que tanto te volvía loco. No te enamores, pendejo. Solo fóllatela y vete, te repetiste, pero su lengua danzando con la tuya borraba todo pensamiento racional.

La primera parte de la noche fue puro fuego lento. Sus besos bajaron por tu cuello, mordisqueando la piel salada, mientras desabrochaba tu camisa con dedos ansiosos. El sonido de la cremallera de tus pantalones fue como un disparo en la quietud, y cuando liberó tu verga tiesa, palpitante, ella soltó un gemido bajo:

Mmm, qué rica está, wey
. La tomó en su mano cálida, suave, masturbándote despacio, el roce de su palma haciendo que tus huevos se contrajeran de placer. Tú metiste la mano bajo su short, encontrando su panocha ya empapada, labios hinchados y resbalosos de jugos calientes.

Estás chingadamente mojada, nena
, le dijiste al oído, inhalando su olor almizclado, ese perfume natural de hembra en celo que te ponía la cabeza loca. Ella se rio bajito, un sonido gutural, y se levantó solo para quitarse la ropa. Su cuerpo desnudo era una obra maestra: curvas perfectas, pezones oscuros erectos como balas, y esa raja depilada brillando de excitación. Tú te desvestiste rápido, tu verga saltando libre, venosa y gruesa, apuntando directo a ella.

La tensión crecía como una tormenta. La acostaste en el sofá, besando cada centímetro de su piel: el sabor salado de su ombligo, el dulce de sus chichis cuando chupaste un pezón, tirando suave hasta que jadeó. Esto es solo físico, no sientas nada más, te martillaba la mente, pero cuando ella te jaló el pelo y abrió las piernas, exponiendo su clítoris hinchado, el corazón te latió como tambor. Lamiste despacio, lengua plana sobre su raja, saboreando el néctar ácido y dulce, mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo

¡Ay, cabrón, no pares!
. Sus muslos temblaban contra tus orejas, el calor de su coño envolviéndote la cara.

El medio tiempo fue una escalada brutal de intensidad. Ana te volteó, montándote como amazona, su culo rebotando mientras te tragaba entero con su panocha apretada. El sonido era obsceno: carne chocando contra carne, chapoteo húmedo de sus jugos corriendo por tus huevos. Nickelback seguía sonando de fondo, ahora en repeat, las letras burlándose: trying not to love you, pero tú ya no podías resistir. Tus manos amasaban sus nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave, mientras ella cabalgaba más rápido, sus tetas saltando hipnóticas frente a tus ojos.

Te quiero, pendejo, pero no lo digas, parecía gritar su mirada, esos ojos cafés profundos clavados en los tuyos. Pararon un momento, sudados, respiraciones entrecortadas, y ella se inclinó para susurrar:

Chíngame duro, Diego, hazme tuya sin promesas
. La pusiste a cuatro patas, el sofá crujiendo bajo el peso, y embestiste desde atrás, tu verga surcando su interior aterciopelado, golpeando ese punto que la hacía gritar. El olor a sexo llenaba el aire, mezclado con el incienso, y sentías cada contracción de su coño ordeñándote, succionando como boca hambrienta.

La psicología se entretejía con lo físico: flashes de recuerdos, noches pasadas follando igual, pero esta vez el lazo emocional tiraba más. Tú aceleraste, pellizcando su clítoris con los dedos, y ella explotó primero, un orgasmo que la sacudió entera, paredes vaginales apretándote como vicio, chorros calientes mojando tus muslos.

¡Me vengo, wey, no pares!
, chilló, voz quebrada. Eso te llevó al borde, y con un rugido gutural, te corriste dentro, semen espeso llenándola, pulsos interminables mientras colapsaban juntos.

El final fue un afterglow perfecto, cuerpos entrelazados en el sofá, pieles pegajosas de sudor y fluidos. La música se había apagado, pero las letras resonaban en tu cabeza: nickelback trying not to love you. Ana se acurrucó contra tu pecho, su respiración calmándose, dedo trazando círculos en tu piel. El sabor de su beso post-sexo era salado, íntimo, y por un segundo, pensaste en romper la regla.

Sabes que no podemos, ¿verdad? Solo esto
, murmuró ella, pero su abrazo decía lo contrario. Tú la besaste la frente, oliendo su pelo a shampoo de coco, sintiendo el latido compartido de sus corazones. Quizá la próxima vez no resista, admitiste en silencio, mientras la noche DF envolvía el depa en su manto estrellado. No hubo promesas, solo la promesa implícita de más noches así, tratando de no amarse, pero fallando un poquito más cada vez.

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